Publicado

2024-07-01

Memorias de un cyborg

Chronicles of a cyborg

DOI:

https://doi.org/10.15446/mag.v38n2.116235

Palabras clave:

Memorias de un cyborg (es)

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Autores/as

  • Pablo Simón Acosta Universidad Nacional de Colombia

Escribí este texto a la vez que trabajaba con el equipo editorial de la Revista Maguaré en la edición del número sobre antropología
cyborg. Mi querida colega y amiga Tatiana Herrera me persuadió a participar en el número con un artículo que tuviera que ver
con mi experiencia personal. En ese momento empecé a darle vueltas al problema: cómo hablar de un tema tan propio e íntimo de tal forma que pudiera acercar a quien leyera el relato a la experiencia cyborg, sin caer en una mera descripción del asunto. Llevar a cabo este ejercicio en el que exploré varias ideas significó abrir un torrente de emociones que tenía guardadas, hablar con mi madre, con mi padre, con amigos que leyeron el manuscrito y con los que nunca había hablado del tema.

Recibido: 8 de abril de 2024; Aceptado: 4 de junio de 2024

Prólogo

Escribí este texto a la vez que trabajaba con el equipo editorial de la Revista Maguaré en la edición del número sobre antropología cyborg. Mi querida colega y amiga Tatiana Herrera me persuadió a participar en el número con un artículo que tuviera que ver con mi experiencia personal. En ese momento empecé a darle vueltas al problema: cómo hablar de un tema tan propio e íntimo de tal forma que pudiera acercar a quien leyera el relato a la experiencia cyborg, sin caer en una mera descripción del asunto. Llevar a cabo este ejercicio en el que exploré varias ideas significó abrir un torrente de emociones que tenía guardadas, hablar con mi madre, con mi padre, con amigos que leyeron el manuscrito y con los que nunca había hablado del tema. Al mismo tiempo, la edición del número temático significó leer otros relatos cercanos como los de Diana Carolina Martínez y Camila Esguerra, así como dialogar con conceptos como el del cyborg monstruoso latinoamericano, que ilustra de manera muy elocuente David Beltrán. Con todo esto, decidí experimentar con la narrativa antropológica clásica y la ciencia ficción para forjar un relato en tercera persona a partir de un relato autobiográfico. La tercera persona me permitió separar al ego cyborg del ego antropólogo y, a partir de algo de fantasía, extrañar a quien me leyera y a la vez procesar las emociones que trae consigo transformarse en un cyborg en tiempos del capitalismo. El extrañamiento de mi propia vivencia me permitió también extrañarme de la situación del mundo, lo que me llevó a entender que la sociedad global, desde hace ya un buen rato, viene experimentando la transformación cyborg.

A continuación, narraré las tribulaciones de un cyborg en las montañas de un extraño planeta.

LA TRANSICIÓN

Durante su etapa de formación orgánica la exigencia social de detectar ciertas ondas caprichosamente tenues aparecía ante el proto-cyborg como algo extraño. En sus ratos de ocio se deleitaba con frívolas figuras en movimiento que observaba en transmisores cuadrados de pantalla vidriosa y barrigona. Su lugar favorito era un soporte de material vegetal de cuatro patas en el que, con su cabeza junto a la pantalla, se concentraba en las ondas visuales que emitían pequeños pixeles de tres colores que a esa distancia podía detectar fácilmente. Con el tiempo, el resto de su tribu parecía preocupada y algo ofendida por lo que creía era un negligente desinterés por ondas tan sutiles para él que pasaban desapercibidas.

Los homínidos de su tribu usaban toda suerte de cachivaches emisores de ondas tenues para organizar sus vidas: timbres, campanas y, en los casos más conservadores, gritos ininteligibles que lo atormentaban con su escurridiza detectabilidad. Mientras tanto, empezó a fascinarse por otros artilugios menos irritantes y más divertidos: a sus diez años terráqueos descubrió los reproductores musicales digitales y los auriculares de cable, con ellos podía escuchar cualquier clase de música al volumen que quisiera sin los refunfuños de los demás seres orgánicos que se quejaban constantemente de la intensidad de las ondas que configuraba en los transmisores cuadrados y reproductores de ondas digitales de discos ópticos. A partir de entonces, se refugió en los sonidos artificiales y comenzó a dedicar horas a deleitarse con las ondas sonoras de los reproductores a través de auriculares de cable. Tenía el deseo de conectar los auriculares a las cajas cuadradas, para ello tenía que usar una serie de adaptadores y cables, pero podía disfrutar de los beneficios de conectarse a los emisores de manera directa e íntima.

Eventualmente, su tribu empezó a tener dudas sobre su agudeza en la detección de ondas. Cada vez más su conexión con el sonido artificial lo alejaba de las transmisiones orgánicas de su grupo, por ello, tuvo que recurrir a la hechicería de su tribu para tratar de hacer más inteligibles los aullidos de sus congéneres. Tras una serie de rituales con sacerdotes curanderos con bata blanca de su tribu y algunas tribus cercanas, un curandero que se hacía llamar otorrino declaró solemnemente en un ritual que su maldición no podía ser curada por su magia y que debía recurrir a una comerciante de oídos biónicos que trataría su condición. Esta curandera-robótica ofreció instalar detectores de ondas digitales en su cuerpo para facilitar la interpretación de las ondas sonoras de sus congéneres por una cierta cantidad de oro. Pese a las estridentes acusaciones de la casta curandera, nunca logró identificarse con las categorías mágicas que ella le imponía. La etiqueta más simple para su maldición era hipoacusia, una palabra aparentemente inocua y más suave que el resto de las palabras con cargas más fuertes que tanto lo atormentaban y que lo excluían del rango de la detección normal y, por ello, de ser un ente orgánico normal. Fue entonces que reivindicó para sus adentros su identidad como ser cyborg y declaró sin que los otros miembros de su tribu pudieran oírlo que él era normal y que los extraños eran ellos.

ENCENDIDO DE UN CYBORG

Después de descubrir los reproductores de ondas sonoras, las registradoras de ondas, las cintas magnéticas y los discos compactos, llegaron a él los oídos biónicos, por primera vez un artefacto sonoro se introdujo en su cuerpo y pasó a formar parte de él. La primera sensación durante la instalación fue dolorosa y el recién creado cyborg experimentó la aparición de sonidos extraños: lo que aseguraba que era un error de sus nuevos oídos eran ruidos de las máquinas que no solía percibir, como los ventiladores de los primitivos aparatos de su tribu.

El sonido era punzante, brillante y desagradable, durante ciclos se había acostumbrado a un sonido más redondo y suave, no solo en la percepción orgánica sino en la percepción digital, cuyo volumen y ecualización podía controlar él mismo, mientras que en el caso de sus nuevos oídos para traducir ondas orgánicas debía someterse al juicio del curandero-robot quien insistía en imponerle estridentes frecuencias agudas. Para adaptarse a las transmisiones de ondas de las personas de su tribu tuvo que sacrificar el sonido placentero por un sonido doloroso, a veces se preguntaba si realmente valía la pena, porque muchas veces todo este esfuerzo para detectar transmisiones se traducía en conversaciones sosas y comentarios frívolos de sus congéneres.

Las piezas se introducían en su cuerpo y, como un ser plástico y electrónico, experimentó con piezas nuevas y con las piezas de las piezas, su tejido rozaba con elementos sintéticos y luchó contra ellos hasta que se hizo uno solo, una membrana de carbono y polímeros. El devenir cyborg significó la posibilidad de una desnudez superior a la desnudez orgánica, al tener la posibilidad de desarmarse y de intercambiar sus piezas surgió un nuevo tipo de intimidad y de pudor. Al desarmarse existía en una forma reducida en la que la comunicación debía llevarse a cabo mediante sus otros sentidos.

Conexión de un meta-cyborg

La experiencia cyborg se intensificó cuando llegó a sus sensores la conexión, un sistema que le permitía comunicarse con otras personas en cualquier lugar del globo. A través de ella pudo acceder por medio de una combinación de ondas de radio y cables a una cantidad de información sin precedentes. Su estrategia de sumergirse en archivos análogos e historias inscritas en fibras vegetales se fue transformando en una fascinación por el torrente de información que podía obtener a través de la conexión. Con ello, podía conversar telegráficamente y en el caso de los mensajes sonoros podía reproducirlos una y otra vez y ajustar el volumen si quería. Al mismo tiempo, tras negociar con los comerciantes de oídos biónicos logró mejorar las piezas de su cuerpo y conectarse directamente por ondas de radio a los transmisores y a la conexión. Empezó a trabajar y a estudiar a través de la conexión y de auriculares. La gran peste que asoló su planeta obligó a los homínidos a recluirse en sus cuevas y los forzó a usar micrófonos y auriculares para comunicarse, de manera que, durante un tiempo, casi todas las comunicaciones se llevaron a cabo a través de la conexión. Esto acercó su personalidad cyborg como nunca al resto de homínidos, la tribu entera se había convertido en cyborg. Se dio cuenta cuando todos salieron de sus cuevas, con la obligación de usar filtros que tapaban sus ductos de ventilación para dificultar la dispersión de los parásitos; lo cual, a su vez, le dificultaba la tarea de detectar las formas de los esfínteres reguladores de ondas sonoras que la especie homínida de su planeta usaba para comunicarse, con lo que estaba más aislado en libertad que durante el encierro.

No obstante, la suerte estaba echada, con el tiempo se fue dando cuenta de que sus preocupaciones sobre su identidad cyborg eran trasladables a su tribu. La peste y la conexión afianzaron con cada vez más fuerza la relación entre la especie y las máquinas en los dominios de la comunicación, sin embargo, esta simbiosis llevaba miles de ciclos planetarios. En su planeta, las tribus habían aprendido a vivir en colmenas, para desplazarse montaban enormes máquinas escandalosas con las que reemplazaron seres cuadrúpedos. Los vehículos propulsados químicamente fueron, quizás, una de las prótesis más transformadoras desde la implantación de las pieles artificiales. Los seres de estas colmenas estaban dispuestos a morir con tal de montar escandalosas máquinas. Las colmenas eran hostiles para los seres orgánicos, homínidos y simbiontes cuadrúpedos.

A medida que los comerciantes de oídos biónicos iban mejorando sus aparatos, las colmenas se transformaban en mercados de prótesis, ya no eran cachivaches extravagantes sino exigencias de la tribu, casi todos sus miembros empezaron a adquirir prótesis emisoras de ondas sonoras y visuales y extensiones corporales con ruedas que emitían gases tóxicos. Los vendedores de prótesis se convirtieron en la gente más rica del planeta mientras la sociedad cyborg moría aplastada, intoxicada y perdía sus sentidos.

La frontera entre prótesis y artefacto se iba borrando, así como se borraba la frontera entre paciente y cliente a medida que las grandes corporaciones iban desarrollando sus tecnologías. Las prótesis creadas por los curanderos se volvieron más elaboradas, hasta que empezaron a flirtear con poderes más allá de las capacidades de los cuerpos orgánicos. Pese a ello, seguían imponiendo limitaciones en las prótesis bajo la idea de lo normal y lo saludable. Este criterio era ambiguo y lo establecían los mismos curanderos, quienes controlaban la fabricación de partes corporales artificiales. Mientras tanto, los vendedores de prótesis que no eran curanderos empezaron a acercarse a las posibilidades de estos últimos. Las prótesis de ondas luminosas y auditivas empezaron a volverse cada vez más comunes, y los miembros de la tribu, aún después de la peste empezaron a usarlos con más frecuencia.

Con todo esto, surgió la posibilidad cada vez más latente de abandonar las piezas fabricadas por curanderos y pasar a las piezas de comerciantes que incluían aspectos nuevos como la anulación de ondas sonoras y la promesa del silencio aún en escenarios caóticos. Para ello era apremiante lograr el auto-hackeo.

Fue gracias a la conexión que el cyborg logró hackearse. A través del mercado negro consiguió las piezas necesarias, un tótem negro emisor de ondas codificadas, y un ordenador armado a partir de piezas de segunda mano. Por primera vez, tras una larga lucha el cyborg tuvo la capacidad de cacharrearse y mandar al carajo a los comerciantes de oídos biónicos. Ya no tenía que pagarles una fortuna para que lo configuraran. El software limitado y la inteligencia artificial que controlaban sus oídos ahora estaban a sus órdenes, a partir de este momento el cyborg dejó de ser un consumidor-paciente y pasó a ser un cyborg de verdad. Con códigos y movimientos que nadie percibía, podía controlar sus oídos biónicos y amplificar sonidos de la naturaleza y conversaciones ajenas, podía escuchar música en cualquier momento y podía eliminar los ruidos molestos y abrirle su cerebro únicamente a los sonidos placenteros. Al hacerse cargo de la tecnología en su cuerpo había llegado a la cúspide de su ensamblaje y ahora solo quedaba esparcir la voz y liberar a los demás cyborgs consumidores-pacientes de la opresión de las corporaciones y los curanderos.

¡Cyborgs del mundo hackeaos!

Acosta, P. S. (2024). Memorias de un cyborg. Maguaré, 38(2), 227–231. https://doi.org/10.15446/mag.v38n2.116235

Referencias

MEMORIAS DE UN CYBORG

Cómo citar

APA

Acosta, P. S. (2024). Memorias de un cyborg. Maguaré, 38(2), 227–231. https://doi.org/10.15446/mag.v38n2.116235

ACM

[1]
Acosta, P.S. 2024. Memorias de un cyborg. Maguaré. 38, 2 (jul. 2024), 227–231. DOI:https://doi.org/10.15446/mag.v38n2.116235.

ACS

(1)
Acosta, P. S. Memorias de un cyborg. Maguaré 2024, 38, 227-231.

ABNT

ACOSTA, P. S. Memorias de un cyborg. Maguaré, [S. l.], v. 38, n. 2, p. 227–231, 2024. DOI: 10.15446/mag.v38n2.116235. Disponível em: https://revistas.unal.edu.co/index.php/maguare/article/view/116235. Acesso em: 16 jul. 2026.

Chicago

Acosta, Pablo Simón. 2024. «Memorias de un cyborg». Maguaré 38 (2):227-31. https://doi.org/10.15446/mag.v38n2.116235.

Harvard

Acosta, P. S. (2024) «Memorias de un cyborg», Maguaré, 38(2), pp. 227–231. doi: 10.15446/mag.v38n2.116235.

IEEE

[1]
P. S. Acosta, «Memorias de un cyborg», Maguaré, vol. 38, n.º 2, pp. 227–231, jul. 2024.

MLA

Acosta, P. S. «Memorias de un cyborg». Maguaré, vol. 38, n.º 2, julio de 2024, pp. 227-31, doi:10.15446/mag.v38n2.116235.

Turabian

Acosta, Pablo Simón. «Memorias de un cyborg». Maguaré 38, no. 2 (julio 1, 2024): 227–231. Accedido julio 16, 2026. https://revistas.unal.edu.co/index.php/maguare/article/view/116235.

Vancouver

1.
Acosta PS. Memorias de un cyborg. Maguaré [Internet]. 1 de julio de 2024 [citado 16 de julio de 2026];38(2):227-31. Disponible en: https://revistas.unal.edu.co/index.php/maguare/article/view/116235

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