Ciencia Política
1909-230X
2389-7481
Universidad Nacional de Colombia
Bogotá, Colombia
https://doi.org/10.15446/cp.v20n40.115928

Recibido: 22 de julio de 2024; Aceptado: 4 de junio de 2025

La belleza conservadora contra la fealdad revolucionaria y la del mercado: estética y política en Roger Scruton

Conservative Beauty Versus Revolutionary and Market Ugliness: Aesthetics and Politics in Roger Scruton

Ignacio Samuel Ramírez Andrade, 1

Instituto de Investigaciones Gino Germani

Resumen

El presente artículo explora la articulación entre las indagaciones estéticas y las reflexiones filosófico-políticas en la obra de Roger Scruton. En virtud de dicho análisis, se busca evidenciar que el cultivo de un buen juicio estético en la obra del inglés supone la conceptualización de una idea de belleza que vincule al individuo con la comunidad y la defensa de sus tradiciones. Así, se procederá a demostrar que el correlato político que se deduce de esta acepción conlleva el rechazo tanto del voluntarismo revolucionario como del capitalismo desregulado, representando ambos una amenaza a la belleza de la comunidad. Se concluye que el abordaje respecto de las elucubraciones estéticas de Scruton representan una dimensión significativa para comprender con mayor exactitud su pensamiento filosófico-político.

Palabras clave: belleza, voluntarismo revolucionario, capitalismo, comunidad, Roger Scruton.

Abstract

This article explores the articulation between aesthetic inquiries and philosophicalpolitical reflections in Roger Scruton’s work. By virtue of this analysis, it seeks to demonstrate that the cultivation of a good aesthetic judgment in the work of the englishman supposes the conceptualization of an idea of beauty that links the individual with the community and the defense of its traditions. Thus, it will proceed to demonstrate that the political correlate deduced from this meaning entails the rejection of both revolutionary voluntarism and deregulated capitalism, both representing a threat to the beauty of the community. It is concluded that the approach to Scruton’s aesthetic lucubrations represents a significant dimension for a more accurate understanding of his philosophical-political thought.

Palabras clave: Beauty, revolutionary voluntarism, capitalism, community, Roger Scruton.

Introducción

El interés que Roger Scruton sostuvo por distintas áreas de conocimiento lo impulsó a escribir artículos, libros y a dar conferencias sobre temas tan diversos como distantes entre sí. De esa manera, a lo largo de toda su vida ha dedicado esfuerzos para elaborar trabajos que abordan tanto temas relacionados con la teoría política, filosofía e historia del pensamiento político, como también con saberes como la arquitectura, la cultura, la estética, la religión, la música y el arte. Así, su vasta obra es el resultado de una actividad polifacética. Entre estos trabajos, los aportes que el pensador británico ha realizado a las discusiones académicas relativas a la teoría estética nos resultan significativos en la medida que estimamos posible encontrar en ellos elementos que nos permitan profundizar y complejizar nuestra comprensión sobre sus reflexiones políticas y su defensa del ideario conservador. Más precisamente, nos referimos a los trabajos en los cuales Roger Scruton se refiere a la belleza y el lugar que ella ocupa en la vida y en la visión del mundo por parte del ser humano.

Lejos de establecer una separación inflexible entre sus preocupaciones políticas y sus indagaciones estéticas, el presente trabajo pretende indagar en la manera en la que estos dos campos de investigación confluyen en el pensamiento de Scruton. Si tenemos éxito al demostrar que estamos en lo cierto al insistir en un cruce entre ellos, nos encontraremos legitimados, posteriormente, a postular que Scruton deriva de los juicios estéticos del individuo y de la naturaleza de la relación que él establece con la belleza, una disposición política específica que puede resultar perniciosa o no —dependiendo de su contenido— para la estabilidad del orden social.

La hipótesis que estructura el argumento central de este trabajo consiste en afirmar que es posible situar la belleza como noción fundamental en su corpus teórico en virtud de que ella supone la defensa de la comunidad de la cual el individuo forma parte, y atempera la disposición arrogante característica del revolucionario político, que busca rehacer la sociedad en función del dictado de la razón. Asimismo, ampliaremos el alcance político que tiene la belleza, puesto que a partir de ella también será posible comprender desde otra óptica la crítica que Scruton sostiene con quienes abogan por un sistema capitalista desregulado y la extensión del utilitarismo como criterio de valorización. Es decir, la protección de la belleza conlleva su guarecimiento de dos peligros políticos distintos: el voluntarismo revolucionario y el orden de mercado que subordina la tradición a su lógica de costo-beneficio.

En función de lo previamente sostenido —y en caso de poder argumentarlo satisfactoriamente— se podrá indicar que mediante el análisis de la teoría estética scrutoniana, el filósofo británico concibe al conservador como aquel que busca resguardar y cuidar la belleza que anida en una comunidad, siendo los objetos que despiertan el juicio estético de lo bello fundamentales en lo que respecta a mantener la cohesión de dicha comunidad.

La motivación de este trabajo tiene como asidero la presunción de que en Scruton la estética supone la conceptualización de una idea de belleza que se encuentre en consonancia con la identidad de la comunidad de la cual el individuo forma parte. Así, la distinción entre lo bello y lo feo constituye un problema esencialmente político.

Con el objetivo de constatar nuestra hipótesis, el presente trabajo se dividirá en tres secciones. En la primera de ellos, indagaremos en la teoría estética de Scruton atendiendo a la concepción de belleza que tiene el autor, el tipo de vínculo que el sujeto entabla con ella y cuáles son las características que definen la naturaleza de los juicios estéticos. Durante este recorrido, se abordarán las diferencias que Scruton sostiene con la filosofía estética de Immanuel Kant con miras a dilucidar la racionalidad que, en su opinión, tienen los juicios estéticos y la obligación moral que ellos suponen para el sujeto.

En segundo lugar, reconstruiremos el debate que Scruton entabla con el vanguardismo artístico en tanto corriente estética que rechaza la belleza. Este análisis nos permitirá alumbrar la denuncia esencialmente política que subyace en los posicionamientos estéticos de Scruton y, por lo tanto, trazar la traducción política que se deduce de su teoría estética.

Por último, se propondrá una lectura por la cual resulta posible identificar como vanguardistas artísticos, en el plano político, a los voluntaristas revolucionarios y a quienes defienden un capitalismo desregulado en tanto que ambos suponen un ataque a la belleza.

Belleza en la teoría estética de Roger Scruton

Como señalamos, las áreas temáticas a las cuales el pensador británico abocó su trabajo fueron varias. Sin embargo, sus estudios vinculados a las discusiones propias del campo de la estética y del arte ocuparon una constante en su producción intelectual, así como también en su formación académica y trayectoria personal. Sin ir más lejos, el nacido en la localidad de Buslingthorpe obtuvo su doctorado en 1972 en la Universidad de Cambridge con una tesis sobre estética, la cual le serviría de base para la elaboración de su primer libro Arte e imaginación: un estudio sobre la filosofía de la mente, publicado apenas dos años después. Luego, en 1979 publicaría su primer libro sobre arquitectura titulado La estética de la arquitectura, en tanto que durante la década de los ochenta y de los noventa produciría otras obras vinculadas a la estética de la música, del arte y sobre la cultura.

Sin embargo, la ocupación sobre la noción de la belleza en particular surgiría recién a inicios de la primera década del siglo XXI con la publicación de su obra La belleza. En este trabajo, Scruton se pregunta si resulta posible establecer juicios estéticos a partir de un criterio objetivo. Es decir, si acaso en lo que se refiere a los juicios sobre los objetos que nos resultan bellos (y, por tanto, de los que no nos resultan bellos) es posible disponer de una justificación que no apele únicamente a la apreciación subjetiva. Dicho de otra forma, ¿es posible identificar racionalmente un estándar objetivo en virtud del cual juzgar la belleza de tal o cual objeto? Scruton nos anticipa en el prefacio del libro su posicionamiento, indicando que rechaza el relativismo hegemónico en las discusiones estéticas y que su trabajo busca refutar el escepticismo que impera respecto a la belleza. El autor afirma que esta consiste en ser “un valor real y universal, arraigado en nuestra naturaleza racional, y que el sentido de la belleza desempeña un papel indispensable en la configuración del mundo de los humanos” (Scruton, 2022, p. 10-11). Con esto en mente, a lo largo de su obra, Scruton despliega su argumentación enfatizando en el carácter racional que tienen los juicios estéticos, no tanto porque ellos sean el resultado de un procedimiento racional (si bien lo son, aunque, como se verá más adelante, no son solamente, ni mucho menos, principalmente eso), sino porque son juicios que solo los sujetos racionales pueden llevar a cabo.

Scruton (2022) indica que una característica que tienen los juicios sobre la belleza consiste en que estos “se centra[n] en el objeto que se juzga, no en el sujeto que lo juzga” (p. 20) [énfasis del original]. Asimismo, señala que cuando afirmamos que algo nos resulta bello manifestamos —de manera implícita— que somos capaces de distinguir lo que nos resulta bello de lo que no, así como también establecer graduaciones sobre los objetos bellos, es decir, reconocer que A es más bello que B, y B más que C. Además, para justificar nuestros juicios apelamos a razonamientos para dar a entender por qué determinado objeto nos resulta bello, describiendo las características del mismo que nos suscitan dichas afirmaciones. Ahora bien, este tipo de argumentaciones que desplegamos no son fruto de un razonamiento lógico-deductivo, por lo que las conclusiones que de ellas se derivan no resultan universales y taxativas, es decir, susceptibles de ser compartidas por todos los seres humanos. Esto es lo que Scruton denomina como la paradoja de la belleza: “el juicio de la belleza afirma algo sobre su objeto y aporta argumentos en defensa de dicha afirmación. Pero los argumentos no son definitivos y pueden rechazarse sin contradicción” (Scruton, 2022, p. 21). Esto nos deja, por tanto, con el problema sobre si es posible sostener que este tipo de argumentos son válidos o no, es decir, nos sumerge en la tarea de inquirir sobre la legitimidad que tienen en su pretensión de ser universales.

Empero, esta paradoja es solo aparente y momentánea. Demostrar su refutación es el objetivo que se propone Scruton. El extenso camino de esta refutación empieza indicando otra característica que poseen los juicios sobre la belleza: su desinterés. En efecto, aquellos objetos que nos resultan bellos no lo son porque satisfacen una utilidad o porque responden a una necesidad instrumental a nivel societal o individual, sino que los consideramos bellos por lo que son, es decir, en sí mismos. Naturalmente, esto no quiere decir que no existan cosas bellas que resulten útiles para determinados fines. Más bien, lo que se enfatiza es que no es la utilidad lo que le confiere belleza a un objeto, sino que ella se asocia con la forma en que se nos aparece. Por tanto, “cuando algo absorbe por completo nuestro interés por el modo en que se presenta a nuestra percepción, y con independencia del uso que se le dé, entonces empezamos a hablar de su belleza” (Scruton, 2022, p. 30). Este modo en el que se presenta resulta un aspecto relevante a la hora de considerar los juicios estéticos. Y ello porque —nuevamente— más allá de la utilidad que tenga aquello que consideremos bello, la belleza que manifiesta determinado objeto es tal por el modo en que aparece ante cada individuo en particular. Con esto, Scruton nos advierte que la belleza no es una propiedad inherente al objeto, sino que es el resultado del tipo de relación que se establece entre el par sujeto-objeto 1 .

Esta última apreciación se explica cuando Scruton indica que el interés estético, además de ser desinteresado, es también un interés concreto. Esto resulta evidente, aduce, cuando afirmamos que, por ejemplo, la persona o el paisaje que nos resultan bellos son esa persona y ese paisaje en particular. Los objetos que participan de nuestra idea de belleza nos resultan irremplazables y la sola idea que alguien nos ofrezca reemplazarlos despierta nuestro rechazo e instintivo desagrado. Este aspecto se encuentra en consonancia con la independencia que habíamos indicado anteriormente entre la belleza y la utilidad. Si en el juicio estético primara la valorización instrumental no nos resultaría un problema considerar que el objeto sea intercambiado por otro en la medida en que cumpla con las mismas funciones (o incluso que cumpla con más y de mejor manera). Empero, dado que la experiencia estética tiene como base la manera en la que el objeto bello se nos presenta, no todos los objetos pueden presentársenos de igual forma. Mi interés desinteresado tiene como objeto a esa belleza en particular y no a otra. Dicho de otra manera, la belleza supone el quiebre de la lógica de la equivalencia, ya que entre los objetos que son iguales entre sí uno se des-iguala del resto, se ubica por encima de ellos por ser objeto de nuestro juicio estético al evocar la idea de belleza.

Asimismo, Scruton nos especifica otra dimensión que se deriva de la caracterización del juicio estético en tanto juicio que supone un interés concreto y desinteresado, la cual alude al tipo de deseo que suscita la belleza. Para ello, en primer lugar, el filósofo presenta una dicotomización entre los tipos de deseo que experimentan los seres humanos, belleza, no pensamos tanto en las sensaciones como en su presentación” (2022, p. 40) [énfasis del original]. Mediante este gesto conceptual por el cual desplaza de la centralidad de la experiencia estética la dimensión sensitiva, Scruton toma distancia de la tradición clásica del empirismo inglés. Por ello, resulta coherente que a lo largo de su tratado no se haga mención a las obras de John Locke ni a las de David Hume. En línea con esto, no es de extrañar que en las breves líneas en las cuales trae a colación a Edmund Burke haga notorio el lugar marginal que su Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello ocupa en su marco teórico, si bien esta postura no es explicitada en ningún momento por el propio Scruton.

Curiosamente, la fuerte influencia que Burke ejerce en sus consideraciones políticas resulta inversamente proporcional a la que tiene en su filosofía estética, lo cual se explica —en concordancia con lo anteriormente dicho— porque en el libro de Burke resulta posible rastrear la influencia del empirismo lockeano (Gras Balaguer, 2001). amparándose en la clásica distinción platónica entre el deseo sexual y el eros. El deseo sexual, indica Scruton, remite a la dimensión más primaria y sensitiva del ser humano, razón por la cual Platón, tanto en El banquete como en Fedro, lo asocia con el instinto reproductivo impulsado por el mero deseo sexual-carnal. Este tipo de deseo carece de un objeto en particular, ya que al tener como horizonte únicamente la búsqueda de su satisfacción sensitiva e inmediata no hace distinción entre aquellos que pueden saciar tal impulso. De lo que se sigue que “según Platón, el deseo sexual, en su forma más común, implica el deseo de poseer lo que es mortal y transitorio, y por consiguiente, la esclavización al servicio de la parte más baja del alma, la que se encuentra inmersa en la inmediatez sensual y las cosas de este mundo” (2022, p. 56-57).

Entonces —prosigue el filósofo inglés— si el deseo sexual se vincula con la inmediatez sensual esto implica que dicho deseo puede, efectivamente, ser colmado: a fin de cuentas, basta con que el sujeto consuma cualquier objeto cuyas propiedades respondan a los requisitos que demanda la satisfacción imperiosa del deseo sexual.

Ahora bien, en lo que concierne al eros, contrariamente, el deseo que suscita es un deseo insaciable, infinito. Esto responde al hecho de que el modo de satisfacción que supone este deseo es el de la contemplación. Con esto, Scruton indica que Platón nos señala que el deseo vinculado al eros no se propone consumir su objeto, sino más bien disfrutar de su presencia y de la satisfacción que proporciona su compañía. Y es en función de este carácter contemplativo que caracteriza al deseo del eros es que Scruton concluye que se trata de “un deseo sin fin: un deseo que no puede llegar a satisfacerse porque no hay nada que pueda colmarlo plenamente” (2022, p. 33). Scruton se apoya en la conceptualización del filósofo griego del eros para vislumbrar la imposibilidad que tiene el deseo suscitado por el objeto del juicio estético de ser colmado de manera definitiva. Esta imposibilidad expone que tal objeto no puede ser poseído, ya que de ser así se lo rebajaría al plano de las satisfacciones sensitivas

Por tanto, sentencia Scruton, el eros “no es un apetito, sino una elección individualizada, una contemplación prolongada de un yo a otro, que supera el instinto del que surge para instalarse entre nuestros proyectos personales” (2022, p. 62) [énfasis del original].

Retomemos brevemente las características que hasta ahora hemos desarrollado a partir de la teoría estética scrutoniana. En primer lugar, señalamos que el juicio estético es desinteresado, lo cual implica que la ponderación del objeto de la belleza se deduce de su valorización en tanto tal, es decir, en sí mismo, desechando cualquier criterio que suponga la instrumentalidad. En segundo lugar, identificamos que el juicio estético se basa sobre un interés desinteresado concreto, ya que aquello que consideramos bello es ese objeto en particular y no otro, impugnando así cualquier lógica de equivalencia que establezca la homologación entre el objeto bello con otros de su misma especie. Por último, indicamos que la belleza inspira la contemplación del objeto en lugar de su consumo, lo que despierta en el sujeto un sentimiento de agradecimiento por el disfrute de su presencia.

Luego de haber estabilizado los elementos que caracterizan la noción de belleza en Scruton, nos encontramos en condiciones para ahondar en el aspecto racional que supone el juicio estético, dimensión a la que todavía no aludimos y que, sin embargo, resulta medular para esbozar las articulaciones entre las indagaciones estéticas scrutonianas con sus preocupaciones de índole filosófico-políticas. Para ello, debemos remitirnos brevemente a la lectura que el conservador inglés realiza respecto de los aportes estéticos de Immanuel Kant.

La razón de la belleza

Una referencia a la cual acude constantemente Scruton para examinar la naturaleza de los juicios estéticos y para sustentar su propia teoría del arte, consiste en la figura de Immanuel Kant. Efectivamente, el alemán es escogido como interlocutor privilegiado por parte del británico no solo para sustentar el carácter racional de los juicios relativos al arte, sino también para —en su explícita contraposición— vincularlos de manera esencial con la dimensión moral del ser humano.

En efecto, Scruton retoma de su Crítica del juicio la asociación que Kant establece entre el juicio motivado por el interés y la persecución de un fin concreto, por un lado, y la valoración en sí mismo de algo o alguien junto con la ausencia de finalidad la cual se refleja —como ya hemos visto anteriormente— en la concepción del objeto estético como un interés desinteresado, por el otro. De cualquier modo, pese a que Scruton coincide con el alemán al subrayar que de los juicios estéticos no pueden derivarse conclusiones de índole lógico-deductivas 2 , considera erróneo afirmar que de ello se sigue que tales juicios remiten únicamente a la dimensión subjetiva del individuo sin ningún tipo de implicancia en la dimensión objetiva del mundo. Repasemos la argumentación por la cual Kant llega a esta conclusión que Scruton rechaza. En el parágrafo quinto de la Crítica del juicio el alemán distingue el placer que surge a partir de lo agradable, lo bueno y lo bello. En el primero de ellos, el placer que experimenta el sujeto se explica por el deleite que un objeto ocasiona en sus sentidos. Empero, este deleite también lo vivencian los animales, es decir, también son partícipes de él los seres irracionales. Por su parte, el agrado asociado a lo bueno se sigue de la acción conforme a la ley moral, la cual es obligatoria, ya que todo ser racional debe adecuar su comportamiento a su contenido, pues ella es imperativa para todos los seres portadores de razón. Por ello, indica Kant (2005), “cuando habla la ley moral, objetivamente deja de haber elección acerca de qué debe hacerse” (p. 53). Sin embargo, la agradabilidad que se explica por lo bello se trata de un placer desinteresado y libre en razón de que no surge ni por respuesta por parte de los sentidos ni por mandato de la razón. Y como afirma Gabás (1990), esta contemplación libre del gusto significa “que en esa complacencia no somos conducidos hacia afuera de nosotros, ni obedecemos a una ley (a una atracción) exterior” (p. 43). Por lo tanto, al no encontrarse relacionado el juicio estético con la ley moral, de aquella no puede derivarse un mandato universal y objetivo 3 .

Pero entonces ¿cómo pueden ser los juicios estéticos racionales si son, al mismo tiempo, subjetivos? Esto resulta posible, nuevamente, por el hecho de ser estos juicios desinteresados y libres. En efecto, dado que ellos no se fundan en alguna inclinación particular del sujeto ni responden a ningún interés privado que solo él adhiere, resulta legítimo que postule

la imaginación (tal vez unida al entendimiento) al sujeto y al de agrado o desagrado experimentado por éste. Por lo tanto, el juicio de gusto no es un juicio de conocimiento, un juicio lógico, sino estético, o sea un juicio cuyo motivo determinante sólo puede ser subjetivo” (Kant, 2005, p. 45). que tal juicio puede ser compartido por los demás y, por esto mismo, ser racionalmente comprendidos y aceptados. Precisamente por ello: hablará de lo bello como si la belleza fuese una cualidad del objeto, y como si su juicio fuese lógico (como si proporcionara, por medio de conceptos del objeto, un conocimiento de éste), a pesar de que sólo es estético y no contiene más que una referencia de la representación del objeto al sujeto (Kant, 2005, p. 54).

Por lo tanto, estos juicios, al hallarse libres de todo interés, pueden tener la pretensión de ser válidos para todos los seres racionales, si bien se fundan en una universalidad subjetiva.

Scruton no escatima en elogios para situar la Crítica del juicio como una obra de significativa relevancia en la historia de las ideas en lo que refiere a la dilucidación de la naturaleza de los juicios estéticos, así como tampoco para ponderar positivamente los aportes realizados por el alemán en otras áreas propias de la reflexión filosófica 4 . Sin embargo, las virtudes que ensalza en aquella no eclipsan los límites que, a su juicio, padece. Para Scruton, la estética o el juicio estético no pueden disociarse de la dimensión moral del ser humano, puesto que la contemplación de lo bello impone al sujeto un deber, una responsabilidad a la cual debe responder. Y si bien la obligación que impone lo bello no es “exactamente un imperativo moral, sí posee fuerza moral” (Scruton, 2022, p. 121), ya que la idea de belleza se encuentra vinculada —y acá ya nos encontramos con el núcleo específico de la estética scrutoniana— con la afirmación y defensa de un tipo de comunidad y una forma de vida que merecen y deben ser salvaguardados. Esta afirmación implica la reivindicación de un conjunto de valores morales, espirituales, gustos estéticos y forma de ver la vida, con los cuales nos sentimos íntimamente identificados. En este sentido, cuando decimos que algo es bello, además de indicar una apreciación estética subjetiva, reafirmamos el valor que tiene aquello que la belleza representa y sitúa entre nosotros. De esta manera, la racionalidad y universalidad que suponen los juicios estéticos se explican, ya no por su pretensión de validez en tanto juicios desinteresados, sino porque aluden a una dimensión objetiva, externa al sujeto: la comunidad de la cual el individuo forma parte y los valores que subyacen en ella.

El riesgo que Scruton identifica —y del cual busca librarse— de la estética kantiana es que ella termina siendo un andamiaje teórico sofisticado pero inocuo para impugnar aquellos juicios o expresiones estéticas que pongan en peligro la permanencia e integridad de todo aquello que —nuevamente— una comunidad determinada asocia a la belleza.

Esta advertencia cobra mayor relevancia cuando el filósofo británico señala los peligros que acarrea consigo lo que él identifica como el arte vanguardista moderno. Atendiendo a esta preocupación que Scruton manifiesta contra las nuevas tendencias artísticas que hacen un culto del insulto a la belleza, resulta posible reconocer la dimensión estrictamente política de su teoría estética.

Antes de avanzar al siguiente apartado, recapitulemos brevemente lo que hasta ahora hemos señalado. Al inicio de esta sección nos propusimos como objetivo reconstruir la argumentación mediante la cual Scruton justifica el carácter racional de los juicios estéticos. Para ello, analizamos sus consideraciones críticas sobre el legado kantiano relativo a esta temática. Así, en primer lugar, observamos que si bien reivindica que Kant haya argumentado a favor de la racionalidad y universalidad de los juicios estéticos en virtud de que ellos pueden pretender ser comprendidos y compartidos por el resto de los seres racionales, critica que dicha defensa haya tenido como límite su desvinculación de todo tipo de deber moral. Luego, vimos que Scruton justifica las obligaciones que la belleza impone a los sujetos, puesto que ella se vincula esencialmente con la identidad de la comunidad a la cual pertenecen. Por último, y a partir de lo anteriormente dicho, sostuvimos que esta asociación entre belleza y comunidad es la que le permite situar el juicio estético en la dimensión objetiva y externa al sujeto, es decir, traspasando los límites de la subjetividad que suponían la filosofía kantiana.

Habiendo finalizado la reconstrucción del esquema teórico de la estética scrutoniana, nos encontramos en condiciones de ahondar en su denuncia del vanguardismo artístico, considerado como movimiento estético que ensalza la fealdad. Durante el desarrollo de este abordaje, identificaremos una serie de elementos que caracterizan al movimiento vanguardista a partir de la cual podremos sentirnos justificados de emparentar dicha crítica a la crítica que Scruton realiza, en tanto conservador, a la tradición política revolucionaria, es decir, al racionalismo político, pero también a quienes pretenden situar el mercado por arriba de la tradición.

El urinario de Duchamp: vanguardismo artístico y el culto a la fealdad

En 2009 la BBC estrena el documental Why beauty matters? el cual fue dirigido por la directora Louise Lockwood y escrito y presentado por Roger Scruton. En esta pieza audiovisual, el filósofo defiende el carácter redentor que supone el arte para el ser humano y la belleza como noción esencial para la vida en comunidad. En términos generales, las premisas de la teoría estética scrutoniana que hasta aquí hemos analizado son replicadas en este documental de manera casi literal, si bien expresadas en un lenguaje más accesible para un público más amplio.

En el inicio de este documental, Roger Scruton expresa nostálgicamente su preocupación por la tendencia propia de la modernidad a abandonar la belleza, despreciándola, despojándola de todo tipo de valor mientras se impone, en simultáneo, el elogio a lo escandaloso, lo estridente, la innovación y el culto al yo. En otras palabras: la fealdad. Con esta inquietud de fondo, Scruton anticipa que el objetivo de este documental consiste en “persuadir de que la belleza importa. Que no es sólo una cosa subjetiva, sino una necesidad universal de los seres humanos. Si ignoramos esta necesidad, nos encontramos en un desierto espiritual. Quiero mostrar el camino de salida de ese desierto el cual conduce a casa ” (Lockwood, 2009) [énfasis propio].

Pero entonces, ¿qué es lo que ocurrió para que la humanidad se desviara de su recto camino y se alejara de su casa ? Scruton sitúa este aciago descarrilamiento en los inicios del siglo XX, más precisamente con el surgimiento del vanguardismo artístico, el cual —según el autor— trastocó con perversidad deliberada la dimensión transcendental de la belleza el día en el que Marcel Duchamp exhibiera en la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes de 1917 un urinario blanco de porcelana el cual llevó inscripta la firma apócrifa “R. Mutt” 5 . Este gesto transgresor e impugnatorio supuso un punto de clivaje sustancial en la historia de la relación entre el arte y la belleza: el arte ya no aspira a la belleza como medio de redención (tal y como sucedía, en su opinión en la Grecia antigua), sino que, en busca del escándalo y la innovación, se aleja de ella despreciando todos los valores que representa, sin considerar el impacto que esta nueva filosofía de arte tiene en la sociedad.

Antes de continuar, conviene reconstruir sucintamente el contexto histórico en el que se inscribe el polémico y famoso urinario de Duchamp. El avance de la tecnificación, del desarrollo industrial, la vertiginosa urbanización y el impacto que tuvieron las muertes y los desastres ocasionados por la Primera Guerra Mundial, ocasionaron un amplio descontento y desconfianza hacia los valores, ideas y promesas que legitimaban y sustentaban las profundas transformaciones que la modernidad traía consigo. Con este escenario de fondo, empezaron a emerger nuevas tendencias estéticas dispuestas a renovar el concepto de arte, sus procedimientos formales y los clásicos criterios heredados por los cuales se juzgaba toda pieza artística (así como su pertenencia o no al canon). El cubismo, expresionismo, futurismo italiano y ruso, y dadaísmo fueron unos de los movimientos históricos de vanguardia en Europa más representativos del clima de la época (Burger, 1997). Asimismo, este eco impulsado por el espíritu de renovación completa y de transgresión despertado por el inconformismo de los artistas europeos, tuvo sus réplicas en América Latina en corrientes como el estridentismo mexicano, el creacionismo chileno y el movimiento antropofágico de Brasil (Kohan, 2021).

La transgresión del dadaísmo ya es explícita en su propia denominación. El nombre de la corriente proviene de la palabra “dadá”, onomatopeya del balbuceo infantil. Así, el dadaísmo pretendía situarse como un movimiento anti-estético al hacer un elogio de lo irracional, lo azaroso y lúdico como estrategia para denunciar la arbitrariedad por parte de la rado como arte, el autor más emblemático de este movimiento fue el rumano Tristán Tzara (Viad, 2009). Si bien uno podría reclamarle a Scruton el hecho de no hacer mención de su figura en ningún apartado de La belleza ni en el documental, resulta pertinente tener en consideración que nunca estuvo entre sus intenciones, ni en un lugar ni en el otro, desarrollar una pormenorizada y exhaustiva historia del arte.

Por el contrario, su objetivo siempre consistió en advertir los peligros que supone el desvincular el arte de la belleza y el impacto desocializador que este gesto acarrea en la sociedad. Por ello, resulta natural que se aboque exclusivamente al urinario de Duchamp por el impacto que dicha obra tuvo a nivel mundial (Sustaita, 2011). élite académica en lo que concierne a los criterios para juzgar lo que puede ser arte.

Como bien señala De Medina (2017) el Dadaísmo va más allá de sus predecesores porque rechaza y destruye los cimientos mismos de la sociedad a partir de los cuales se construyó la Modernidad: el racionalismo y la lengua como su medio de comunicación, la idea de progreso en la ciencia y en la tecnología, en definitiva, los pilares a partir de los cuales se construyó la Civilización. Sin embargo, rechazo y destrucción se convirtieron en las herramientas de creación dadaísta (p. 21) [énfasis propio].

Los artistas que pertenecieron al dadaísmo se caracterizaron por el empleo de recursos estéticos que entraron en confrontación directa con los modelos tradicionales; la espontaneidad, improvisación e irreverencia artística; una búsqueda por el caos y desorden; y un espíritu de protesta acompañada por una tonalidad irónica, destructiva y agresiva.

Entonces, el descontento por el presente, el rechazo a la tradición y al legado heredado, la innovación mediante la destrucción y el espíritu de protesta es lo que representa el urinario de Duchamp, y ese es el mensaje que peligrosamente transmite y fagocita entre quienes lo contemplan. En definitiva, si cualquier pieza presentada en una exhibición puede ser considerada como arte, de esto se sigue que no hay nada que merezca ser preservado del pasado, pues nada tenemos allí para aprender y conservar. La ilimitada potencialidad de nuestra innovación y creatividad nos permiten ser independientes de toda la herencia acumulada por quienes nos precedieron y reinventar el arte desde cero toda vez que cualquier individuo así lo desee. Más adelante, notaremos que este razonamiento subyace en la lógica que opera en el revolucionario político, quien, jactándose arrogantemente de tener pleno conocimiento de cómo debe ser diseñada una sociedad, desprecia y rechaza todas las costumbres, instituciones y prácticas sociales que fueron transmitidas a través de la tradición.

A su vez, el autor señala otro aspecto nocivo del vanguardismo artístico, el cual alude a las aspiraciones que debe proponerse toda obra de arte. Scruton considera como una virtud de los grandes artistas del pasado haber reconocido que, si bien el mundo se encuentra atravesado por el caos, el desorden y el sufrimiento, el remedio al cual podían acudir las personas era la belleza. En sus palabras: “Una hermosa obra de arte brinda consuelo en la tristeza y ánimo en la alegría. Muestra que la vida humana vale la pena” (Lockwood, 2009).

Scruton nos indica que la belleza es el medio a partir del cual el ser humano puede redimirse de sus dolencias terrenales, ingresando en virtud de su naturaleza a una dimensión trascendental que le recuerda que hay algo más entre nosotros. Este carácter redentor de la belleza no entra en contradicción con su valorización en sí misma que hemos destacado en los apartados anteriores. Por el contrario, si la belleza redime es porque nos brinda consuelo al vincularnos nuevamente con todo aquello a lo que no podemos ponerle precio, ya que su valorización responde a que ella evoca una forma de vida que consideramos digna de compartir y defender. El vanguardismo no se interesa por redimir al género humano. Expone sus miserias y el caos de la vida contemporánea como si no hubiera nada más allá de todo el sufrimiento presente. En definitiva, el vanguardismo desacraliza el arte, puesto que ya no eleva al ser humano “a un plano moral o espiritual más alto” y reduce a la creación artística a ser “sólo un gesto humano más entre otros” (Lockwood, 2009).

Esta desconsideración por la belleza es lo que explica que las nuevas obras artísticas hagan un culto a la fealdad, ya que, si cualquier artefacto puede ser arte, esta premisa ha de ser reafirmada por el vanguardismo con el mayor impacto posible situando como tales los objetos más estrambóticos, grotescos, obscenos y perturbadores que se encuentren a disposición.

Ahora bien, esto puede resultar ofensivo para el buen gusto de alguien que, sin duda, manifestará su desagrado ante tales obras e incluso se encontrará dispuesto a dar razones convincentes que lo justifiquen ante quienes quieran escucharlo. Sin embargo, ¿su disgusto se restringe meramente a manifestar una preferencia estética subjetiva?, ¿no hay otras preocupaciones que entran en juego entre el objeto de arte y las razones que esta persona ofrece para expresar su condena? Como venimos sosteniendo, Scruton yuxtapone preferencias estéticas con deber moral, haciendo imposible pensar uno de estos elementos sin el otro. Por lo tanto

Si tan ofensivo resulta menospreciar el gusto del otro, como reconoce el demócrata, es porque el gusto está íntimamente ligado con nuestra vida personal y la identidad moral. Es propio de nuestra naturaleza racional esforzarse por alcanzar un juicio compartido, un concepto común del valor, ya que así lo exigen la razón y la vida moral. Y este deseo de consenso racional se transmite al sentido de la belleza (Scruton, 2022, p. 158).

Ahora bien, hemos indicado que el vanguardismo supone una afrenta a la belleza, pero también un culto al yo. Nos toca abocarnos a esto último. Atender a qué se refiere Scruton con esta aseveración nos permite identificar desde otra óptica lo pernicioso que resulta el insulto a la belleza para la estabilidad de la vida en comunidad. Pero, para ello, debemos explorar la filosofía política del autor y examinar la centralidad que tiene la tradición como garante de la estabilidad social.

Los deberes de piedad de la tradición

La propuesta teórica de Scruton tiene como eje central la defensa de la tradición. Considera que todo orden social solo puede perdurar en la medida que oriente sus esfuerzos en la defensa de la tradición junto con sus costumbres heredadas. La tradición resulta medular para cada sociedad, ya que en ella se expresa su identidad, es decir, una forma de vida construida colectivamente, la cual fue transmitida de generación en generación. Esta herencia pretérita carga consigo los sueños, anhelos, sentimientos, miedos y creencias que definen a cada sociedad, distinguiéndola de otras. Dicho de otra forma, supone un tejido vital que transmite una forma de existencia y de querer seguir existiendo. Lo relevante de esto es que es la tradición la que le brinda al individuo un marco de referencia por medio del cual puede situarse en el mundo y emitir juicios sobre él y sobre cómo debería ser. Y al ser este marco cognitivo compartido colectivamente, la sociedad puede desplegarse en armonía, es decir, es posible vivir en comunidad. La defensa de la tradición será expresada en las formas de vida de una comunidad, lo que el autor señala como carácter distintivo del conservadurismo: “el conservadurismo es lo que su nombre indica; un intento por conservar la comunidad que tenemos, no en cada uno de sus aspectos […], sino en todo aquello que garantice que esa comunidad sobreviva a largo plazo” (Scruton, 2018, p. 16-17).

Un conservador reconoce que la existencia individual presupone un marco social que lo ampare. Por eso, Scruton denuncia al individualismo abstracto que desconoce las condiciones sociales e históricas que hacen posible que emerja tanto el individuo como sus derechos, los cuales el liberalismo pretende promover. Desde una óptica conservadora

El individuo debe buscar y encontrar su plenitud en la sociedad, y debe encontrarse a sí mismo como parte de un orden que es mayor que él, en el sentido de trascender cualquier cosa que pudiera haber sido lograda a través de su propia acción. Debe verse a sí mismo como el heredero, no como el creador, del orden en el que participa, para poder derivar de él […] los conceptos y valores que determinan la identidad propia. Verá su extensión en el tiempo, desde el nacimiento hasta la muerte, como algo que adquiere significado a partir de la estabilidad civil: su mundo no nació con él, ni muere cuando él lo abandona (Scruton, 1980, p.66) [traducción propia] 6 .

La centralidad de la tradición por sobre el individuo tiene como correlato una preeminencia de las responsabilidades sociales por sobre los deseos individuales. Scruton distingue dos tipos de obligaciones. En primer lugar, se encuentran aquellas que son contractuales, es decir, las que el individuo suscribe de manera voluntaria y se compromete a cumplir, ya que así decidió hacerlo por medio de la razón. Sin embargo, el autor dice que existen otro tipo de obligaciones que son más importantes, aquellas que son no contractuales, o como prefiere denominarlas, obligaciones de piedad. Se tratan de obligaciones “que nunca fueron prometidas, pero debemos a otros en reconocimiento de sus méritos, o en agradecimiento por su protección, o simplemente como humilde reconocimiento de que nosotros no somos los autores de nuestro destino (Scruton, 2016, p.146). La perdurabilidad de una sociedad y su identidad se encuentran asentadas sobre estas obligaciones, ya que es por ellas que nos comprometemos a cuidar las instituciones y las costumbres que nos fueron legadas. Este reconocimiento supone un límite que morigera los deseos individuales, pues su satisfacción no puede suponer una impugnación al legado histórico de las tradiciones. Resulta necesario recalcar que estas obligaciones no fueron aceptadas voluntariamente, sino que fueron impuestas por la pertenencia a una comunidad. Asimismo, tampoco depende de la voluntad del individuo librarse de ellas. En consecuencia, su acatamiento adquiere un carácter moral y obligatorio. Es el olvido de estos deberes lo que Scruton lamenta: “El mundo de las obligaciones ha ido siendo transformado en un mundo de contratos, y por tanto de obligaciones rescindibles, finitas y dependientes de la voluntad individual” (Scruton. 2016, p. 149).

De cualquier modo, lejos se encuentra Scruton de rechazar valores asociados al liberalismo como la libertad individual, la democracia y el derecho de propiedad. Sin embargo, sí enfatiza las limitaciones que adolece el propio liberalismo al concebir dichas nociones de manera abstracta, es decir, sin considerar las tradiciones y el legado histórico-cultural que las hace posibles (y que les da su particularidad dependiendo de cada sociedad). Así, la libertad es entendida como un producto social y no como un derecho metafísico e inherente a cada individuo. Dicho de otra manera, la libertad “no es la condición previa sino la consecuencia de un ordenamiento social aceptado. La libertad sin instituciones es ciega: no encarna ni una genuina continuidad social ni tampoco […] una genuina opción individual. No significa más que un gesto en medio del vacío moral (Scruton, 1991, p.7).

Lo que Scruton combate es la pretensión de creer que la voluntad y la razón individuales bastan por sí mismas para justificar cualquier cambio radical que se persiga. Esta arrogancia conlleva un olvido de la experiencia contenida en las instituciones legadas, las cuales cargan consigo una sabiduría mayor que la que puede portar cualquier individuo ya que es la sabiduría acumulada durante infinitas generaciones. En este sentido, las revoluciones son deleznables, ya que buscan implantar como sociedad un esquema elaborado racionalmente y que desprecia, las particularidades históricas. Es esta autosuficiencia de la razón la que hace que resulte inconcebible la asunción de obligaciones no contractuales, pues ¿cómo justificar racionalmente la obediencia a responsabilidades que no fueron elegidas voluntariamente, es decir, que no fueron elegidas por medio del uso de la razón?

En definitiva, para Scruton la estabilidad de una sociedad depende del respeto a las obligaciones que se derivan de la tradición. El liberalismo falla porque concibe a la libertad abstraída de sus condiciones histórico-culturales, pero también porque no da lugar a las obligaciones que no fueron asumidas voluntariamente. Como resultado de esta postura, la voluntad del individuo no encuentra ningún límite exterior a él, lo que convierte esta libertad en un peligro para la continuidad de la comunidad, que es la que permite que esa libertad individual sea posible.

Esta reconstrucción del pensamiento de Scruton nos permitirá considerar con mayor profundidad las implicaciones desestabilizadoras que tienen en el plano político las premisas del vanguardismo artístico y su culto al yo. Si el conservadurismo denuncia la autosuficiencia de la razón y la voluntad humanas, un corolario de esta postura es la crítica al vanguardismo por privilegiar la innovación individual en el plano artístico.

La fealdad del voluntarismo revolucionario

Según Scruton, movimientos vanguardistas como el dadaísmo pregonan un elogio al yo, puesto que, al librar al artista de toda consideración respecto de la larga tradición que lo antecede, puede abocarse devota y frenéticamente a la mera exaltación de su originalidad. Esta originalidad resulta más ostensible cuanto más escandaloso sea aquello con lo que se busca impugnar la normatividad artística. Esto conduce a que el artista, al abandonar su interés por recuperar preocupaciones plasmadas en el trabajo de sus predecesores, persiga el enaltecimiento del yo, encumbrarse por encima de todo aquello que lo rodea. El artista es quien dice: “el arte empieza conmigo”. Nada tiene para aprender de la historia y nada le debe a la sociedad. Su autosuficiencia creativa le permite desenvolverse con la arrogancia impoluta de quien se jacta de tener la razón sin depender de nadie.

Pese a esta consideración, Scruton se encuentra lejos de contraponer la permanencia inalterable de la herencia artística. Todo lo contrario: enfatiza que resulta imposible conservar apropiadamente la tradición legada si la misma no es readaptada a los nuevos tiempos que corren con sus nuevas exigencias. Una tradición que no pueda dar respuestas a los desafíos del presente resulta fútil. Solo a través de su reactualización es que resulta posible demostrar su contemporaneidad y la vigencia sempiterna de su legado. Como consecuencia de este razonamiento, Scruton (2022) concluye que:

El objetivo del artista moderno no se presenta como una ruptura a la tradición, sino como una reapropiación de la tradición, en circunstancias que no estaban previstas en el legado artístico. Esta historia [la del arte] no ve el pasado del momento presente, sino su realidad actual, como el lugar al que hemos llegado, y cuya naturaleza debe entenderse en término de continuidad. Si, en las circunstancias de la modernidad, hay que rehacer la historia y el estilo del arte, no es para repudiar la tradición antigua, sino para restaurarla. El esfuerzo del artista moderno se encamina a expresar realidades que no se habían afrontado antes (p. 198) [énfasis del original] Hay que cambiar, sí, pero procurando atentamente que ello sea para conservar. Llegados a este punto, resulta imposible no asemejar el espíritu de esta exhortación con la advertencia que Edmund Burke (2022) les profiere a los revolucionarios franceses cuando les indica “agreguemos, si ello nos complace; pero conservemos primero lo que nos han dejado” (392) 7 . El desprecio por parte de quienes encabezaron la Revolución francesa hacia la sabiduría acumulada por la historia y las instituciones existentes tenía su sustento en la confianza absoluta que ellos tenían en las virtudes de la razón. El modelo abstracto, producto de sus elucubraciones filosóficas, tenía como asidero el rechazo a la presunción de falibilidad del ser humano, en tanto su conducta se adecuara al contenido de las verdades develadas por el raciocinio. Y así como el artista vanguardista afirma que el arte empieza con él, el revolucionario es quien dice: “la historia y la sociedad empiezan conmigo”.

El espíritu del vanguardismo impulsa la exaltación del yo y a desconsiderar los logros del pasado. La adopción de esta filosofía les impide apreciar lo valioso de la belleza, ya que ella, contrariamente al contenido de sus premisas teóricas, “nos reclama para sí: nos llama a renunciar a nuestro narcisismo y a mirar con reverencia al mundo” (Scruton, 2022, p. 201).

En virtud de todo lo presentado, es posible afirmar que Scruton contrapone dos tríadas conceptuales entre sí. Si por un lado podemos encontrar la belleza, la humildad y la comunidad, por el otro se erige aquella compuesta por la fealdad, la originalidad y el yo. Este bosquejo nos permite explicitar nuestra hipótesis que, de momento, veníamos sugiriendo a lo largo del texto. Y es que Scruton deriva de las preferencias estéticas de los individuos, inclinaciones y simpatías políticas. Si el arte no alecciona al artista —y al ciudadano— sobre la relevancia que supone la vigencia de la tradición heredada y vincularla con la búsqueda de la belleza, termina por moldear y promover un espíritu transgresor que conlleva a la radicalidad política, a la pretensión soberbia de rehacer la sociedad conforme a la voluntad de uno. Es por esto que la belleza importa, ya que el cultivo de un buen gusto estético que la tenga como objeto atempera la arrogancia del individuo; le recuerda que forma parte de algo que lo excede y lo sustenta, y que solo a partir de su resguardo es posible la vida en comunidad.

No obstante, resulta pertinente preguntarnos si la noción de belleza forma parte de su aparato conceptual únicamente como eje a partir del cual impugnar desde la dimensión estética al voluntarismo revolucionario. Esto podría resultar cierto si consideramos que la belleza tiene como enemigos solamente a aquellos que se amparan en su originalidad creativa o en la infalibilidad de la razón. Sin embargo, al atender lo que hemos indicado en los apartados referidos a la estética scrutoniana, podemos recordar que la belleza implica, a su vez, la impugnación a la lógica de equivalencia, puesto que germina en el individuo el rechazo a ponerle un precio a todo aquello que valora en sí mismo por lo que significa y representa. Es decir, a mercantilizar lo bello. Más claramente: la belleza nos exhorta a que situemos determinados elementos por fuera del mandato del mercado.

De esta manera, habiendo reconstruido las implicancias políticas que se derivan de las premisas de la filosofía estética scrutoniana, en el siguiente apartado nos abocaremos a dilucidar la crítica que ella supone con respecto al orden del mercado.

La belleza no está a la venta

Habíamos dicho que en el inicio del documental que mencionamos anteriormente, Scruton nos aclara que se propone indicarnos el camino de salida que nos libere del desierto al que nos llevó el abandono de la belleza. Ahora bien, este camino no es una vía de escape cualquiera: es la senda para retomar urgentemente el camino hacia nuestro hogar. Habíamos indicado que la belleza se vincula con una idea de comunidad y era ella la que la recubría con la fuerza moral que exige su resguardo. La noción de comunidad lleva implícita la idea de un acuerdo de pareceres respecto del gusto, del orden y del estilo en el que ha de estar dispuesto el espacio en el que se vive en común. El respeto y la concordancia sobre estos aspectos es lo que permite la vida colectiva, el estar a gusto uno al lado del otro 8 . Esta necesidad por la armonía en el lugar que se vive, al estar vinculado con la idea de belleza, es una necesidad que se deriva de la razón. Y de esta necesidad surgen, por ejemplo, las normas urbanísticas que se legislan a escala nacional, pero, sobre todo, en los territorios locales donde prima con mayor ahínco el cuidado de los espacios naturales e históricos y los monumentos consagrados a fechas conmemorativas, como también la aplicación de políticas de fomento que promuevan las festividades locales.

Si, como hemos visto, la belleza peligra ante el vanguardista que la desecha en su búsqueda por la originalidad, también lo hace frente al consumismo del mercado cuyo criterio de valorización se funda en una instrumentalidad fría y calculadora. La lógica del mercado pondera a partir del cálculo costo-beneficio. Por lo tanto, su principio rector no contempla la posibilidad de valorar algo por lo que es en sí mismo. La excesiva confianza en el mercado como ordenamiento rector del desarrollo de la sociedad supone una falta de cautela que no advierte los riesgos que implica la mercantilización de los principios morales, cuya observancia resulta indispensable para sostener una vida plena en sociedad. Estos valores son lo que despierta en el ser humano la conciencia de que el mercado no lo es todo 9 .

El conflicto que surge, en consecuencia, entre el resguardo de la belleza junto con sus representaciones y la primacía del mercado adquiere sus tonalidades más antagónicas en su obra Filosofía verde. En este trabajo, Scruton rechaza a quienes abogan por un capitalismo desregulado que concibe al planeta como una fuente de recursos infinitos los cuales pueden ser explotados sin ningún miramiento. En contrapartida, propone un ecologismo conservador que centre la defensa del medioambiente no como resultado de un internacionalismo abstracto, sino como una necesidad del ser humano por preservar los territorios que conoce, puesto que ellos le representan valores morales y espirituales y siente la obligación de cuidarlos con miras a que sean heredados por las generaciones venideras en las mejores condiciones posibles. Por lo tanto, el ecologismo tiene que apelar a algo concreto, es decir, referir a una materialidad específica y conocida. Solo la fundamentación del cuidado del medioambiente en virtud de la lealtad hacia el territorio en el que se vive puede interpelar activamente la responsabilidad de su protección y preservación. Es por ello que Scruton reconoce el valor que tiene el nacionalismo en la medida que provee una identidad compartida y particular de comunidad y “un interés común en permanecer juntos” (Scruton, 2018, p. 38), por medio del afianzamiento de la idea de que se es parte de una misma historia y un mismo territorio. Este interés común en permanecer juntos explica el deseo de cuidar todo aquello que nos permitió permanecer juntos.

Este amor por lo conocido, por el hogar común y el deseo (y obligación moral) de protección que suscita es lo que Scruton define como oikofilia. Esta noción supone: el amor al hogar, una motivación que abarca nuestros apegos más profundos y que se derraman también en las emociones morales, estéticas y espirituales que transfiguran nuestro mundo, brindándonos la posibilidad de construir, en medio de las emergencias que nos acucian, un refugio en el que también puedan guarecerse las generaciones venideras.

(Scruton, 2018, p. 253)

El capitalismo sin restricciones atenta contra la belleza porque la vacía de valor si de ella no puede obtenerse (o impide) un rédito económico. Además, incentiva un consumismo que desvincula al individuo de aquel orden trascendental del que forma parte, quedando, así, restringido al gris y hostil mundo terrenal del mercado.

En suma, nada puede encontrarse seguro de permanecer en una sociedad que desconoce el valor de la belleza. Costumbres, tradiciones, legados, reservas naturales, parques, todo puede ser reemplazado en cualquier momento por una novedad atractiva que resulte más útil y eficiente para satisfacer una necesidad contingente del ser humano.

De cualquier modo, Scruton brega en lo económico por un sistema capitalista sustentado en la propiedad privada. Sin embargo, señala los peligros que supone supeditar la tradición a los mandatos del mercado. Es por esto que el inglés se encuentra obligado a criticar a Friedrich Hayek por la “falta de énfasis” (Scruton, 2006, p. 215) que ostenta la relevancia de las costumbres en su obra, y por sustentar la defensa de un orden espontáneo de mercado con base en la observación de normas abstractas y generales de conducta de las cuales resulta imposible derivar una lealtad concreta 10 . Para Scruton, las costumbres no se reducen únicamente a brindar la ventaja epistémica que reconoce Hayek. Ellas también resultan indispensables para “mantener las redes de familiaridad y confianza sobre las que depende una comunidad para perdurar”, razón por la cual todo conservador persigue la defensa de “todo aquello que garantice que esa comunidad sobreviva a largo plazo” (Scruton, 2021b, p. 16-17). El mercado solo puede existir en una comunidad afianzada en sus valores y en su sentido de pertenencia mediante la afirmación de una historia y una tradición compartidas.

Llegados hasta aquí, resulta sugerente advertir que cuando Scruton se refiere a la noción de belleza, por un lado, y a los valores que contiene la tradición, por el otro, los términos en los que los encomia sorprenden por su absoluta semejanza. En tanto referente intelectual del ideario político conservador, Scruton aboga por la defensa de un orden espontáneo cuyo sustrato se componga fundamentalmente por las tradiciones heredadas del pasado y las instituciones sociales que de ellas se derivan. En concordancia con este último y haciendo alusión a su influencia burkeana, sostiene que el individuo no puede concebirse aisladamente, puesto que él mismo es un producto social 11 , y le debe a las tradiciones su misma existencia. Esta dependencia es ignorada por la filosofía liberal, pero también por el vanguardismo artístico. Y ambos promueven la fealdad en el mundo al divorciar al ser humano de su pertenencia transcendental a una comunidad que es más antigua que él y la cual le sobrevivirá. De nuevo —porque vale pena insistir en ello— el resguardo de las tradiciones no responde a un cálculo instrumental (si bien, como hemos visto, solo una sociedad que las resguarda de la depredación del mercado resulta sostenible), sino fundamentalmente a que ellas nos importan porque dicen algo de nosotros. No solo representan a nuestros antepasados, sino también una serie de valores morales, estéticos, espirituales a partir de los cuales se solidifican y extienden los vínculos de confianza y afecto que permiten la vida en común. En palabras del autor:

El sentimiento de comunidad aporta un conocimiento vital a quienes están unidos por ella, a saber, el conocimiento de que están así unidos y, por tanto, pueden confiar los unos en los otros. A partir de ese conocimiento puede iniciarse el juego de la catalaxia. Pero esta idea de comunidad implica sentimientos mucho más viscerales y menos calculadores que los que impulsan el mercado, sentimientos que nos llevan a abrazar políticas y causas que nunca podrían resistir el examen bajo la mirada fulminante del individualismo metodológico. (Scruton, 2006, p. 227)[traducción propia] 12

La idea de comunidad le brinda primacía a aquello que se valora en su singularidad, independientemente de su utilidad. Las tradiciones se valoran no por ser funcionales al mercado, sino por sí mismas. No hay en la protección derivada del amor cálculo alguno, sino más bien gratitud.

En rigor, lo que Scruton rechaza de la modernidad es que ella pone en peligro (ya sea en lo político, lo económico, lo artístico, etc.) el sentido de responsabilidad que promueve la idea de belleza 13 . Como hemos indicado, la belleza no implica consumo, sino contemplación; no exalta la individualidad, sino la idea de comunidad; no promueve la arrogancia, sino la humildad. Y la fuerza moral que emana de la belleza impele al individuo a resguardar aquello que no es obra suya, sino que le fue legado. El amor por el hogar se explica por el resguardo de la belleza, que es la que permite “la concepción de la tierra como un don: no un don para que la generación presente lo use a su arbitrio, sino un don para un pueblo en su totalidad y para todos los tiempos, un recurso que renovar y transmitir” (Scruton, 2016, p. 186) 14 .

Observaciones finales

Esta exposición fue motivada por la creencia de que resultaba posible efectuar un cruce entre la obra estética y la obra política de Scruton. Esta indagación nos permitió llegar a una serie de conclusiones nada desdeñables en lo que respecta al conocimiento y profundización de su pensamiento.

En primer lugar, hemos identificado que, para Scruton, los juicios estéticos suponen las siguientes características: son juicios desinteresados, concretos y contemplativos. Este marco conceptual nos permitió aprehender la naturaleza del vínculo que establece el sujeto del juicio con el objeto de la belleza. Así, expusimos que el juicio estético supone ponderar lo bello en sí mismo, desvinculándolo de cualquier racionalidad instrumental; apelan a un objeto en particular porque dicho juicio quiebra la lógica de la equivalencia; desecha el deseo de consumir lo bello como si fuera una mercancía.

En segundo lugar, examinamos las tensiones que la filosofía estética de Scruton tiene con la de Kant. Así, advertimos que, si bien el inglés recupera del alemán su defensa del carácter racional y universal del juicio estético, señala como límite del alemán el eximirlo de cualquier tipo de obligación moral, es decir, definir al juicio estético como universal pero subjetivo. Scruton sortea este límite indicando que las pinturas, cuadros, monumentos, la literatura y todas las obras de arte que asociamos con la belleza nos resultan, precisamente, bellos porque representan una serie de valores estéticos, morales y espirituales que compartimos y que forman parte de lo que somos como individuos, pero también como comunidad. Además, el arte tiene la facultad —y propósito — de redimir, y otorga consuelo al ser humano situándolo en aquel orden transcendental del que forma parte. Naturalmente, esta predilección por lo que consideramos bello puede ser justificada racionalmente, si bien sus conclusiones no pueden ser taxativas. Pese a ello, esta defensa no es resultado de un capricho estético subjetivo, sino que responde a la necesidad racional del ser humano de situarse y representar el mundo acorde con un marco que considere que es el que debería ser (pudiendo ser sus justificaciones comprendidas racionalmente por los otros).

Desconocer esta función esencial que tiene la belleza para el individuo: significa ser incapaz de ver que, para un ser libre, existen unos sentimientos y unas experiencias concretas, al igual que formas de disfrutar y de actuar también correctas. El juicio de belleza pone orden en las emociones y los deseos de quienes la formulan. Puede que sea la expresión de su placer y gusto, pero es placer por algo que valoran y gusto por sus verdaderos ideales (Scruton, 2022, p. 227).

Posteriormente, reconstruimos la argumentación por la cual Scruton condena al vanguardismo artístico en función de su rechazo a la belleza, y por su búsqueda constante de la originalidad altisonante y exclamativa. El urinario de Duchamp —junto con la proliferación de diversas corrientes artísticas vanguardistas que emergieron a principios del siglo XX— legitimó y promovió una visión en la que el artista debía ser el impugnador absoluto de la tradición artística y renovar el concepto mismo de arte, enfatizando que todo puede ser considerado arte en la medida que su definición no es más que una convención histórica y, generalmente, el resultado de unas relaciones de poder específicas. En consecuencia, el arte deja de tener en su horizonte la reactualización de la tradición y las preocupaciones que motivaron las primeras grandes obras, por lo que su valor en la actualidad “estriba en su capacidad para conmocionar: el arte sirve para despertar nuestras conciencias a la situación histórica actual y para recordarnos que el cambio constante es lo único que tiene de permanente la naturaleza humana” (Scruton 2022, p. 196). Este alejamiento de la tradición deriva en el enaltecimiento del yo puesto que toda obra de arte debe ser comprendida como mero resultado de la originalidad del artista.

El análisis de esta denuncia al vanguardismo nos permitió asociarla con su crítica al racionalismo político. En este sentido, identificamos que el contenido de ambas discusiones tiene de fondo la denuncia a la confianza excesiva en las potencialidades de la razón, el rechazo a la tradición y a las costumbres heredadas, y el desprecio por la relevancia que la comunidad tiene para garantizar la existencia del individuo. Sin embargo, también constatamos que las implicancias políticas que se derivan de la teoría estética scrutoniana no tienen al teórico revolucionario como único enemigo, sino también a quienes abogan por una sociedad basada en un orden de mercado. En particular, observamos que un sistema capitalista que no contenga regulaciones que limiten la extensión de su lógica de costo-beneficio, pone en riesgo las tradiciones y los valores morales de una sociedad. La ceguera de los que promueven que las tradiciones se encuentren supeditados al mercado les impide advertir que solo en un orden que las resguarde es posible que funcione correctamente un sistema de mercado. De cualquier modo, esta primacía endilgada a las tradiciones y los valores morales no se fundan en un criterio instrumental. Por el contrario, se ponderan en virtud de que ellas, al hacernos experimentar la idea de belleza, son valoradas en sí mismas, pues dicen algo sobre nosotros. Esto es, representan una serie de valores estéticos, morales, espirituales y de cómo debemos comportarnos en sociedad, los cuales apreciamos y consideramos razonable reafirmarlos y defenderlos.

En resumen, se logró trazar un nexo entre la teoría estética y política de Scruton. La belleza nos permite aprender más respecto de la obligación moral que tiene el individuo por resguardar la tradición que lo antecede, vinculándolo con la idea de comunidad y humildad. Asimismo, al considerar la naturaleza de los juicios estéticos, pudimos extender la crítica que supone su traducción política a quienes abogan por un orden de mercado desregulado. Analizar la centralidad que tiene la belleza en Scruton nos permite comprender en toda su potencia a qué se refiere cuando indica que cultivar un buen gusto estético “es necesario para hacer bien cualquier cosa” (Scruton, 2022, p. 98).

Ã

Ignacio Ramírez

Más adelante, Scruton aclara aún más este posicionamiento teórico: “Propongo que, en lugar de subrayar el carácter inmediato, sensorial e intuitivo de la experiencia de la belleza, analicemos el modo en el que el objeto se nos presenta en la experiencia de la belleza. Cuando nos referimos a la naturaleza estética de nuestro deleite en la
Este posicionamiento por parte del alemán queda explicitado ya en el primer parágrafo de su Crítica del juicio: “Para discernir si algo es bello o no, referimos a la representación, no por el entendimiento al objeto con vistas al conocimiento, sino por
De cualquier modo, otras interpretaciones indican que, si bien la belleza kantiana resulta independiente de toda finalidad moral, su cultivo favorece el ejercicio de la moralidad (Bidon-Chanal, 2013). Independientemente de estas consideraciones, lo que aquí nos interesa es reconstruir la lectura específica que propone Scruton, en lugar de entablar un debate respecto de los entrecruzamientos que resultan posibles entre la estética y la moralidad en la filosofía kantiana.
En su Breve historia de la filosofía moderna (2021a) afirma categóricamente que “ningún filósofo ha argumentado con mayor fuerza que Kant el carácter universal, racional y objetivo de los juicios morales”, si bien lamenta que, en el campo de la estética, se haya visto obligado a realizar “algunas concesiones al escepticismo” (p. 229). A su vez, en otro texto sostiene que “el sistema ético de Kant es una de las más bellas creaciones que ha producido la mente humana” (Scruton, 1999, p. 286).
Si bien “La fuente” (nombre con el que el artista francés bautizó a su obra) represen ta la pieza más conocida y significativa del movimiento dadaísta debido a la fuerte influencia que tuvo en distintas corrientes artísticas posteriores que replicaron su puesta en cuestión de los regímenes elitistas que determinan qué puede ser conside-
Fragmento original: “…the individual should seek and find his completion in society, and that he should find himself as part of an order that is greater than himself, in the sense of transcending anything that could have been brought about through his own enactment. He must see himself as the inheritor, not the creator, of the orden in which he participates, so that he may derive from it […] the conceptions and values which determine self-identity. He will see his extension in time from birth to death as taking on significance from civil stability: his world was not born with him, nor does it die when he departs from it”.
Nuevamente, ni Scruton ni Burke ni ningún filósofo o teórico político que forma parte del ideario conservador pregona por la inmutabilidad absoluta de los términos en los que la sociedad existe. Naturalmente, cada uno de ellos —y por distintos motivos— afirmará que determinados elementos resultan necesarios para evitar la disgregación de la sociedad, pero ello no los conduce a impugnar intransigentemen te las modificaciones per se. Sobre este tópico, consultar Castro (2021; 2022).
En virtud de esta necesidad, Scruton da cuenta de la relevancia que tienen las normas urbanísticas que regulen la altura de los edificios, los materiales de construcción y las almenas de los edificios cuyas fachadas dan a las avenidas principales.
Una de las preocupaciones que subyacen sobre la mercantilización de los valores morales tiene que ver con la profanación del sexo y del amor por parte de la modernidad. En palabras del autor: “De hecho, muchas de las tradiciones a las que más apego tenemos los conservadores pueden entenderse (desde el punto de vista de la racionalidad evolutiva de Hayek) como dispositivos para rescatar la vida humana del mercado. La moral sexual tradicional, por ejemplo, que insiste en la santidad de la persona humana, el carácter sacramental del matrimonio y lo pecaminoso del sexo fuera de los votos del amor, es —vista desde la perspectiva de Hayek— un modo de apartar el sexo del mercado, de negarle la condición de mercancía y de protegerlo contra el intercambio comercial. Esta práctica tiene una función social evidente: pero es una función que solo puede cumplirse si la gente ve el sexo como un reino de valores intrínsecos y las prohibiciones sexuales como mandamientos absolutos” (Scruton, 2018, p. 59). Asimismo, su condena al vanguardismo artístico se basa en su promoción de la obscenidad, el fomento de la promiscuidad y la banalización del sexo.
Para un estudio pormenorizado sobre críticas de Scruton a Hayek, consultar Robson (2021).
En sus Reflexiones sobre la Revolución francesa, Edmund Burke (2022) puntualiza que, en el análisis político, lo verdaderamente importante es “el hombre civil social y no otro” (p. 115).
Fragmento original: “Membership brings a vital piece of knowledge to those joined by it, namely knowledge that they are so joined, and therefore can trust each other. From that knowledge the catallactic process can begin. But membership involves altogether more visceral and less calculating feelings than those that drive the market, feelings that cause us to espouse policies and causes that could never stand up to examination under the withering eye of methodological individualism”.
En este sentido, resulta elocuente el fragmento en el que sostiene que “los problemas ecológicos son problemas morales, no económicos” (Scruton, 2021c, p. 221).
Edmund Burke adhiere a esta misma idea en los siguientes términos: “La sociedad es un contrato entre los muertos, los vivos, y los aún por nacer” (2022, p. 172). Esta apelación al deber por parte de la sociedad de preservar y transmitir lo heredado resulta medular en su propuesta ecológica conservadora. Así, Burke recupera una centralidad que, como habíamos indicado, carecía en las elucubraciones estéticas de Scruton.

Referencias

  1. Bidon-Chanal, L. (2013). “Acerca de la Crítica del juicio ” En Rossi y Bertorello (comp.). Relecturas. Claves hermenéuticas para la comprensión de textos filosóficos, 199- 202. Eudeba. 🠔
  2. Burke, E. (2022). Reflexiones sobre la Revolución en Francia. Alianza Editorial. 🠔
  3. Castro, F. (2021). El conservadorismo político de la primera mitad del siglo XIX. Una conceptualización a partir de las teorías políticas de Edmund Burke, Joseph de Maistre y Juan Donoso Cortés [Tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires]. 🠔
  4. Castro, F. (2022). Hacia una nueva definición del pensamiento conservador. La distinción entre un conservadorismo como sustantivo y otro adjetivo. Colección, 34, 149-192. 🠔
  5. De Medina, G. (2017). DADÁ y el arte primitivo. Revista de Literatura y Arte de la Asociación de Profesores de Literatura de Uruguay, (17), 20-25. 🠔
  6. Gabás, R. (1990). El libre juego de facultades: belleza y conocimiento en Kany. Enrahonar: 🠔
  7. Quaderns de Filosofía, (16), 41-56. 🠔
  8. Gras Balaguer, M. (2001). “Estudio preliminar”, En Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, 13-33. Alianza. 🠔
  9. Kant, I. (2005). Crítica del juicio. Losada. 🠔
  10. Kohan, M (2021). La vanguardia permanente. Paidós. 🠔
  11. Lockwood, L. (Directora) (2009). Why beauty matters? [Documental]. British Broadcasting Corporation Studio. 🠔
  12. Robson, J. (2021). “Conservadurismo y liberalismo económico: la crítica de Scruton a 🠔
  13. Hayek”. Tópicos revista de filosofía, (61), 321-349. 🠔
  14. Scruton, R. (1980). The meaning of conservatism. Penguin Books 🠔
  15. Scruton, R. (1991). La actitud conservadora en Estudios Públicos, (44), 1-16. 🠔
  16. Scruton, R. (1999). Filosofía moderna. Una introducción sinóptica. Cuatro Vientos. 🠔
  17. Scruton, R. (2006). “Hayek and conservatism” En The Cambridge companion to Hayek (ed. Edward Feser), 208-239. Cambridge University Press. 🠔
  18. Scruton, R. (2016). El alma del mundo. Rialp. 🠔
  19. Scruton, R. (2018). Cómo ser conservador. Homo Legens. 🠔
  20. Scruton, R. (2021a). Breve historia de la filosofía moderna. De Descartes a Wittgenstein. Ariel. 🠔
  21. Scruton, R. (2021b). Conservadurismo. El buey mudo. 🠔
  22. Scruton, R. (2021c). Filosofía Verde. Cómo reflexionar seriamente sobre el planeta. Homo Legens 🠔
  23. Scruton, R. (2022). La belleza. Elba 🠔
  24. Sustaita, A. (2011). Cuando la ausencia ocupa el lugar de la presencia: el urinario de 🠔
  25. Marcel Duchamp. En-claves del pensamiento, (9), 53-62. 🠔
  26. Viad, C. A. (2009). Dadá: Bucarest, Zurich, París. Una historia del dadaísmo. Quinta, (8), 271-279. 🠔