Insurgencias, maquinarias estatales y ciudadanías diversas
ste número serpentea por paisajes heterogéneos: algunos parajes urbanos populares de Bogotá, Cali y otras ciudades del país que fueron apropiados y renombrados por jóvenes protagonistas del Estallido social colombiano de 2021; escenarios distópicos en los que el ensamblaje entre dictámenes rivales de magistrados de Bogotá y funcionarias estatales define y gobierna la diferencia étnica en la Orinoquia; tablados de autoritarismo digital en donde los gobiernos de Guatemala y Colombia orquestan ataques virtuales contra quienes defienden los derechos humanos; y dos pequeñas localidades en Oaxaca y Texcoco (México) donde las mujeres parteras ejercen liderazgos comunitarios ignorados por la literatura antropológica.
Los artículos de Jessica Valenzuela y Mario Figueroa abren este número y a la vez cierran el dossier experimental Al pie del Estallido social que iniciamos en el volumen 37-2. El trabajo de Valenzuela es a la vez una ágil crónica y un novedoso análisis de los acontecimientos del Estallido social en Cali y en otros centros urbanos del país. La autora entrelaza las acciones in situ con las incitaciones, invitaciones e informaciones que circularon por las redes sociales y plataformas digitales y al mismo tiempo propone un análisis provocador sobre la manera en que el Estallido laboró y expresó el poder civil.
En coincidencia con Valenzuela, Figueroa escucha el estallido de voces, acciones y canciones de la juventud con un oído psicoanalítico muy próximo al etnográfico en el Portal Resistencia en la avenida de las Américas en Bogotá. Como Valenzuela, se interesa por el papel de los medios para figurar el proceso como una batalla entre ollas que nutren, las ollas comunitarias enclavadas en el espacio público, y las ollas o expendios semiclandestinos de drogas que destruyen el tejido social y a las personas. Según el autor, esa batalla expresa también las apuestas rivales entre quienes se opusieron abierta, y a la vez simbólicamente, a quien Figueroa denomina, apoyado en Lacan, el padre imaginario. Esta figura, en parte simbólica y en parte personificada del patriarca gobernante, autoritario y redentor regurgita el discurso narco y mafioso que permea el lazo social y gobierna nuestras vidas sembrando la muerte.
Los tres artículos restantes de este número se tocan y cruzan con los de Valenzuela y Figueroa en varios puntos. También, como esos artículos, el de Carolina Castañeda se interesa por el papel del Estado, en este caso, por la manera como ha operado el saber-poder administrativo y jurídico en la producción y reactualización de la diferencia étnico-racial en Colombia, en particular en la Orinoquia. En concreto, la autora examina de manera crítica la creación reciente de la noción de “comunidad étnica” y lo que esta expresión del racismo de Estado supone para los colectivos, especialmente los grupos afro, que no entran en el patrón indígena inmemorial que esta supone. Mientras tanto, en la sección Horizontes, en la que publicamos la traducción al español de un texto reciente, Richard Wilson analiza la manera en la que funciona la “maquinaria antiderechos” del Estado, es decir, las acciones de poder estatal desplegadas para hostigar, desacreditar y criminalizar a las y los líderes sociales y defensores de derechos humanos en Colombia y Guatemala y las consecuencias que esto tiene en sus vidas.
Como ya se está haciendo tradición en Maguaré, el punto clave de confluencia entre todas las investigaciones reunidas en este número tiene que ver con sus aproximaciones etnográficas. Todas se nutren y alimentan de lechos metodológicos caros a la antropología: la observación o la conversación situadas, cara a cara, pero sin excepción, apuestan al tiempo y de manera decidida por cauces alternos.
De esta manera, Esther Neira opta de manera creativa por combinar el trabajo de campo basado en entrevistas y observación participante con la autoetnografía para revalorizar el trabajo de cuidado y liderazgo de dos mujeres parteras en dos comunidades mexicanas. Cruza la teoría antropológica clásica con las concepciones locales del don mientras dialoga y cuestiona la producción académica antropológica que desconoce el papel activo que tienen las mujeres indígenas en las esfera pública y política local como conocedoras de un saber crucial sobre el cuerpo, el parto y la maternidad.
Por su lado, Castañeda recurre principalmente a la etnografía de los archivos y a la antropología del Estado para analizar las sentencias de la Corte Constitucional y los estudios y dictámenes del Ministerio del Interior y la fortalece con entrevistas y observación. Entretanto Wilson combina el análisis del contenido del discurso dirigido contra quienes defienden los derechos humanos, con entrevistas en las que estos y estas defensoras hablaron sobre los impactos de dichos discursos en su vida profesional y privada. El autor analiza a la vez los canales digitales de circulación digital de estos discursos.
Como Wilson, además de observar cara a cara el Estallido, Figueroa y Valenzuela se interesan por las redes sociales y la información que difunden y, en sintonía con el momento, Figueroa toma en serio la producción estética musical del Estallido social como fuente de análisis. Valenzuela, por su lado, cruza el trabajo de campo sobre los bloqueos, las movilizaciones masivas, los plantones y las tomas artísticas con la participación en la creación de consensos de la acción colectiva y a la vez se apoya decisivamente en la netnografía de la acción conectiva: las dinámicas de movilización en plataformas virtuales que contrasta con el análisis de periódicos nacionales.
Esperamos que los artículos incluidos en este número provoquen deleite, reflexión y, sobre todo, que la combinación de métodos y propuestas analíticas que brindan, inciten nuevas reflexiones, indagaciones y apuestas de trabajo de campo.
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