Producción territorial en el espacio público. Una aproximación desde el estudio del parque de la 93 en Bogotá
Territorial production in public space. An approach from the study of parque de la 93 in Bogota
Produção territorial no espaço público. Uma abordagem a partir do estudo de parque da 93 em Bogotá
Palabras clave:
Territorialidad humana, espacio público, parques, Bogotá (es)Territorialidade humana, espaço público, parques, Bogotá (pt)
Human territoriality, public space, parks, Bogota (en)
El objetivo de este artículo es hacer un análisis de las prácticas diarias que involucran el uso y la accesibilidad del espacio público, desde la perspectiva de las producciones territoriales que pueden ocurrir en este. Es decir, a partir de las diferentes formas de control derivadas de las interacciones entre lo social y lo material. Con base en un proceso de observación no participante del parque de la 93, en Bogotá, el presente trabajo argumenta que la accesibilidad, en este espacio público, se encuentra determinada principalmente por dos factores: En primer lugar, por la cantidad de territorios que se pueden producir; y, en segundo término, por la naturaleza y el tipo de control que se ejerce sobre ellos. Espacios globales como el parque de la 93, caracterizados por contar con una infraestructura moderna y dinámica, pensada para múltiples usos y usuarios, generan dinámicas coercitivas, en la práctica, derivadas del control privado, que limitan el potencial de las apropiaciones territoriales que dichos espacios pueden permitir.
Producción territorial en el espacio público.
Una aproximación desde el estudio del parque de la 93, en Bogotá
Jorge Luis Baquero Quiroga Magíster
en Geografía de la Universidad de los Andes; consultor en temas de
transformación regional y liderazgo. Bogotá, Colombia. Correo electrónico:
jlbaqueroq@gmail.com
Recibido: 22 de marzo de
2016 Aceptado: 10 de octubre de 2016.
Resumen
El objetivo de este artículo es hacer un análisis de las
prácticas diarias que involucran el uso y la accesibilidad del espacio público,
desde la perspectiva de las producciones territoriales que pueden ocurrir en
este. Es decir, a partir de las diferentes formas de control derivadas de las
interacciones entre lo social y lo material. Con base en un proceso de
observación no participante del parque de la 93, en Bogotá, el presente trabajo
argumenta que la accesibilidad, en este espacio público, se encuentra
determinada principalmente por dos factores: En primer lugar, por la cantidad
de territorios que se pueden producir; y, en segundo término, por la naturaleza
y el tipo de control que se ejerce sobre ellos. Espacios globales como el
parque de la 93, caracterizados por contar con una infraestructura moderna y
dinámica, pensada para múltiples usos y usuarios, generan dinámicas
coercitivas, en la práctica, derivadas del control privado, que limitan el
potencial de las apropiaciones territoriales que dichos espacios pueden
permitir.
Palabras clave.
Territorialidad humana, espacio público, parques, Bogotá.
Territorial production
in public space. An approach from
the study of parque de la 93 in Bogota
Abstract
The aim of this paper is to analyze
the daily practices that involve the use and accessibility of public space from
the perspective of territorial productions that can occur within it. That is,
from the different forms of control resulting from interactions between the
social and the material. Based on a process of non-participant observation at parque de la 93, in Bogota, this paper argues that
accessibility, in this public space, is determined primarily by two factors:
first, by the amount of territories that can be
produced, and secondly, by the nature and type of control exercised over them.
Global spaces like parque de la 93, characterized by
having a modern, dynamic infrastructure designed for multiple uses and users,
generates in practice, coercive dynamics derived from private control, which
limit the potential of territorial appropriations that these spaces can allow.
Keywords. Human territoriality, public space,
parks, Bogota.
Produção
territorial no espaço público. Uma abordagem a partir do estudo de parque da 93 em Bogotá
Resumo
O objetivo deste trabalho é analisar
as práticas cotidianas que envolvem o uso e acessibilidade do espaço público a
partir da perspectiva de produções territoriais que podem ocorrer neste. Isso
significa que, a partir de diferentes formas de controle resultantes de interacções entre o social eo
material. Com base em um processo de não-participante observação da parque da 93, em Bogotá, este artigo argumenta que a
acessibilidade, neste espaço público, é determinada principalmente por dois
fatores: Primeiro, a quantidade de territórios elas podem ocorrer; e em segundo
lugar, pela natureza e tipo de controlo exercido sobre eles. Espaços globais
como o parque da 93, caracterizado por ter uma infra-estrutura moderna e dinâmica, projetado para
múltiplos usos e usuários, cria dinâmicas coercitivas na prática, derivada de
controle privado, que limitam o potencial de apropriação territorial que esses
espaços podem permitir.
Palavras
chave. Territorialidade humana, espaço público, parques, Bogotá.
Introducción
Hablar de territorialidad
implica hablar de control espacial, derivado de la interacción entre lo social
y lo material. En la vida diaria, estas interacciones producen y reproducen
territorios, así como diferentes formas de acceso, uso y control de los mismos. Esta producción territorial es muy dinámica en
el tiempo y puede tener diferentes escalas, de manera que, en un mismo espacio,
pueden existir diferentes capas territoriales que interactúan constantemente.
En este sentido, hacer una aproximación al estudio del espacio público, desde
la perspectiva territorial, resulta muy útil en la medida que permite enfocarse
en las características de uso y acceso, entendiendo el carácter público del
espacio, desde la accesibilidad a diferentes usos y prácticas; y por lo tanto, a diferentes personas o grupos.
En Bogotá, durante los últimos 20 años, se ha promovido el
desarrollo de diferentes proyectos de transformación urbana, como el Proyecto
Parque Central Bavaria y el Plan Parcial de Renovación Urbana norte calle 72,
con el fin de dinamizar la conexión de la ciudad con el orden económico global,
caracterizado por el incremento de la movilidad de capital, el paso paulatino
hacia una economía de servicios, la promoción de una nueva oferta cultural y
una mayor dependencia de las tecnologías de la información. El barrio El Chicó,
y en particular el sector del parque de la 93, ha sido uno de esos proyectos.
La producción territorial, en este sector, ha sufrido cambios derivados de este
proceso globalizador, condicionando las políticas de planeación urbana a una
lógica de consumo de alta gama, de inversión privada y de atracción del
turismo. Esta dinámica se ha traducido en fuertes inversiones dentro de la
infraestructura del parque, que si bien permite la posibilidad de múltiples
usos (desde lugar de conciertos y eventos de arte y moda, hasta parque infantil
y sitio de descanso), tienen un acceso que se encuentra controlado por una
asociación privada, cuya agencia está claramente derivada del proceso
globalizador que se esfuerza por evitar y proscribir cualquier uso o
apropiación que no esté al servicio de su visión idealizada de parque público.
Partiendo del caso del parque de la 93, este trabajo
argumenta que la accesibilidad en el espacio público se encuentra determinada principalmente
por dos factores: En primer lugar, por la cantidad de territorios que se pueden
producir en éste; y en segundo término, por la
naturaleza y el tipo de control que se ejerce sobre dichos territorios. Si bien
los nuevos espacios globales se caracterizan por contar con una infraestructura
moderna y dinámica, pensada para múltiples usos, en la práctica el carácter
privado del control ejercido en dichos espacios genera dinámicas coercitivas,
que limitan el potencial de apropiaciones territoriales que dichos espacios
pueden permitir.
Metodología y modelo conceptual
Esta investigación fue realizada durante un año, entre 2014 y
2015, dividida en tres fases. La primera fase se enfocó en el análisis de los
elementos de planificación, en los que se identificaron los hitos históricos de
la transformación del espacio, las entidades involucradas, la normatividad
relacionada y sus implicaciones frente al marco teórico. La segunda fase se
centró en los momentos de intervención y en las apropiaciones subsecuentes; en
esta fase se estudiaron los cambios espaciales, el amueblamiento y la
redistribución, las pautas para las intervenciones y las principales respuestas
sociales derivadas de dichas intervenciones. La tercera y última fase se enfocó
en una observación no participante del sector, en términos de uso, buscando
establecer relaciones entre los diferentes tipos de apropiación, a partir de
quienes habitan, recorren, aceptan o rechazan dicho espacio. Para el desarrollo
de estos tres momentos, se llevaron a cabo consultas bibliográficas enfocadas
en los conceptos de producción del
espacio, territorio, espacio público y ciudades globales, así como consultas bibliográficas referentes a
la historia de la ciudad y del barrio El Chicó. También se efectuaron
consultas, en archivos documentales, respecto a los desarrollos urbanísticos del
área de estudio, de la construcción y administración del parque de la 93, así
como consultas a archivos planimétricos y aerofotografías, y entrevistas a
actores representativos de la vida diaria del parque, como usuarios, vecinos
residentes, administradores, guardias de seguridad, vendedores ambulantes y
administradores de locales comerciales, entre otros.
Territorio y territorialidad
Territorio y territorialidad iniciaron como dos conceptos
políticos derivados del latín territorium, como una idea de posesión de tierra, que para
el siglo XV, evolucionó hacia la idea de control, de un espacio controlado por
una autoridad (Elden, 2010, p. 810). Durante el siglo
XVIII, el término territorio sufrió
una importante transformación, al ser usado metafóricamente por Goldsmith en el
plano de la biología, para describir comportamientos animales de ataque y
defensa (en Kärrholm, 2007, p. 438). Esta
aproximación conductual fue desarrollada a profundidad entre los años 50 y 60
del siglo XX, para describir fenómenos de comportamiento humano en las ciencias
sociales, bajo el concepto de territorialidad
humana, concepto en el que el espacio es apropiado
pero no necesariamente defendido como en su aproximación biológica (Altman,
1975, pp. 111-120). El concepto de territorialidad, en el ámbito de la ciencia
política, también continuó siendo desarrollado, particularmente en la geografía
política, entendido como una estrategia intencional de poder y como medio para
ejercer influencia administrativa y espacial sobre y desde la sociedad (Soja,
1971, p. 19).
La mayor parte de la literatura relacionada con estos
conceptos puede entonces diferenciarse entre dos grandes enfoques: el primero
hace referencia a la territorialidad humana y se centra en la territorialidad
entendida a partir de la naturaleza animal en la que el comportamiento innato
de los grupos o individuos los lleva a marcar, defender o personalizar un
territorio (Altman, 1975; Malmberg, 1980); el
segundo, es utilizado principalmente en la geografía humana y política, y se
centra en la territorialidad como una estrategia intencional de poder y una
forma de ejercer un control espacial, político y social (Sack,
1985; Paasi, 1996; Soja, 1971).
Kärrholm (2007, pp. 438-440) identifica dos grandes problemas en
estas aproximaciones. El primero es que la territorialidad humana y la
territorialidad político-geográfica a menudo parecen desconocerse mutuamente,
conduciendo ocasionalmente a confusiones conceptuales en el uso del término,
dificultando su utilización empírica. El segundo consiste en que ambos enfoques
se preocupan más por los actores de la territorialidad que por los territorios
o efectos de la producción territorial, tendiendo entonces a utilizar el
territorio como una forma de justificar un ejercicio particular de poder o
ciertas formas de conducta.
En el caso de la territorialidad humana, el énfasis está en
entender la psicología y los comportamientos de quienes producen el territorio,
mientras que en el de la territorialidad político-geográfica, el énfasis se
encuentra en entender las estrategias, reglas y razones usadas por quien
produce el territorio. En este sentido, la funcionalidad del territorio se
enfoca en el discurso de quien la inició (Hacking, 1999, pp. 21-24). Pero si se
está interesado en la relación entre control territorial y prácticas diarias,
estas perspectivas son problemáticas, ya que enfatizan en el sujeto de la
territorialidad, o en las estrategias e intenciones que la preceden. Para Kärrholm (2007, p. 440), es necesario observar la
territorialidad como un control espacial delimitado y efectivo, y no como un
sujeto o una estrategia. Así, un territorio es un actante1 espacial que produce cierto efecto
en un determinado lugar. Esta perspectiva permite describir el poder
territorial como una red de diferentes actantes como artefactos, personas,
reglas de conducta, leyes, entre otros1 (Latour, 1991, pp. 104-118),
sugiriendo que la territorialidad es un fenómeno móvil y dinámico. Así mismo,
al territorio le concede una dimensión material, ya que no está solamente
constituido por las personas que definen y gestionan las normas, sino por sus
límites físicos y sus características materiales.
Si partimos de la idea de Lefebvre, respecto a que el espacio
no es algo estático o inerte, sino que tiene un carácter orgánico y vivo, que
tiene pulso, que palpita, que fluye, que choca y se mezcla con otros espacios,
escribiéndose constantemente y reescribiéndose, entonces los territorios que se
generan en dichos espacios necesitan ser producidos y reproducidos para ser
efectivos (a través comportamientos sociales, artefactos, etc.), mientras que
los límites y el control son entonces un resultado (y no una causa) de esa
territorialización (Elden, 2010, pp. 808-810).
En este contexto, los territorios pueden producirse en
cualquier lugar, bajo diferentes contextos, de diferentes maneras, por
diferentes medios y comprenden una gran variedad de fenómenos que abarcan
múltiples escalas (global, nacional, local) y lugares (una ciudad, un parque,
una banca). Para responder a la pregunta sobre cómo se produce (y
constantemente reproduce) un territorio, utilizaré la aproximación de Kärrholm (2007), quien desarrolló una clasificación de
diferentes formas de producción territorial en este ámbito. La perspectiva del
actante hace posible reapropiarse de diferentes usos de la territorialidad,
como diferentes formas de producción territorial, en respuesta a la pregunta
¿Cómo se produce y se reproduce un territorio? O ¿De qué tipo de control
estamos hablando? Se distingue aquí entre cuatro formas diferentes de
producción territorial que pueden encontrarse en los espacios públicos. Ver
Tabla 1.
Tabla 1. Formas de producción territorial
Forma de producción |
Control impersonal |
Control personal |
Producción destinada |
Estrategias territoriales |
Tácticas territoriales |
Producción a través del uso |
Asociación territorial |
Apropiación territorial |
Nota. Adaptado de Kärrholm,
M. (2007). “The Materiality of Territorial Production”, en
Space and Culture (vol. 10) (4), p.
441.
Para Kärrholm, las formas de
producción territorial se dividen en dos tipos: la producción destinada, entendida como los esfuerzos formales por
delimitar cierto territorio (usualmente asociados con la planeación urbana), y
la producción a través del uso,
entendida como las diferentes formas de entender y usar dicho territorio en la
vida diaria (asociadas a las ideas que se tienen del territorio y las prácticas
que ocurren en él de manera regular).
Las estrategias y tácticas territoriales son las diferentes
formas de marcar o delimitar un territorio, desde la forma de producción
destinada. Las estrategias territoriales representan el control impersonal,
planeado y hasta cierto punto mediado, que por lo general se encuentra
expresado en reglas de comportamiento (prohibido el consumo de alcohol, no
pisar el prado, etc.), diferentes objetos y formas arquitectónicas (andenes,
cebras, barreras y señales, entre otras) que ejercen dicho control.
Por lo general, las estrategias territoriales son planeadas a
distancia, en el tiempo/espacio del territorio producido, usualmente desde una
oficina de planeación central. Las tácticas territoriales, en cambio, se
refieren a una relación más cercana entre el territorio y la persona o grupo
que lo habita e interpreta como suyo. En este sentido, involucran las demandas
hechas en el contexto de una situación y hacen parte de una secuencia continua
de la vida diaria (ubicar una exposición fotográfica, parquear en un espacio
ilegal o incluso poner una manta en el prado para hacer un picnic).
Las asociaciones y apropiaciones territoriales representan
producciones territoriales que no son planeadas o establecidas
intencionalmente, sino consecuencia de prácticas regulares. Estas prácticas
pueden surgir como efectos de decisiones racionales y planeadas; pero no con la
intención explícita de producir un territorio. Las asociaciones territoriales
representan áreas identificables, caracterizadas por cierto uso y por las
convenciones y regularidades específicas que sustentan ese uso. Estas áreas no
necesariamente tienen que ser consideradas por una persona o grupo como “suyas”
o “propias”, pero son asociadas por otros, sin embargo, como pertenecientes a
cierta función o categoría de usuarios. Un área con columpios y pasamanos, por
ejemplo, se asocia con un lugar de recreación infantil, un prado asociado a
jugar fútbol o incluso, una esquina relacionada con el consumo de drogas.
Las apropiaciones territoriales producen territorios a través
del uso repetitivo y consistente de un área, por parte de personas o grupos
que, hasta cierto punto, la perciben como propia; por ejemplo, las personas que
se sientan en un prado para almorzar en círculo; o quienes realizan un flashmob2, que se activa en un parque; o
la demostración política que se toma una plaza. Estas apropiaciones pueden
estar acompañadas de tácticas que marcan dicho territorio, generando dos formas
diferentes de producción territorial (una apropiación, como demostración
política puede, por ejemplo, usar tácticas como pintar paredes o bloquear vías
con escombros).
Las diferentes formas de producción territorial se usan para
representar una manera de describir la complejidad territorial de un lugar,
entendida esta como la ocurrencia de diferentes producciones territoriales que
operan en un mismo lugar, pero en diferentes momentos o desde diferentes
aspectos del lugar. El enfoque se centra entonces en los aspectos activos y
operativos del control territorial, así como las diferentes formas de
producción territorial pueden estar operando en el mismo lugar, movilizando
diferentes grupos de objetos, reglas, etc.
Por ejemplo, la banca de un parque puede estar asociada con
el territorio de almuerzo de unos estudiantes a medio día, mientras que otro
grupo de jóvenes la puede apropiar como lugar de reunión y consumo de alcohol,
durante la noche. El mismo grupo puede marcar la banca a través de tácticas
territoriales (esto no significa que la apropiación es transformada en táctica,
sino que dicha táctica se suma a la apropiación territorial, para generar dos formas
diferentes de producción territorial). Al mismo tiempo, la banca es un
mobiliario urbano mantenido y regulado por medio de una estrategia territorial.
Así, puede ser objeto de cuatro formas de producción territorial; es un lugar
con varias capas territoriales diferentes.
Pero, ¿cómo se
relacionan estos conceptos con el espacio público? Hay muchas definiciones y
formas de entender el espacio público.
Un enfoque común ha sido verlo como un espacio caracterizado por la co-presencia de diferentes grupos. Esta visión del espacio
público como ámbito de sociabilidad compartido (opuesto a la visión privada del
hogar o de la familia) ha sido atribuido a autores como Goffman y Lofland, y puede distinguirse del espacio público entendido
como la arena para las actividades y comunidades políticas (Weintraub,
1997, pp. 34-38).
En este estudio, uso el término espacio público para indicar un espacio interpersonal enfocado
principalmente en el aspecto del acceso. Ver el espacio público como una esfera
interpersonal de la sociabilidad significa que ese espacio debe ser accesible
para diferentes personas o grupos de personas. Pero para que un lugar sea
accesible debe, sin embargo, ser un espacio de actividades variadas. Un lugar
en principio abierto a todo tipo de personas pero que solo puede ser accedido
por cierta categoría de usuarios como personas en automóvil o en bicicleta,
implica ciertas restricciones del tipo de personas que accederán a dicho lugar.
También implicará ciertas restricciones del tipo de personas que accederán a
dicho lugar. El espacio público puede entenderse entonces como el resultado de
diferentes producciones territoriales (estrategias, tácticas, apropiaciones y
asociaciones) que se superponen y que cambian entre presencia y ausencia, de
manera regular, a lo largo del tiempo, sin la preconcepción de que una es
dominante o de mayor jerarquía que las otras. A continuación, se realiza una
contextualización del barrio El Chicó y, dentro de este, del parque de la 93,
buscando enmarcar los conceptos de territorialidad
y de espacio público en la dinámica
histórica de la ciudad.
Contextualización.
El barrio El Chicó y el parque de la 93
Durante los años 50, Bogotá cuadruplicó su crecimiento en
comparación con las tres décadas anteriores, y el proceso de urbanización de la
ciudad se vio marcado por la violencia política y por la puesta en marcha de
una seguidilla de políticas de desarrollo que incentivaron la industrialización
urbana y agrícola, en varias regiones estratégicas del país. Estos fenómenos produjeron
desplazamientos masivos del campo a la ciudad (Torres, 1993, p. 105), generando
una dinámica de crecimiento poblacional que le creó grandes dificultades a la
administración pública. La velocidad a la que se presentó dicho crecimiento
derivó en grandes problemas habitacionales y de cobertura de los servicios
públicos, y permitió una creciente invasión de terrenos por barrios marginales
y periféricos del perímetro urbano sin ningún tipo de infraestructura que
asegurase su futura conexión (Hernández, 2004, p. 62).
En este contexto, las clases altas fueron abandonando el
centro de la ciudad para desplazarse hacia el norte, buscando alejarse de los
barrios populares que acordonaban aquella zona (Torres, 1993, p. 301). Mientras
tanto, los barrios obreros fueron ubicados en las tierras que quedaban entre el
centro de la ciudad y los barrios de las clases altas, y los nuevos migrantes
poblaron las laderas de las montañas, ocupando zonas de alto riesgo, tanto al
norte como al sur. Entre 1948 y 1964, la ciudad creció entonces tanto vertical
como horizontalmente, por compactación y densificación en el centro; y por
expansión y dilatación en la periferia, respectivamente (Aprile-Gniset,
1992, p. 632).
Los procesos de expansión económica, así como la apertura de
colegios de clase alta, la ubicación de instalaciones militares, la
construcción de clubes como el Country Club y la ampliación de la autopista
norte, entre otros hechos, permitió una rápida urbanización de esta zona, que
trajo como resultado un aumento considerable en los ingresos de las clases
altas terratenientes, las cuales iniciaron su desplazamiento, inicialmente
hacia zonas como Teusaquillo y posteriormente hacia áreas como El Chicó (Amato,
1968, pp. 85-88). “… El anecdotario callejero relata que después del 9 de abril
los migrantes partían de la avenida Caracas y Teusaquillo para Rosales,
Bellavista, la Cabrera, El Chicó y más tarde el Refugio, Chicó Oriental Santa
Ana Oriental, Suba y vecindades del aeropuerto Guaymaral… Vámonos al norte
porque nos alcanza la chusma… Dicho popular entre las clases medias” (Rivera,
1980, p. 25).
Para 1950, la Hacienda El Chicó estaba conformada por 2
terrenos que tenían como límite norte lo que hoy se conoce como la calle 100;
por el occidente, el lindero era la autopista que conduce hacia el norte; por
el sur, se encontraba la calle 88, que está complementada por el paso del canal
del Virrey o Río Negro, donde actualmente se ubica el Parque El Virrey; y por
el oriente, la parte más alta de la montaña. (Carrasquilla, 1989, p. 216). El
proceso de urbanización de estos terrenos se llevó a cabo por parte de la
empresa Ospinas y Cía. Ltda., en diferentes etapas,
entre 1955 y 1972.
El Chicó Norte fue la segunda etapa de urbanización, iniciada
en 1957. Esta se ubica entre la carrera 7 y la Autopista Norte, y las calles 92
y 94. Se encuentra localizada en la parte más plana de los terrenos de la
hacienda, con una pendiente leve en la zona cercana a la autopista, que se
acentúa entre la carrera 11 y la carrera 7. Su traza urbana es regular y
ortogonal, presentando grandes manzanas que se dividen mediante pasos
peatonales. Su diseño presenta una primera estrategia territorial que incorporó
nuevos elementos urbanísticos al estilo francés, como una nueva jerarquización
de vías y la presencia de zonas verdes continuas de extremo a otro de los
trazados, el uso de vías discontinuas para evitar el tránsito a gran velocidad,
el empleo de vías de penetración sin salida (cul de sac o volteaderos), y la
incorporación de parques en proporción al área de los lotes diseñados (Ospinas, 2008, p. 88).
Como parte de esta urbanización sobresale la construcción, en
1958, del parque de la 93, un espacio del tamaño de una manzana3, destinado a ser el corazón de
la urbanización. El Chicó se concibió entonces como una zona de baja densidad
poblacional, con senderos peatonales discontinuos que permitían recorridos
entre manzanas y restringían el tránsito de automóviles en las áreas libres (Ospinas y Cía. S.A., 1995, p. 40). Este tipo de diseño
permitió una asociación territorial del parque de la 93, como un lugar de
recreo para las familias del barrio, abierto pero a la
vez recluido.
A partir de relatos de algunos de los habitantes del barrio y
del análisis de las fotos aéreas (ver figura 1.) se puede inferir que entre
1960 y 1980 el parque sufrió pocos cambios frente a su diseño original. El
parque era atravesado transversalmente por caminos de asfalto y los árboles,
sembrados a finales de 1950, poco a poco fueron aumentando de tamaño. El
mobiliario era básico y consistía en algunas bancas, ubicadas a lo largo de los
caminos; en la parte occidental, a la vez, se encontraban algunos juegos
infantiles, en una superficie de arena. Un rodadero, un par de columpios y un
sube y baja. La dinámica alrededor del parque se mantuvo durante esta época, en
parte gracias al modelo de urbanización del barrio que tenía un sentido
prioritariamente residencial4.
A mediados de los años 80, Colombia entró en una dinámica de
apertura económica que buscaba una mayor articulación con el ámbito global,
proceso que implicó una serie de transformaciones internas típicas de las
ciudades del continente en proceso de globalización, como describe Sassen (2002, pp. 14-19); proceso en el que se observa
Figura 1. Evolución arquitectónica del parque de la 93
Nota. Elaboración propia con base en aerofotografías pancromáticas,
en formato digital, tomadas fotográficamente. Archivo físico de fotografías
aéreas de Bogotá. IGAC – Sede Central. 2015.
un incremento de las actividades gerenciales y de servicios
en la escala global, llevando a la expansión y al mejoramiento de áreas
específicas de las ciudades. En Bogotá, en esta época, se podía observar la
aparición masiva de conjuntos cerrados residenciales y de centros comerciales, en
el norte; la renovación de áreas como el distrito financiero alrededor de la
calle 72, con grandes edificios de oficinas; la aparición de supermercados,
restaurantes y servicios de cadena; y la construcción de nuevas vías de
conexión secundarias.
En el barrio El Chicó Norte y alrededor del parque de la 93,
esta tendencia se vio reflejada en una nueva estrategia territorial, primero
con la aparición de pequeños establecimientos comerciales y restaurantes, y
posteriormente, con el desarrollo de los primeros edificios de oficinas que
modificaron el patrón arquitectónico de la zona. En esa misma década, Bogotá
vivía una crisis de gobernabilidad a causa de su situación fiscal (Lonja de
Bogotá, 2009, p. 22), que limitaba a lo fundamental el funcionamiento del Distrito,
dejando al margen cualquier acción de mantenimiento de su espacio público.
Estas dos situaciones tuvieron un impacto importante en las dinámicas
territoriales del parque.
La construcción de los primeros edificios de oficinas y de
locales comerciales generó, por una parte, la apropiación ilegal del parque,
como lugar de depósito de materiales y desechos de las obras; y, por otra
parte, la aparición de usuarios como obreros y trabajadores que apropiaron el
parque como lugar de recreo en sus horas de descanso, así como la llegada de
vendedores ambulantes que, rápidamente, respondieron a este nuevo mercado,
ubicando casetas y puestos de venta de bebidas y comestibles. La situación
referida es un ejemplo de una nueva asociación territorial que, para algunos
vecinos, era intolerable, ya que se relaciona con las características de un
lugar sucio, desordenado, deteriorado e inseguro. El siguiente testimonio da
cuenta de dicha situación:
El pasto se comió la cancha de baloncesto, hay montones de
tierra por todas partes, no hay bancas, el alumbrado público es deficiente, la
basura es uno de los adornos del lugar y a la gente le da miedo pasar por allí
en las noches. Todo esto es parte del panorama del parque del Chicó. El que
queda entre las calles 93A y 93B y entre las carreras 11A y 13, y que alguna
vez tuvo un panorama agradable y cumplía con su cometido: ser un sitio de
esparcimiento para los residentes del sector (El Tiempo, 1994).
Para mediados de los años 90, el terreno en el que se
encontraba el parque se había hundido debido al crecimiento desmesurado de los
árboles, lo que ocasionó daños en el pavimento de calles y aceras, que fue
incrementado por el uso de parqueo sobre los andenes, situación que impedía el
tránsito de personas alrededor del parque y que terminó aislando su interior
durante el día (Fundación Compartir, 2014).
La Asociación de Amigos del Parque de la 93
De acuerdo a los documentos públicos del proyecto de recuperación de la
organización Parques de la Fundación Compartir, en 1994 se dio inicio a un
proyecto entre esta y la Secretaría de Planeación Distrital, que buscaba la
recuperación de parques y zonas verdes de la ciudad, y a partir de la cual el
Parque de la 93 fue seleccionado como piloto de la iniciativa. En este
proyecto, la Fundación Compartir apoyaba, con recursos, la elaboración de
diseños, la ejecución de la obra y la coordinación con las autoridades distritales,
mientras que la comunidad se debía comprometer a la gestión del parque (El
Tiempo, 1995).
De esta forma, se organizaron entre algunos vecinos locales
comerciales y oficinas, y se constituyó la Asociación de Amigos del Parque de
la 93 (AAP93, en adelante); celebraron un Contrato de Administración y
Mantenimiento CAMEP5
con el Distrito, bajo el cual aportaron parte de los recursos para su
recuperación, y se encargaron del mantenimiento y cuidado tan pronto se terminaran las obras de remodelación. De esta manera, el
modelo buscaba incentivar la gestión privada de espacios públicos como este
(Galvis, 2013, p. 8).
Figura 2. Parque de la 93, en proceso de recuperación, 1994
Nota. Adaptado de “Archivo Digital AAP93. Oficina de
Comunicaciones. 1994”.
Este proceso de recuperación del parque generó una
desestabilización territorial entre los actores involucrados en su ejecución.
La primera causa de desestabilización se presentó a partir del modelo de
gestión propuesto, que implicaba una actuación coordinada entre varias
instituciones6. Esta
multiplicidad de actores propició una confusión de roles en la que todos se
sentían con autoridad sobre la obra, y ejercían dicha autoridad demorando u
obstaculizando su avance, con la utilización de diferentes estrategias, como la
negación de permisos, la emisión de conceptos técnicos, las demoras en el
desembolso de recursos y la solicitud de aclaraciones sobre los diseños, que
lograron retrasar la entrega planeada para diciembre de 1994, en más de seis
meses. Lentamente, y a través de varias negociaciones y aclaraciones del rol de
la AAP93 y las demás autoridades, se logró la culminación de la obra en los
primeros meses de 1995 (ver Figura 2).
A mediados de 1995, el nuevo parque estaba sembrado con
pinos, palmas de cera, robles, cauchos y otras especies de montaña. En su
extremo oriental, estaba equipado con un espacio de juegos para niños y un
jardín circular, mientras que en su extremo occidental se ubicaba una fuente y
un reloj de sol. Atravesaban el parque, en diagonal, varios senderos de
asfalto, a lo largo de los cuales se ubicaban bancas para los transeúntes7.
Se podría considerar que la nueva estructura del parque
respondía a una estrategia territorial que, con el tiempo, logró fuertes
asociaciones con actividades gastronómicas y de vida nocturna; y en sus
alrededores, se asoció con actividades de consultoría, asuntos financieros y
otros servicios especializados.
La segunda causa de desestabilización se presentó en los
primeros años de funcionamiento y parece haber estado relacionada con el hecho
de que ser parte de la AAP93 era malinterpretado por algunos de sus miembros,
en términos de la apropiación territorial que asumían del parque. De algún
modo, se sentían con derecho al uso privado del espacio público y este
comportamiento era percibido como una apropiación excesiva e ilegal, por parte
de los vecinos del lugar. La siguiente descripción da cuenta de esta situación:
Parecería que el hecho de haber aportado dinero a su
remodelación (del parque) significa para algunos contribuyentes la compra de
una patente de corso para actuar en el parque. Unos pocos ejemplos dan una idea
de esto: un restaurante ubicado en la esquina de la carrera 11A con calle 93B
pone mesas en el andén para atender confortablemente a su clientela del sábado
y domingo; así como el alto impacto que generan los bares en el parque por el
vandalismo de algunos de sus clientes, como lo evidencian las huellas que deja
la rumba pesada de los jueves, viernes y sábados (El Tiempo, 1996).
Las tensiones generadas fueron gradualmente estabilizadas, en
parte gracias a la emisión y regulación de protocolos de actuación, que en
ocasiones requerían la intervención de las autoridades civiles. Así, la gestión
del parque quedó bajo la jurisdicción de la AAP93 y las tácticas territoriales
de sus miembros fueron limitadas al accionar institucional de la misma.
Resultados
Características de la producción territorial destinada
La producción destinada
se caracteriza por los intentos deliberados de producir, transformar y
delimitar un territorio, desde una lógica institucional; en este sentido, el
control territorial está dirigido hacia el ordenamiento de cierta área. En el
parque de la 93, esta producción destinada está fuertemente influenciada por
una agencia proveniente de las estrategias de ciudad global, implícitas en las
políticas de espacio público.
En términos de espacio público, Bogotá vivió un periodo de
recuperación urbanística de la ciudad, entre 1996 y 2006, en el que los
esfuerzos de se centraron en la recuperación y el mantenimiento de espacios
urbanos y en la pedagogía por el respeto de lo colectivo. En este sentido, la
administración de Antanas Mockus (1995-1996 y 2001-2003) usó el espacio público
como medio de transmisión de un mensaje de cambio de comportamiento en los
ciudadanos, respecto al espacio público y la cultura ciudadana, mientras que la
administración de Enrique Peñalosa (1998-2000) enfatizó los esfuerzos de
renovación urbana en parques, plazas, ciclo rutas y aceras, para devolverle el
espacio público al ciudadano. La administración de Luis Eduardo Garzón (2004
-2007) le dio un énfasis al aprovechamiento económico del espacio público y a
las necesidades de los vendedores informales, con una visión organizativa y
regulatoria. Asimismo, las administraciones siguientes han hecho fuerte énfasis
en las intervenciones en espacios públicos, como formas de promoción de una
ciudad más equitativa y sostenible.
Figura 3. Ubicación de los miembros de la AAP93, 2013
Nota. Elaboración propia, (2015). Adaptado del portal de Mapas de
Bogotá. Unidad Administrativa Distrital de Catastro. Alcaldía Mayor de Bogotá,
con información de los miembros tomada del mapa de socios Amigos Parque de la
93. Ilustración de Mariana Rojas, Numa Project Ltda. 2014.
En este contexto, la AAP93 ha buscado consolidar una visión
del parque como un espacio público dedicado al arte, la cultura y a las
tendencias de la ciudad, buscando hacerlo económicamente sostenible (Asociación
Amigos del Parque de la 93, 2014, p. 5). Para lograr este objetivo, la AAP93,
constituida principalmente por los negocios ubicados en el perímetro inmediato
del parque (ver figura 3), ha optado por la implementación de diferentes
estrategias que apuntan a atraer y responder a las demandas locales del mercado
global.
Como mencioné anteriormente, Bogotá se está convirtiendo en
una fuerza metropolitana importante en las redes financieras y productivas de
la economía regional y global. Para Sassen (2001, p.
351), las ciudades globales son aquellas que vinculan las economías regionales,
nacionales e internacionales con la economía global, sirviendo como puntos
nodales desde donde los flujos de capital, información, mercancías y emigrantes
se intersectan y desde donde estos flujos son re-direccionados. Estas dinámicas, sin embargo, no ocurren
de manera generalizada, sino que tienen lugar en áreas específicas de la
ciudad, a través de proyectos urbanos que responden a las demandas de flujo de
capital, como respuesta a las necesidades de planeación urbana.
El barrio El Chicó se caracteriza como una de estas áreas.
Entre las calles 92 y 94, y las carreras 11 y 15, se puede ver una gran
concentración de oficinas de empresas multinacionales y de servicios, agencias
de cooperación internacional, embajadas, hoteles, agencias de viajes,
restaurantes y bares, y sedes de medios de comunicación. Este fenómeno de
sustitución de comercios locales por establecimientos multinacionales y de
cadena, contribuye al reforzamiento de uno de los aspectos más criticados del
fenómeno de la globalización, concretamente, la tendencia a una relativa
homogeneización de modos de consumo y estilos de vida (Barnet
y Cavanagh, 1996, pp. 71-77).
Esta dinámica encontró un nuevo acelerador en el marco del Plan de Ordenamiento Territorial
establecido en Decreto 190 de 2004, y particularmente en los Decretos 575 de
2003 y 59 del 2007, los cuales le permitieron a la Unidad de Planeamiento Zonal
(UPZ) Chicó Lago, la “edificación controlada y coherente con las expectativas
de crecimiento de la zona”, lo que ha permitido a su vez nuevos usos del suelo
y la construcción de edificios de mayores alturas, en los cuales se reproduce
dicha tendencia. Sin embargo, algunos de los habitantes que permanecen en la
zona parecen continuar resistiéndose a este tipo de apropiación. La siguiente
descripción ilustra esta situación:
Los vecinos de toda la vida ven con malos ojos la invasión de
hoteles, torres, restaurantes y todo tipo de establecimientos al interior de
las cuadras que, antaño, estaban escoltadas por espaciosas viviendas estilo
norteamericano. “El POT del 2002 fue el responsable de que algunos sectores se
llenaran de oficinas. Esto provocó que mucha gente se fuera a vivir a otro
lado”, contó Beatriz Arango, presidenta de AsoChicó
(El Tiempo, 2012).
La AAP93 ha tratado de conciliar estas tensiones, buscando
que a través del parque se combine una asociación territorial clásica, de lugar
recluido, tranquilo y familiar, con una asociación moderna de enclave cultural
global; y para lograrlo, ha desarrollado diferentes estrategias territoriales.
En primer lugar, la adecuación física del parque, que en el 2014 fue nuevamente
renovada (ver figura 4). Así, el extremo oriental continuó dedicado a los
niños, con el desarrollo de un moderno parque infantil, encerrado por un seto
de vegetación que aísla a los niños por completo de la calle; el piso fue
cubierto con una superficie continua y sin juntas, hecha con base en partículas
de goma y aglutinantes poliméricos. Los nuevos juegos fueron importados de
Alemania, Dinamarca y el Reino Unido, cumpliendo con los estándares
internacionales de seguridad, y se completaron con bancas laterales para los
padres y acompañantes de los niños.
En el área de la plazoleta urbana se removió el jardín
circular, para permitir la circulación, y se construyó una cubierta (deck) en madera,
con mesas y sillas para descanso y alimentación, así como algunas bancas
adicionales para el acompañamiento de menores. En el costado occidental, se
construyó la plazoleta lúdica, destinada a la realización de grandes eventos y
actividades, con piso de adoquín antireflectivo y
bancas de contemplación rodeándola. Entre la plazoleta lúdica y la urbana se
encuentra un gran prado que permite reunir a más de 13.000 personas.
Figura 4. Plano de remodelación del Parque de la 93, año 2014
Nota. Adaptado de “Asociación Amigos del Parque de la 93. (2013). Mantenimiento preventivo Parque de la 93. Archivo
digital de la AAP93, p. 115”.
Estos componentes del parque sirven como actantes físicos de
la producción estratégica, que es reforzada a través de tácticas territoriales
alrededor del mismo, como las diferentes vallas y señales que informan a los
usuarios, tanto en inglés como en español, de las normas asociadas con las
interacciones sociales; estas, a su vez, son estrictamente vigiladas por una
combinación de miembros de la Policía e integrantes de la seguridad privada,
complementadas por cámaras de seguridad y agentes de seguridad de los locales y
edificios del perímetro. Algunas de las actividades no permitidas son el
consumo de alcohol, las ventas ambulantes, las actividades de marca
estrictamente comerciales, el perifoneo, el volanteo, la entrega de muestras y
la presencia de músicos callejeros.
Otra estrategia para reforzar la idea de parque, como enclave
cultural global, es la que se basa en los diferentes tipos de eventos que se
llevan a cabo y que, en gran medida, busca conectar a los usuarios con la
información y con la cultura global. Entre dichos eventos, se encuentran las
transmisiones de competiciones deportivas internacionales, la realización de
conciertos, de eventos de moda internacional, de exposiciones de arte y de
galerías de imágenes. Estos eventos son patrocinados, además, por marcas
internacionales, cuya participación es evidente a través del uso de actantes
que despliegan, de forma visible, sus nombres: vallas, carpas, sillas,
manteles, pancartas, barreras, etc. Así, se generan nuevos territorios que a su
vez determinan nuevas reglas de uso, como puntos de entrada diferentes a los
usuales o comportamientos particulares que incluyen requisas, uso de boletería,
y normas de comportamiento poco comunes, como el permanecer sentados o el hecho
de guardar silencio.
Características de la producción a través del uso
Las asociaciones y apropiaciones territoriales son
consecuencia de prácticas establecidas y regulares en el área del parque y sus
alrededores. Para entenderlas, se analizarán las intersecciones de las
prácticas formales e informales, para así observar la compleja articulación de
la producción territorial, a partir de su uso, en diferentes niveles.
El parque tiene diferentes formas de asociación territorial,
que operan en diferentes momentos del tiempo, así como de manera simultánea.
Estas son formas de carácter impersonal y están relacionadas con prácticas
regulares. De esta manera, el parque es asociado comúnmente con un lugar para
el ejercicio en las mañanas, y para llevar a los niños en sus ratos libres; un
lugar para ir a comer un punto de encuentro entre amigos y conocidos, y un
espacio para reuniones de trabajo. Las apropiaciones territoriales se
relacionan, en cambio, con la interacción personal que se tiene con los lugares
en el día a día y, por lo tanto, son mucho más complejas y dinámicas. Las
siguientes historias pretenden ilustrar algunas de estas formas de apropiación,
en el parque de la 93.
En esta zona, una gran parte de la fuerza laboral interactúa
con el parque, generando diferentes tipos de apropiación, cada una con
significados de pertenencia particulares, en un ambiente que parece excluyente
para los menos privilegiados, dadas las barreras implícitas fijadas por los
precios de servicios como restaurantes, bares y cinemas. Silvia8 es una de esas personas; ella
trabaja en la zona y lleva su almuerzo diariamente. Lo toma con algunos de sus
compañeros de trabajo, en el prado del parque. Nunca ha almorzado en los
restaurantes de la zona porque los precios no se lo permiten. Asegura que le
gusta sentarse a ver a la gente caminar por el lugar. Con sus amigas, crítica y
admira a las mujeres que transitan por el parque. Estas interacciones simples
les bastan para sentirse parte del entramado social de la zona.
Aunque el parque busca ser un lugar de encuentro con el otro,
en el que diferentes personas comparten espacio, y en el que efectivamente
ocurren encuentros entre diferentes personas, la forma de esas interacciones es
cuidadosamente observada. Personas acostadas o sentadas, en grupos, en el
parque, a medio día, son parte de la asociación territorial intencionada, pero
cuando subvierten las asociaciones intencionadas, los mecanismos de control del
parque entran en acción para evitarlas.
Cuando algún incauto vendedor o artista callejero, o algún
habitante de la calle tratan de ubicarse en el parque, rápidamente es abordado
por un policía o guardia de seguridad y forzado a salir. Asimismo, personas que
se encuentran en el parque y que, a los ojos de los guardias de seguridad y la
policía, son de alguna manera sospechosos, resultan vigilados de cerca y
abordados mediante interrogatorios acerca de su procedencia e intenciones,
mientras los perros guardianes permanecen amenazantes, forzando eventualmente
su salida, merced a la intimidación o la expulsión explícita. Esta estética de
espacio global es meticulosamente controlada en aras de mantener la
estabilidad, y por lo tanto, las apropiaciones que
difieren de esta imagen son escasas y, cuando ocurren, son neutralizadas con
prontitud.
El caso del ambulantaje en el área ofrece un contraste
interesante frente a esta situación. A primera vista la presencia de vendedores
ambulantes podría implicar una forma de subversión o desestabilización de la
imagen que la AAP93 busca preservar; sin embargo, y aunque no se les permite
ubicarse dentro del parque, al recorrer el sector se puede observar la
presencia permanente de alrededor de treinta puestos de ventas ambulantes. Este
tipo de apropiación es posible dado el tipo de demanda que atienden y gracias a
las negociaciones históricas entre vendedores ambulantes y propietarios.
Las cigarrerías y cafeterías son muy escasas en el sector, ya
que la renta del suelo en la zona limita los usos a aquellos que pueden pagar
arriendos altos. Este déficit de oferta abre una ventana de oportunidad a la
práctica del ambulantaje, generando un vínculo entre las prácticas formales e
informales. Para Moreno (2008, p. 78), lo formal y lo informal no es una
dicotomía, sino elementos mutuamente constituidos que se retroalimentan
constantemente. A través del caso de Martha, una vendedora ambulante del
sector, se puede observar esta dinámica.
Martha lleva 10 años trabajando en el sector; llegó gracias a
unos amigos que también trabajan como vendedores en el parque y que llevan 18
años allí. Le propusieron compartir la esquina de la calle 93 con la carrera
11A porque ellos trabajaban solo después de mediodía. Martha tomó desde
entonces el turno de la mañana y cuando llegan sus amigos, se mueve hacia la
mitad de la calle 93ª, frente a un parqueadero. Asegura que allí le va bien,
pues conoce la rutina de los edificios de su cuadra y sabe las horas exactas de
salida y entrada masiva de personas.
Martha tenía un acuerdo verbal con los administradores y
empleados del parqueadero, quienes le permitían ubicarse frente a su predio,
pero ahora el parqueadero fue vendido y están comenzando a construir un
edificio. La preocupación de Martha es que cuando se termine de construir,
tendrá que negociar de nuevo la ubicación de su puesto con los administradores,
argumentando que lleva allí diez años, que no hace mal a nadie y que contribuye
a mantener la seguridad en el área. Martha teme que le pase lo que les sucedió
a Sandra y Andrés, una pareja de vendedores que trabaja en otra de las esquinas
de la 93A con 11A. El local ubicado en esa esquina cambió recientemente de
dueño y fue renovado. Para el nuevo dueño la presencia de Sandra y Andrés es un
estorbo y se quejó formalmente ante la Alcaldía Menor y la Policía,
argumentando que esos vendedores hacían mucha basura y obstaculizaban la
entrada a su negocio. Eventualmente las autoridades atendieron la queja y
decomisaron el puesto de la pareja, pero ante la presión de otros vecinos,
quienes conocen a Sandra y Andrés hace mucho tiempo, les fue devuelto el puesto
al día siguiente. Hoy se ubican apenas a unos metros de la esquina que
ocupaban, y Martha está segura que solo es cuestión de
tiempo para que regresen a ocupar su lugar de siempre.
Para Roy y AlSayyad (2004, p. 19)
la informalidad es un modo de urbanización y no un sector, en
relación a una lógica organizativa y a un sistema de normas que
condicionan los procesos de transformación urbana. Lo informal es entonces una
serie de transacciones que conectan diferentes economías y espacios entre sí.
La mayoría de vendedores ambulantes en el área del
parque se dedica a la venta de confitería, snacks
y cigarrillos; estos vendedores llevan muchos años trabajando en la zona y se
han venido ubicando estratégicamente a partir de los patrones de tráfico
peatonal a diferentes horas del día. Esta ubicación es respetada por vendedores
nuevos, pues en caso de ubicarse cerca son inmediatamente abordados y obligados
a moverse por parte de la comunidad histórica de vendedores. Esta apropiación
territorial solo ocurre durante el día, ya que a partir de las 6 p.m., estos
vendedores son reemplazados por otros que trabajan en la noche, y que se ubican
en los sitios de mayor tráfico nocturno (frente a bares y restaurantes),
haciendo visible múltiples capas de apropiación territorial.
El vínculo entre lo formal y lo informal en el caso de los
ambulantes es muy claro y se refleja en hechos como que sus proveedores son las
grandes cadenas formales de snacks y confitería, quienes cuentan con una red de
bicicletas con bodegas que hacen recorridos alrededor del parque y proveen de
productos a los vendedores, al igual que si estos fueran almacenes o locales de
abarrotes.
Los lustrabotas son otro caso de apropiación informal al
servicio de las necesidades del sector, y además, son
los únicos trabajadores informales permitidos dentro del parque. Juan, uno de
los diez lustrabotas que se ubican en las bancas de la parte oriental del
parque, trabaja allí hace ocho años y es un viejo conocido por los vecinos.
Cuenta que incluso uno de los propietarios de un local le proporciona overoles
a él y sus compañeros con los que se uniforman para ser reconocidos
oficialmente. Juan pasa parte del tiempo en el parque y otra parte visitando
algunos edificios de oficinas en donde le permiten trabajar. Dice con orgullo que
incluso le permiten entrar a trabajar a los famosos y exclusivos restaurantes
del sector. Tanto los vendedores ambulantes como los lustrabotas ejercen
tácticas territoriales para evitar la entrada de nuevos competidores gracias a
la “legitimación” de su presencia ante la AAP93 dada su presencia histórica, lo
que en términos prácticos significa no ser molestado por los agentes de
seguridad.
Otra forma de apropiación a través del uso se puede observar
con la dinámica de los automóviles que se estacionan de manera ilegal en las
calles circundantes. Aunque existen zonas de parqueo designadas sobre algunas
calles, muchos vehículos son estacionados ilegalmente frente a los restaurantes
o los edificios de oficinas, a pesar de las señales explícitas de prohibición.
Aunque existe una presencia constante de la policía, raras veces son obligados
a moverse, ya que sus ocupantes son compradores, clientes, proveedores y
consumidores de los servicios que ofrece el sector.
Estas apropiaciones que, a través del uso, subvierten la
producción destinada utilizando diferentes recursos como la negociación y la
reputación, generan nuevas capas de territorialidad, transformando el paisaje
de este espacio público. A pesar de los fuertes controles que se ejercen, estas
apropiaciones son posibles ya que son funcionales a las estrategias
territoriales derivadas de la dinámica globalizadora.
Accesibilidad en el parque de la 93
Como se mencionó en la primera parte de este texto, la
naturaleza pública del espacio se entiende aquí en relación a
la accesibilidad; un espacio más accesible a diferentes usos y prácticas
significa un espacio más público ya que permite acomodar una mayor variedad de
categorías de usuarios. Esto implica que dicho espacio debe contar con cierto
grado de diferenciación y superposición territorial, o
en otras palabras, la coexistencia de diferentes territorios o en diferentes
momentos del tiempo. En este sentido, y como ya hemos visto, el diseño del
parque de la 93 permite la producción de diferentes territorios simultáneos
(lugar de juego para infantes, lugar de encuentro, de almuerzo y descanso para
los trabajadores de las oficinas) o que se superponen (en la mañana lugar de
encuentro abierto y en la tarde cerrado para ver partidos del mundial de
fútbol). Sin embargo, en este espacio la posibilidad de lograr estas
producciones territoriales de múltiples capas involucra un alto nivel de
control.
Las formas de apropiación inmediatamente anteriores a la
primera remodelación del parque estaban en contra de la dinámica de espacio
global que venía ocurriendo en el sector. El deterioro del mobiliario, el
hundimiento del suelo, el crecimiento de la vegetación y la ausencia de
control, permitieron la apropiación por parte de habitantes de la calle,
obreros y vendedores ambulantes, desestabilizando la estrategia territorial del
parque como territorio de ocio familiar. Esta situación derivó en que las
apropiaciones y asociaciones de los grupos y usos destinados como familias,
niños, deportistas y trabajadores de las empresas empezaran a desaparecer,
mientras que las primeras se reforzaban, disminuyendo así la complejidad
territorial del parque.
Su renovación, y la idea de la AAP93 como administradora de
un “espacio público sostenible dedicado a la cultura y la diversidad”, son parte
de un proceso que Harvey (2007, p. 430) denomina como de “mercantilización
multinacional homogeneizadora”, que a través de la sustitución de viviendas y
comercios locales, por una infraestructura dedicada al flujo del capital, a
través del turismo y los servicios, termina otorgando los beneficios del
capital simbólico a un pequeño segmento de la burguesía local. Esta dinámica ha
significado fuertes inversiones en infraestructura que han permitido la
superposición de diferentes usos y por tanto la posibilidad de recibir
diferentes tipos de usuarios, sugiriendo una superposición de capas de
territorialidad.
Sin embargo, el ejercicio de control por parte de los agentes
de seguridad es coercitiva con cierto tipo de población y de apropiaciones,
generando finalmente asimetrías en el acceso. Así, aunque el ingreso y la
presencia de peatones es permitida, cuando un vendedor, un indigente o una
persona “sospechosa” entra al parque, es cuidadosamente vigilada y
eventualmente abordada por alguno de los agentes de seguridad, interrogado y
obligado a irse por la presión del acoso o por el ejercicio de la fuerza. Para
Galvis (2012, p. 9) la AAP93 se interpreta a sí misma como dueña del parque,
restringiendo de forma activa el tipo de personas y actividades permitidas en
“su” espacio, comportamiento aceptado además por el esquema de gobernanza
comunitaria dispuesto en el Plan Maestro del Espacio Público de Bogotá.
Si entendemos entonces que lo público de un lugar es el
resultado de una mezcla de diferentes producciones territoriales que le
proporcionan cierta complejidad territorial, en el parque de la 93 podemos
observar que las estratégicas y tácticas destinadas, han permitido una
superposición de usos y, por tanto, la posibilidad de diferentes tipos de
apropiaciones por parte de diferentes grupos de usuarios. Los esfuerzos de
control necesarios para mantener esa complejidad territorial tienen una clara
agencia, que resulta en un acceso diferenciado y excluyente. En general,
podríamos decir que el riesgo de un uso excluyente y unilateral de un espacio
público no solo yace en la homogeneización territorial o en la falta de
diferentes producciones territoriales superpuestas, sino en el tipo de control
impuesto a sus posibles usuarios, quienes en casos como el del parque de la 93,
pueden llegar a ejercerlo a través de la violencia, aplicada contra quienes no
se ajustan a la visión dominante de lo público.
Conclusiones
En el desarrollo de este trabajo se abordaron los conceptos
de producción y complejidad territorial, en el análisis de uno de los espacios
públicos más reconocidos de Bogotá. Lo público, en el parque de la 93, puede
ser descrito como el producto de varias capas territoriales que se entremezclan
espacio-temporalmente. Estas múltiples capas le
proporcionan una complejidad que está directamente relacionada con múltiples
usos, incluyendo la de espacio para almorzar, para ver exposiciones itinerantes
de arte y para juegos de niños, entre otras; y que, por lo tanto, permea a
múltiples usuarios, como trabajadores de la zona, familias con sus niños
pequeños, amantes del arte, etc.
Esta complejidad, sin embargo, esta medida por una lógica
inherente a las prácticas socio-espaciales, derivadas
de una visión del espacio público destinado al flujo y a la acumulación del
capital. La sistemática ubicación de empresas multinacionales y de servicios,
agencias de cooperación internacional, embajadas, hoteles, agencias de viajes,
restaurantes de cadena y sedes de medios de comunicación; el carácter de los
eventos que allí se llevan a cabo; la presentación de información de interés
general en inglés, tanto en el parque como en los restaurantes; y la naturaleza
de los encuentros sociales y de negocios, que se observan entre personas de
diversas nacionalidades, son evidencias de este tipo de dinámicas.
La investigación también permitió observar apropiaciones que
subvierten esa producción territorial destinada, como la presencia de los
vendedores ambulantes y los lustrabotas, así como los parqueos sobre la vía;
sin embargo, estas son apropiaciones funcionales frente a dicha visión, en la
medida en que estimulan las interacciones mencionadas. Las dinámicas de ciudad
global observadas en el parque de la 93 presentan, entonces, una dicotomía, en
la medida en que se promueve la diversidad y la inclusión, a través de
configuraciones que permiten la multiplicidad de usos del espacio, pero que
termina siendo, no solo un territorio de exclusión a partir de prácticas
coercitivas de control, sino un parque temático sin identidad específica, para
turistas y élites locales, producto de la idealización del paisaje urbano y
arquitectónico que lo caracteriza.
Notas
1.
Latour (2009) define los actantes como elementos no
figurativos (humanos o materiales) que, al entrar en interacción con otros
componentes de un sistema, modifican una situación particular.
2.
Un flashmob es una acción
organizada en la que un grupo numeroso de personas se reúne, de repente, en un
lugar público, donde realiza alguna acción inusual y luego se dispersa
rápidamente. Una traducción no literal podría ser “acto multitudinario
relámpago”.
3.
180 metros de largo por 80 metros de ancho aproximadamente.
4.
En el artículo 3 del Decreto 663, de 1959, se determinaban
como usos específicos de la urbanización diferentes tipos de viviendas de
máximo dos pisos, así como colegios, parques públicos y estaciones de servicios
como energía eléctrica, acueducto, teléfono, policía y bomberos.
5.
Los CAMEP son actos jurídicos celebrados entre el Distrito
Capital y cualquier organización social o jurídica que cumpla con los
requisitos exigidos por la Ley 80 de 1993, mediante la cual se les hace entrega
material de las zonas de uso público, para que las administren y mantengan, sin
que tal compromiso implique transferencia de dominio o derecho adquisitivo
alguno, ni se pierda la naturaleza de uso público que ostentan.
6.
Las entidades que hicieron parte de este proyecto fueron:
AAP93, Fundación Compartir, DADEP, IDU, DAPD, Alcaldía Local de Chapinero, EEB,
Secretaría de Obras Públicas, División de Parques y Avenidas, CAR, Departamento
Administrativo del Medio Ambiente, Jardín Botánico, Secretaría de Tránsito y
Transportes, y Universidad América.
7.
Narrativa construida a partir de informe de acabados de la
remodelación del parque de la 93. Archivo documental de la AAP93. 1996.
8.
Los nombres en esta sección son seudónimos de los
entrevistados por acuerdo de confidencialidad.
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