¿Un antiimperialismo bicéfalo? La Guerra de Malvinas según las extremas izquierdas y derechas Argentinas
A Two-Head Anti-Imperialism? The Malvinas War According to the Far Right and Left
Um Anti-imperialismo de duas cabeças? A Guerra das Malvinas segundo as extremas esquerdas e direitas argentinas
DOI:
https://doi.org/10.15446/historelo.v16n37.108476Palabras clave:
Argentina, Malvinas, Izquierdas, Tradicionalismo, Prensa, Trotskismo (es)Trotskyism, Left, Traditionalism, educational press, Malvinas, Argentina (en)
Argentina, Malvinas, imprensa, tradicionalismo, esquerdismo, trotskismo (pt)
Es un lugar común afirmar que la invasión de las Malvinas en abril de 1982 tuvo un impacto inmenso en la sociedad argentina. Este artículo aspira a continuar en esa senda contrastando las posiciones manifestadas en algunas publicaciones pertenecientes a las derechas tradicionalistas—Verbo, Mikael y Cabildo— con las adoptadas por una expresión de la “izquierda nacional” como La Patria Grande y otras del trotskismo como Nueva Generación. Se cree que de esta comparación emergerán diferencias esperables, pero también coincidencias que, lejos de ser pasajeras y superficiales, indican la presencia de un sustrato simbólico compartido: una cultura política que entraría en crisis por la derrota. Un elemento que quizás permita arrojar una nueva luz sobre el rol que la guerra y la “causa” han tenido en el imaginario de las últimas décadas.
It is commonplace to state that the invasion of the Malvinas, in April 1982, had an immense impact on Argentine society. This article aspires to contrast the positions upheld by some publications belonging to the traditionalist right —Verbo, Mikael and Cabildo— to those adopted by expressions of the “national left” like La Patria Grande and of Trotskyism such as Nueva Generación. It is posed that this comparison will unearth predicable discrepancies, but also coincidences that, far from fleeting and superficial, signal the presence of a shared symbolic sediment: a political culture which would be utterly shaken by defeat. An element which might shed light on the role the war and “the cause” have had on the imaginary of the last decades.
É um lugar-comum afirmar que a invasão das Ilhas Malvinas em abril de 1982 teve um imenso impacto na sociedade argentina. Este artigo pretende continuar nesse caminho, contrastando as posições expressas em algumas publicações pertencentes à direita tradicionalista —Verbo, Mikael e Cabildo— com aquelas adotadas por uma expressão da “esquerda nacional”, como La Patria Grande, e otras do trotskismo, como Nueva Generación. Acredita-se que essa comparação revelará as diferenças esperadas, mas também coincidências que, longe de serem passageiras e superficiais, indicam a presença de um substrato simbólico compartilhado: uma cultura política que entraria em crise como resultado da derrota. Um elemento que talvez permita lançar uma nova luz sobre o papel que a guerra e a “causa” desempenharam no imaginário das últimas décadas.
Recibido: 22 de marzo de 2023; Revisión recibida: 30 de mayo de 2024; Aceptado: 25 de enero de 2024
Resumen
Es un lugar común afirmar que la invasión de las Malvinas en abril de 1982 tuvo un impacto inmenso en la sociedad argentina. Este artículo aspira a continuar en esa senda contrastando las posiciones manifestadas en algunas publicaciones pertenecientes a las derechas tradicionalistas—Verbo, Mikael y Cabildo— con las adoptadas por una expresión de la “izquierda nacional” como La Patria Grande y otras del trotskismo como Nueva Generación. Se cree que de esta comparación emergerán diferencias esperables, pero también coincidencias que, lejos de ser pasajeras y superficiales, indican la presencia de un sustrato simbólico compartido: una cultura política que entraría en crisis por la derrota. Un elemento que quizás permita arrojar una nueva luz sobre el rol que la guerra y la “causa” han tenido en el imaginario de las últimas décadas.
Palabras clave
Argentina, Malvinas, prensa, tradicionalismo, izquierdas, Trotskismo.Abstract
It is commonplace to state that the invasion of the Malvinas, in April 1982, had an immense impact on Argentine society. This article aspires to contrast the positions upheld by some publications belonging to the traditionalist right —Verbo, Mikael and Cabildo— to those adopted by expressions of the “national left” like La Patria Grande and of Trotskyism such as Nueva Generación. It is posed that this comparison will unearth predicable discrepancies, but also coincidences that, far from fleeting and superficial, signal the presence of a shared symbolic sediment: a political culture which would be utterly shaken by defeat. An element which might shed light on the role the war and “the cause” have had on the imaginary of the last decades.
Keywords
Argentina, Malvinas, Press, Traditionalism, Left, Trotskyism.Resumo
É um lugar-comum afirmar que a invasão das Ilhas Malvinas em abril de 1982 teve um imenso impacto na sociedade argentina. Este artigo pretende continuar nesse caminho, contrastando as posições expressas em algumas publicações pertencentes à direita tradicionalista —Verbo, Mikael e Cabildo— com aquelas adotadas por uma expressão da “esquerda nacional”, como La Patria Grande, e outras do trotskismo, como Nueva Generación. Acredita-se que essa comparação revelará as diferenças esperadas, mas também coincidências que, longe de serem passageiras e superficiais, indicam a presença de um substrato simbólico compartilhado: uma cultura política que entraria em crise como resultado da derrota. Um elemento que talvez permita lançar uma nova luz sobre o papel que a guerra e a “causa” desempenharam no imaginário das últimas décadas.
Palavras-chave
Argentina, Malvinas, imprensa, tradicionalismo, esquerdismo, trotskismo.Introducción. Intersecciones
Marcar la relevancia de la Guerra de Malvinas en la historia argentina reciente1 resulta, desde hace ya bastante, poco más que un lugar común. Percibida como una bisagra decisiva entre la última dictadura militar y la actual etapa democrática o como la consumación de un destino largamente postergado, entre una miríada de lecturas posibles, la contienda ha impactado duraderamente en subjetividades y estructuras de sentimiento (Lorenz 2013, 10-1; Palermo 2007).2 Esta arrolladora capacidad de atracción se manifestó en la abrumadora cantidad de actores que, con características y trasfondos diversos, se sintieron compelidos a expresar sus posiciones. Para Rosana Guber, esta eclosión configuró una polifonía con efectos disolventes para el “Proceso de Reorganización Nacional”: si las acciones bélicas habían sido decididas por la cúpula castrense, las repercusiones —tanto materiales como simbólicas— quedaron rápidamente fuera de su control (2012, 36). Para muchos de quienes intervenían, la “regeneración” iniciada con la invasión no se restringía a una epopeya bélica, sino que también implicaba reactivar y rehabilitar la política (Lorenz 2012, 54). En este sentido, rastrear representaciones, experiencias y posturas en torno de la conflagración supone relevar voces y relatos, pero también apreciar los reposicionamientos provocados y las estrategias adoptadas por partidos, círculos y agrupaciones (Franco 2018).
Con tales premisas como punto de partida, este trabajo se propone reconstruir y comparar los discursos prevalecientes en dos franjas del espectro político que, a priori, se ubicarían en las antípodas: las extremas derechas, más específicamente el tradicionalismo católico propalado desde las revistas Cabildo, Verbo y Mikael,3 y las izquierdas, particularmente el trotskismo liderado por Jorge Altamira y la variante “nacional” de Jorge Abelardo Ramos y la publicación La Patria Grande.4 Cronológicamente, no se irá mucho más allá de la rendición en las islas, relegando los procesos de memorialización en favor de las reverberaciones suscitadas por el estallido y los derroteros del conflicto. Cabe aclarar que no se espera encontrar interpretaciones novedosas: el amplio abanico de tópicos, narrativas y sensibilidades abierto a partir de Malvinas ha sido profusamente recorrido, por lo cual difícilmente pueda desenterrarse un elemento inédito.5 El objetivo, a la inversa, será elucidar lo que el enfrentamiento revela acerca de los escritores, intelectuales y militantes nucleados en esos grupos y publicaciones: en otras palabras, ¿se condecían sus matrices ideológicas contrapuestas con opiniones contrastantes? ¿O, como sugería Carlos Brocato en el epígrafe, pueden vislumbrarse conexiones que trascienden los sedimentos político-ideológicos para aproximar a estos “rivales cómplices”? Ciertamente, no se plantea que “los extremos se tocan” sin más, ya que las matrices simbólicas en las que tópicos como la violencia y el sacrificio se insertaron dieron lugar a construcciones claramente diferenciables. Se cree en cambio que la gravitación de ciertos elementos apunta a la existencia de un sustrato compartido, un imaginario propalado por los procesos de ciudadanización que exaltaron la integridad del territorio y el valor de la entrega individual (Lorenz 2007, 16). Antes que cuestionar la funcionalidad heurística del binomio derecha-izquierda, se aspira a afinar su uso contemplando la incidencia de las culturas políticas, las que se transforman históricamente: en otras palabras, en ciertos aspectos la distancia que separaba a tradicionalistas y trotskistas era menor que el abismo que se abre para el observador actual (Carassai 2015).6 Por ello, el artículo privilegiará una perspectiva inspirada en la historia política y cultural, dejando de lado por cuestiones de extensión vías prometedoras como el análisis del discurso.
En lugar de detallar el contenido de cada fuente, el texto seguirá cuatro ejes temáticos juzgados provechosos para apreciar los contrapuntos previsibles, así como las menos esperables coincidencias. De esta forma, la primera parte estará dedicada a las maneras en las cuales se conceptualizó la guerra, mientras que la segunda se enfocará en las actitudes asumidas frente a una dictadura previamente denostada. La tercera adoptará un enfoque geopolítico para abordar las implicancias que las hostilidades tenían según estos observadores en el mapa regional, pero también en el planisferio. Luego, se tomarán en cuenta las recomendaciones, admoniciones y mandatos lanzados por estos sectores, réplicas al acuciante “qué hacer”. Finalmente, las conclusiones se detendrán en los aspectos de estas tendencias que se ajustan a las coordenadas convencionales, pero se enfocarán especialmente en aquellos puntos que parecen ponerlas en cuestión.
Fortuna y virtud. El conflicto como oportunidad
Si una coincidencia puede hallarse en los periódicos analizados, es su apoyo a la guerra: sin importar la lógica que se vislumbrara detrás de la contienda, hubo un respaldo unívoco, apuntalado por la certeza de que la victoria era posible. Con distinta fraseología, Cabildo, Verbo y Mikael proclamó que todo argentino tenía el deber de pelear y morir por el archipiélago, mientras que Altamira7 declaró días después de la invasión una “guerra a muerte, guerra revolucionaria contra el imperialismo”. El enemigo era el mismo para La Patria Grande, con Jorge Abelardo Ramos elevando lo ocurrido a un episodio más de las luchas de emancipación y llamando a “volcar todos los recursos humanos y materiales para rechazar al invasor” (1982b). Diagnóstico similar al de la Confederación Nacionalista Argentina (CNA) que capitaneaban Ricardo Curutchet y Federico Ibarguren, la cual aplaudió el retorno de la patria “por sus fueros, para mostrarse a sí misma y ante el mundo digna de sus orígenes, de sus empresas heroicas y de su irrenunciable proyección histórica”, colisionando “sola y sin temblor ante una de las más grandes potencias de la tierra” (Curutchet 1982). La asimetría con el adversario agigantaba la hazaña, un argumento que podía hallarse también en el órgano de la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS), Nueva Generación: el país enfrentaba “una poderosa agresión imperialista en todos los terrenos”, con el “envío de casi la totalidad de la flota expedicionaria inglesa [...] la asistencia militar de los yanquis, y el boicot económico indefinido” para “evitar que la recuperación de las Malvinas impulse el despertar antiimperialista de las masas argentinas y latinoamericanas” (1982a).
Al tiempo que se regocijaron en las acciones bélicas, estos grupos desdeñaron las tratativas diplomáticas. Para Altamira, se debía rechazar todo “intento de capitular ante el imperialismo, sea mediante una negociación entreguista (económica o política exterior), o mediante un retiro de tropas a cambio de la devolución gradual y condicionada del archipiélago” (1982). Lo secundó un anónimo suelto de Nueva Generación que desestimó la “persistente campaña por la propuesta de ‘paz y negociación en la ONU’” del Partido Comunista Argentino, recordando que la organización multilateral no era más que “un foro creado por las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial basado en un acuerdo entre los imperialismos yanqui, inglés y francés y la Rusia de Stalin” (1982b). La Patria Grande no solo denunció las componendas, sino que disparó contra quienes se mostraban consternados por lo acaecido: desde Francisco Manrique, “abanderado de Occidente” para quien esta “irresponsabilidad” hacía peligrar “nuestra pertenencia” al mismo, hasta la escritora Silvina Bullrich, “expresión descarada de la estupidez del Barrio Norte”, pasando por “algunos locutores y periodistas –mucamos de la TV– quienes con su ignorancia y vacua adulonería” mostraban a los ingleses como gente “respetable” (1982a).8 Con una perspectiva de largo plazo, la revista del Frente de Izquierda Popular (FIP) conectaba esa preocupación con “el pensamiento colonial”, lentamente destilado de las potencias europeas aunque también de la aristocracia mercantil a ellas subordinada (1982d). No era distinto el ánimo de Curutchet (1982), para quien “la única voz de mando” debía ser la “intransigencia”: “la Argentina, la Nación Argentina, no puede ceder nada, no puede ceder un ápice de lo que ha ganado para siempre, porque ceder es rendirse”. Aun cuando la caída de Puerto Argentino parecía inminente, Cabildo se negó a una claudicación, la que “cancelaría definitivamente toda aspiración a la soberanía”, liquidaría las Fuerzas Armadas y “pondría en peligro la integridad territorial de la República” (1982a).
Ahora bien, la motivación detrás de dichas posturas divergía: los integristas hicieron hincapié en los factores religiosos, con Verbo asegurando que “nuestro territorio nacional pertenece primerísimamente a Jesucristo y a María Purísima, por formal y fundacional voluntad de aquellos que por primera vez plantaron en él la Santa Cruz y celebraron el Santo Sacrificio Redentor” (1982a). Si no ponía en duda la existencia de riquezas ni esmerilaba los argumentos legales, el redactor aseguraba que centrarse en dichas cuestiones suponía rebajarse “al nivel de los juristas mundanos y de los negociantes internacionales” (1982a).9 Lo esencial era el mandato divino, así como la fidelidad a un legado que se iniciaba con la concesión papal a los Reyes Católicos y permanecía como una tarea irrenunciable en el presente. Igualmente, historicista, pero todavía más nacionalista, el padre Alberto Ezcurra Uriburu rememoró —junto a conquistadores y misioneros— a:
Los gauchos que defendieron con sus lanzas la frontera del norte y los ejércitos que, para afirmar la independencia, cruzaron la cordillera [...] aquellos que en la Vuelta de Obligado tendieron cadenas sobre el río Paraná, como un símbolo que pretendía cerrar el paso a las escuadras de las dos naciones más poderosas de la tierra10 (Ezcurra Uriburu 1982).
Más allá de los matices, los tradicionalistas concordaron en echar mano de Santo Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria para demostrar el carácter “justo” de la guerra: su objetivo era restaurar la paz, había sido emprendida en defensa del orden cristiano y ordenada por una autoridad genuina (Caturelli 1982a; Montejano 1982).11
Dados sus principios marxistas, no debería extrañar que los elementos espirituales estuviesen conspicuamente ausentes en estas izquierdas, si bien eso no reducía en absoluto la legitimidad de la conflagración. Para Altamira, la contienda se explicaba a partir de las contradicciones económicas y las falencias políticas: “la ocupación de las Malvinas es una acción distraccionista, de la que la dictadura pretende sacar réditos internos e internacionales para los explotadores argentinos y las burguesías imperialistas que los ‘protegen’” (1982). Por ello se consideraban graves las acciones de la Multipartidaria, el PCA y “burócratas sindicales” como Lorenzo Miguel y Saúl Ubaldini, ya que –engañados o no por la épica patriotera– pretendían “arrastrar a los trabajadores argentinos detrás de la dictadura, aprovechando el asunto de las Malvinas, e incluso blanquearla por sus crímenes, hacer olvidar su entreguismo y su agresión a los trabajadores” (1982). Un comportamiento afín al de las burguesías, que –de acuerdo con Nueva Generación– “se sumaron a la ‘unión nacional’ tratando de frenar la lucha de clases de los explotados” (1982c). Por espurias que fueran, estas oscuras intenciones no desmerecían lo que estaba ocurriendo: en un encendido alegato, Horacio Almada aceptó que la dictadura había pergeñado una “distracción”, pero la gesta resultante no figuraba en sus planes. Como réplica a quienes “plantearon la exigencia de la paz para terminar con la maniobra diversionista y facilitar que las masas retomen la lucha antidictatorial sin el elemento de confusión que significa que esta dictadura anti-obrera se enfrente en forma limitada al imperialismo”, subrayó que las operaciones no debían interrumpir la oposición al régimen, sino exacerbarla (1982). Un innominado articulista fue todavía más lapidario:
En un conflicto entre una nación imperialista y un país oprimido nuestra corriente participa abiertamente en el campo nacional del país atrasado contra el imperialismo opresor. Esto significa que estamos incondicionalmente por la derrota del imperialismo, cualquiera sea la naturaleza reaccionaria de la dirección del campo nacional, en este caso la dictadura militar argentina. Esto no supone darle ningún tipo de apoyo al gobierno ni atenuar la lucha contra su política conciliadora, claudicante y de apaciguamiento frente al agresor imperialista. Por el contrario, se trata de continuar el combate antidictatorial desde el ángulo de la lucha nacional consecuente, por el aplastamiento del imperialismo y su definitiva expulsión del país12 (Nueva Generación, 1982g).
Una consigna virtualmente idéntica podía leerse en La Patria Grande: “quien no apoya el nacionalismo de un país oprimido, apoya objetivamente el nacionalismo del país opresor” (Balmaceda 1982). La guerra era justa, aunque la hubiese declarado Galtieri, con quien Ramos se reunió para aconsejarle la conformación de un gabinete estrictamente castrense y la remoción de Roberto Alemann, ministro de Economía retratado como un doble agente (1982a). No se ignoraba que era el mismo gobierno que había asumido el poder un 24 de marzo de 1976: tal vicio de origen no deslucía la lucha, aunque sí impedía combatir en toda regla (Ramos 1982a).13 Los partidos políticos y el empresariado eran escollos adicionales, no por volcarse fanáticamente a la unión sagrada como denostaba el trotskismo sino, al contrario, por su tibieza. Los primeros recelarían de la junta por haberles quitado protagonismo, mientras que los segundos, angustiados por sus ganancias, exigirían no “rozar siquiera la piel ni las libras de los bandidos y usureros europeos que han desatado una ofensiva de fuego contra nosotros” (La Patria Grande 1982b). Se mostraba hostilidad también hacia unas izquierdas tachadas de “cosmopolitas”, mote que alcanzaba a la socialdemocracia por condenar el accionar argentino y a figuras de la talla de Julio Cortázar y Adolfo Pérez Esquivel, “antiimperialistas y defensores de los derechos humanos en palabras, y sostenedores del imperialismo masacrador en los hechos” (La Patria Grande 1982e).
A pesar de sus jeremiadas, Ramos y sus camaradas rebosaban optimismo por un acontecimiento crucial para el país, pero también para América Latina e, incluso, el Tercer Mundo: “la guerra por las Malvinas ha inyectado a esta formidable parte del género humano una nueva esperanza revolucionaria y ha permitido a la Argentina, a su vez, reconocer su destino hispanoamericano” (Ramos 1982b). También Almada describió un escenario que, a pesar de sus riesgos, prometía un inmenso potencial. No se trataba sólo de la oportunidad de vapulear al imperialismo, sino también de derrocar al “Proceso”. Para no pocos trotskistas, al igual que para La Patria Grande, la mentada “regeneración” se manifestaría como una “revolución”. Según la revista de la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS), la transformación de la sociedad era evidente:
La agresión anglo yanqui ha despertado un auténtico sentimiento patriótico antiimperialista en toda la población. En fábricas, sindicatos, sociedades de fomento, centros vecinales, facultades y colegios se han conformado comisiones patrióticas que recaban donativos, impulsan las más diversas iniciativas de solidaridad con la lucha14 (Nueva Generación, 1982d).
No debería soslayarse que, de las publicaciones relevadas, La Patria Grande fue la única en incluir voces femeninas: el Centro de Estudios sobre la Mujer Argentina, asociado al FIP, aseveró que “la igualdad de derechos en plenitud con el hombre […] es inseparable de la soberanía nacional […] pues en un país humillado por la dominación colonial no pueden existir mujeres libres en su sentido más integral” (1982c).
Aunque no compartiera dicha causa, Antonio Caponnetto irradiaba el mismo entusiasmo que las feministas del FIP. Fue así que exaltó al 2 de abril como una restauración de la nación verdadera, esa que es:
Cruz y Sable; es Fe y Milicia; Fortaleza heroica y lealtad a Dios. Es vísperas de combate, vigilias a la intemperie y alegría de bandera izada. No es urna, voto, sufragio y apostasía. No es ni puede ser ya, el comité y la trastienda; miserias politiqueras y entregas desvergonzadas15 (Caponnetto 1982b).
Rozando la hipérbole, el editorialista de Verbo anunció un resurgir de los “pueblos de abolengo hispano”: “más instintivo que racionalmente explicado, el alineamiento actual de la Raza despierta viejos sueños, antiguas batallas, hace izar banderas, cantar zambas y vidalas de los Tiempos de la Conquista” (1982a). Al despojarse del “espíritu mercantil, materialista, sensual, ladrón, mentiroso y aburrido”, se desataría “algo más grande. Seremos, pues, cabeza de puente de una gran resurrección: la de la Cristiandad” (Verbo 1982a).
Desde ya, el horizonte avizorado por los colaboradores de Cabildo y Verbo no incluía democracia, ni burguesa ni obrera. Aun así, tanto ellos como las izquierdas habrían percibido en la guerra un punto de no retorno, situación que podía brindar jugosos frutos. Sin embargo, no podía pensarse en un desenlace positivo sin una profunda transformación, ya que como planteaba la CNA:
Esta Segunda Reconquista del señorío sobre el sagrado patrimonio territorial debe tener una exacta correlación con el ejercicio interno del poder respecto de todos los otros órdenes de la vida nacional [...] pues de nada serviría reintegrar espacios irredentos al seno de una comunidad histórica carcomida en su inteligencia, sumida en la injusticia (Confederación Nacionalista Argentina 1982).
Un triunfo manu militari no equivaldría entonces a una victoria del gobierno, sino más bien lo contrario.
Con los soldados, ¿con los generales?
Otro hilo conductor es el tratamiento de la guerra como una problemática inescindible de la dictadura. En este plano, los tradicionalistas católicos oscilaron entre un renovado respaldo y viejos recelos: si Álvaro Riva aludió en Cabildo a un viraje de “180 grados” y a una “refundación” (Riva 1982a), Montejano enfatizó la “distinción fundamental entre la Patria y el régimen que nos gobierna”, aclarando que “la solidaridad es con la Patria y no con el gobierno. Los gobiernos pasan, los hombres pasan, la Nación permanece a través de las generaciones” (Montejano 1982). En otras palabras, las cúpulas castrenses podían ser anti-nacionales a pesar de iniciar una cruzada patriótica, una postura a la que suscribía Altamira: “la política exterior es la continuación de la política interior, y la política interior y exterior de Galtieri-Alemann es de sometimiento al imperialismo”, de lo cual se deducía que la “ocupación de Malvinas no es parte de una política de liberación o independencia nacionales sino de un simulacro de soberanía nacional, porque se limita a lo territorial mientras su contenido social sigue siendo proimperialista” (1982).
Por ello se convocaba a aplastar “la reacción interna”, paso previo para “cortar los vínculos del sometimiento (económicos y diplomáticos) y construir un poderoso frente interno antiimperialista y revolucionario, basado en los trabajadores” (1982).16 Nueva Generación lo secundó, afirmando que “el gobierno militar, que no ha querido el enfrentamiento, trata de apaciguar al imperialismo prometiendo entregar todo a cambio del reconocimiento de la soberanía formal en las islas”: sólo así se podría evitar la “movilización independiente de la juventud y de las masas laboriosas” y huir del “conflicto sin modificar el cuadro de opresión semi-colonial que ellos mismos instauraron” (1982c).
En cambio, la izquierda nacional separaba a los uniformados de la “parásita oligarquía anglófila” a la que se debía purgar, personificada en el ministro Alemann (Patria Grande 1982h). Aunque los militares habían cometido serios errores, como colocarse obstinadamente a la zaga del “Primer Mundo”, eran herederos de una honrosa tradición, ya que el Ejército había nacido “como milicia organizada para repeler victoriosamente las dos primeras invasiones inglesas, que enfrentó a las escuadras anglo-francesas coaligadas en 1845 y 1848” (Ramos 1982b), línea que culminaba en Julio Argentino Roca y la “Generación del Desierto” (Ferrero 1982).17 De hecho, Alberto Guerberof remarcaba que “en los países semicoloniales y dependientes del Tercer Mundo” las Fuerzas Armadas no solo podían ser gendarmes de las grandes potencias, sino que también ejercían a menudo “el papel histórico de una débil o ausente clase empresarial e impulsan en consecuencia formas de crecimiento económico independiente”, como lo mostraban Juan Velazco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá (Guerberof 1982). En pocas palabras:
Las direcciones populares —escaldadas y justificadamente recelosas después de seis años de régimen militar— deben aceptar que la salvación nacional se alcanzará con la participación de nuestros hombres de uniforme y no contra ellos, o no se alcanzará. Este país, antes de ser construido sobre nuevas bases por la inmigración y las inversiones inglesas, fue construido a punta de espada y chUza por los ejércitos criollos, cuyas luchas llenan todo el heroico siglo XIX (Guerberof 1982).
Sin embargo, hasta esta benevolente opinión vaticinaba que “si no se completa la defensa de la soberanía exterior con una vuelta en redondo hacia el nacionalismo económico y la soberanía popular, se ahondará el divorcio entre el pueblo y las Fuerzas Armadas y se perderá la batalla con el imperialismo” (Guerberof 1982). Un mes después, un frustrado articulista sentenciaba frustrado que, dada la falta de un plan de reactivación industrial, de controles de precios y de embargos, el gobierno estaba “autobloqueado” (La Patria Grande 1982h).
Nueva Generación concordó con La Patria Grande en que el colosal endeudamiento y la subordinación obsecuente impedían que el país peleara eficazmente: “para que haya una lucha antiimperialista consecuente la dirección de la nación oprimida debe recaer en la clase obrera arrastrando al conjunto de las masas explotadas del campo y de la ciudad” (1982c). Según Altamira, “la política de la dictadura es: ‘respeto a la propiedad’ de los opresores”, por lo que “Galtieri-Alemann han ido evitando hacer frente al sabotaje económico del imperialismo” (1982). Por su lado, Almada anunció la hora de “la expropiación del imperialismo y el armamento general de los trabajadores y la juventud” como vía para retomar “la ruta trazada el 30 de marzo” (1982). En síntesis, “la tarea histórica” de derrotar al Reino Unido y al “Proceso” le competía a “la clase obrera, única clase verdaderamente nacional y antiimperialista porque no tiene ningún tipo de compromiso con el capital extranjero y única por lo tanto que puede acaudillar al conjunto de las masas explotadas” (1982c).
Ahora bien, la animadversión hacia la jerarquía procesista no obturó la identificación con los soldados, aquellos de los que en última instancia dependía el éxito de la empresa. Si no podía dudarse de su apoyo, Verbo elidió toda alusión concreta a los combatientes a favor de una “Hispanidad” más abstracta y difusa.18 Escrita pocos días después de la incursión argentina, la nota de Altamira tampoco mencionó a los efectivos en las islas, aunque los habría considerado insuficientes, en tanto contempló la posibilidad de pertrechar milicias obreras (1982). El grupo de Ramos lamentó que las tropas ameritaran menos atención en los medios que los partidos del Mundial de España (La Patria Grande 1982f), aunque el espacio que su propia revista les dedicó fue exiguo.
En contraste, Cabildo dio lugar a los aspectos técnicos del enfrentamiento, como podría verse en la proliferación de imágenes de embarcaciones y aviones, en los densos análisis geopolíticos realizados por oficiales retirados y en las pomposas descripciones de las operaciones, las cuales magnificaban las pérdidas británicas para apuntalar la fe en el triunfo (Matassi 1982). Asimismo, anticipó a otras hojas en visibilizar a los caídos, recuperándolos a través de tópicos sacrificiales desplegados durante la década previa: “Pedro Giachino, Patricio Guanca, Mario Almonacid y Jorge Águila” fueron elevados a la categoría de mártires por Caponnetto, quien celebró su desobediencia de “las ‘voces autorizadas’ de quienes dicen que nada vale más que una vida. Sabían que la vida sólo merece vivirse al servicio de las mejores causas; que no hay redención sin sangre, ni Soberanía sin sacrificio” (Caponnetto 1982a).19 Este culto sobrevivió a la derrota, como podría inferirse del aplauso a un “soldado que con algo de soberbio criollo de ayer y de magnífico guarango de hoy” le dedicaba:
al mundo entero un plástico e inequívoco corte de manga, diciéndole a ese mismo mundo, pero también a los argentinos, que tiene rabia y que por lo tanto, no se ha rendido. Que él no va a dar cuentas sino a exigirlas a todos los que hicieron posible la derrota nacional en las Malvinas. A los jefes que temblaron ante el deber y, sobre todo, al régimen que los entregó y que hizo inútil en lo inmediato su cruento sacrificio (Cabildo 1983).
Esos líderes ineptos debían ser descartados en favor de una “oficialidad joven”, de la cual se esperaba la regeneración de la corporación en su conjunto (Riva 1983).
También el órgano de la UJS representó visualmente a los soldados, incluyendo varias imágenes en las se resaltaba su corta edad. En esta línea, se llamó a los jóvenes “trabajadores y estudiosos” a “organizarse y movilizarse para aplastar la agresión extranjera, para expulsar al imperialismo del país y concretar la efectiva y real liberación nacional” (Nueva Generación 1982d). El culto al coraje, cabe acotar, no excluyó una “lógica preocupación” por “nuestros compañeros colimbas en el sur”, calificación que denotaba cercanía, camaradería y horizontalidad, pero también una identificación limitada a los conscriptos (Nueva Generación 1982d).20 Por ello, se admitió que una retirada táctica podía ser posible y hasta necesaria, siempre y cuando desencadenara una radicalización de las clases populares como habría ocurrido en Cuba y en Vietnam. Es decir, lo contrario a lo que Galtieri y su entorno esperarían.
Las resonancias de la guerra, o el cachetazo a Albión
La geopolítica fue un tópico recurrente para tradicionalistas e izquierdistas, quienes coincidieron en resaltar la reverberación internacional del conflicto. Los primeros privilegiaron las implicancias simbólicas, como podría advertirse en una editorial de Verbo que tildaba a Inglaterra de “nodriza de la revolución moderna”: si las tierras bálticas podían excusarse de su herejía, dada su tardía incorporación a la “civilización occidental”, Britania había sido una antigua provincia del Imperio Romano, así como uno de los primeros territorios en ser evangelizados. Por este motivo, su “traición” habría sido instrumental en el triunfo del protestantismo (Verbo 1982b).
Disposición antitética a la de España, que por medio de la Conquista había incorporado “al cristianismo pueblos de todas las razas, muchos de ellos crueles hasta la antropofagia y decadentes hasta la sodomía” (Verbo 1982b). Este legado debía honrar la Argentina, no sólo para salvarse ella misma sino también a Inglaterra, en tanto “las humillaciones” podrían servirle para “volver a su fe católica” y a los tiempos en que “se llamaba Isla de los Santos y era devota de María Santísima” (Verbo 1982b).
Con un sesgo más conspirativo, Pablo Hary sostuvo que los hechos decisivos estaban ocurriendo “entre bambalinas”, involucrando oscuras fuerzas como la Comisión Trilateral o la Fabian Society (Hary 1982). Antes que una colisión entre credos, vislumbró una refriega entre la “heredera de la auténtica tradición europea” y un país que, como “buena parte de los que ha dado en llamarse Mundo Occidental”, se encontraba “moralmente a la deriva, con su ‘Sociedad Permisiva’, su materialismo y sus liberalizaciones, el aborto legalizado y organizado, la droga, perversiones sexuales y crímenes propios de la decadencia” (Hary 1982). Esta caracterización aproximó a Hary a medios de gran difusión como Gente y La Prensa, quienes pintaron a las tropas enemigas como mercenarias, libidinosas y alcohólicas (Lorenz 2013, 70-72).
La medida del declive se hallaba para La Patria Grande en los frigoríficos ingleses, convertidos “en un montón de fierros obsoletos”, pero también en la expedición británica, tachada de aventura imperial “postrera”. Aun así, la contienda era tan trascendental para el FIP como para el integrismo católico, ya que el Reino Unido era visto como el culpable de “la barbarización del Tercer Mundo”, “la balcanización de América Latina”, “la invención del Uruguay” y una larga lista de atrocidades (La Patria Grande 1982a). A través de su “capital financiero”, meras “reinversiones de una parte de los intereses y ganancias de un modesto capital inicial”, los británicos liquidaron “cualquier posibilidad de integración económica propia, independiente”, haciendo de la Argentina “un apéndice de la economía inglesa” (Balmaceda 1982). Tanto o más ponzoñosas eran sus ideas, “exaltando las bondades de la democracia, el parlamentarismo y la libertad individual, como bienes que habían sido inventados por el espíritu anglosajón” para así tapar “el pasado de horrores, crímenes y humillaciones de todo tipo que millones de hombres y mujeres de la propia Inglaterra y el resto del mundo habían sufrido para hacer posible la civilización capitalista” (Alberti 1982). En efecto, “la carga del hombre blanco” había consistido en pauperizar la India, expoliar África e inundar China de opio. Por eso, la guerra era la oportunidad para que el país dejara de ser una semicolonia, pero también para que retomara sus lazos con América Latina e, incluso, para que asumiera un rol primordial entre los “No Alineados”.
Asimismo, Altamira juzgó que Argentina había atacado a un titán en crisis, aunque el deterioro no habría sido tanto ético como político: con el conflicto habrían quedado en evidencia las contradicciones internas del sistema global, tan violentas que una dictadura furiosamente anticomunista se veía compelida a chocar contra uno de los principales miembros de la OTAN. En efecto, este era el mismo gobierno que intervenía en Bolivia y en América Central, por lo que “Galtieri y el Estado Mayor han pensado que el imperialismo yanqui les retribuiría estos servicios, dejándoles ocupar las Malvinas” (Altamira 1982). Virtualmente idéntica fue la opinión de La Patria Grande: “se ha colaborado con Estados Unidos para mantener el régimen colonialista en El Salvador y para desestabilizar al gobierno sandinista de Nicaragua, y ahora, en el momento de las reciprocidades, el presidente Reagan y el Pentágono contestan solidarizándose con Gran Bretaña. ¡Así paga el diablo!” (La Patria Grande 1982h). Política Obrera sostenía que el uso de la fuerza había desagradado profundamente a la Casa Blanca, que a su vez juzgaría a la Argentina demasiado débil como para relevar al Reino Unido en el Atlántico Sur. Tampoco podía consentir la caída de Margaret Thatcher, quien –en palabras de un articulista de Nueva Generación– “lejos de ser meramente una vieja histérica, es la representante directa del capital financiero inglés y sostén fundamental de la estrategia política y militar yanqui en el mundo” (Nueva Generación 1982h).21 Igualmente iluso era creer que el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) garantizaría la asistencia estadounidense: “a nadie se le puede escapar, y menos que menos a los gobiernos burgueses latinoamericanos, que cuando se constituye el TIAR en Río de Janeiro a fines de la década del 40, la ‘agresión extracontinental’ [...] no se refería a las potencias imperialistas del ‘mundo occidental y cristiano’” (Nueva Generación 1982h). Otro tanto podía decirse sobre la doctrina Monroe, implementada —según exponía Alberto Methol Ferré en La Patria Grande— para justificar la rapiña estadounidense en el continente o, en su defecto, para autorizar las depredaciones europeas.
El respaldo de Washington a su aliada histórica habría sido previsible para el trotskismo, al igual que el acompañamiento de “los partidos obreros y socialistas de Europa (que) se han alineado, una vez más, con su burguesía imperialista” (Altamira 1982). Desde el periódico del FIP, Luis A. Rodríguez tildaba de hipócrita al “régimen ‘socialista’ de Mitterrand”, que acompañaba al Reino Unido en el Consejo de Seguridad de la ONU mostrando que el mundo no se dividía entre clases, sino entre países opresores y oprimidos (Rodríguez 1982). No era mucho mejor la opinión del Pacto de Varsovia, cuyo silencio evidenciaba que “las superpotencias no tienen amigos” y que la “izquierda cosmopolita” era tan ilusa como los militares que esperaban la asistencia de Reagan (La Patria Grande 1982h). Nueva Generación cargó contra el Kremlin, cuya “línea de coexistencia pacífica” habría salido a relucir en el hecho de que “ningún partido comunista del mundo impulsó movilizaciones contra la agresión británica y, mucho menos, en la propia URSS” (Nueva Generación 1982h). La ayuda podía venir sólo de “un tremendo sentir americano”—forjado en “las movilizaciones por Santo Domingo; las concentraciones que encabezó la juventud argentina en repudio al golpe de Pinochet en Chile; y en los postulados antiimperialistas de la Reforma Universitaria del 18” (Nueva Generación 1982h)— y de los “auténticos revolucionarios europeos”, a quienes se convocó a “defender el derecho argentino a las Malvinas y hacer todos los esfuerzos por sabotear los ánimos de guerra de la ‘democrática’ corona británica, histórica carcelera de pueblos” (Altamira 1982). También el grupo de Ramos rememoró y honró las luchas de los trabajadores ingleses, al tiempo que mostró un entusiasmo sin atenuantes por una mayor integración latinoamericana.
Otro evento que resultó polémico fue la visita de Juan Pablo II, y no solo para las izquierdas. Con amargura, Riva declaró en Cabildo que “un pueblo lanzado a una guerra y embriagado en la ilusión de la gloria necesita menos que le vengan a hablar de paz” (Riva 1982b). Las palabras del Sumo Pontífice habrían sido lo contrario de lo que “la Cristiandad austral en guerra con una potencia hereje” necesitaba, vicio que no alcanzaba solamente al obispo de Roma sino a todo el “idioma que hoy habla la Iglesia [...] demasiado insustancial, demasiado equívoco y demasiado sentimental como para esclarecer la religión o fortalecer la piedad” (Riva 1982b). A contracorriente, Mikael declaró que la intención del viaje había sido “estrictamente pastoral y en ningún modo político” (1982): criticando a quienes atisbaban la búsqueda de una “solución ‘pacifista’ a ultranza”, el editorialista afirmó que Karol Wojtyla aspiraba a salida “honrosa”, fiel a una iglesia que siempre había “intercedido en favor de la clemencia y de la paz”. Nueva Generación coincidió con Riva en que se trataba de “un operativo político de alto vuelo” para imponer una debacle militar y un “acuerdo diplomático estable”, evitando la consolidación de “una corriente nacionalista de peso en las FF.AA.” y el aumento del “ya manifiesto sentimiento antiimperialista de la población” (Nueva Generación 1982e). Objetivos que podrían ser alcanzados a través de la religión católica, defensora consuetudinaria de déspotas y tiranos: “la maldición de la violencia”, “los beneficios de la humildad” y “los peligros de la arrogancia” eran “los milenarios argumentos de la Iglesia para difundir la resignación entre los oprimidos en este valle de lágrimas” (Nueva Generación 1982e). Más pragmático, Altamira convocó a copar los actos, es decir llevar “carteles que planteen la salida incondicional de la flota británica y que repudien todo planteo de paz con el agresor imperialista” para así dejar en claro que “el sentimiento de paz tiene en los trabajadores un contenido diferente al de la capitulación que proponen la iglesia y la burguesía” (1982).
Más allá de los diferendos geoestratégicos, la moderación y la diplomacia fueron unánimemente vilipendiados, en tanto sinónimo de derrotismo, sometimiento y “cipayismo”. Para generaciones educadas en el nacionalismo territorial, para una cultura política que legitimaba el uso de la fuerza y consagraba el sacrificio, no había lugar para componendas (Bohoslavsky 2006). De lo que se trataba, muy por el contrario, era de pelear hasta el final, ya que la derrota era preferible a la tregua.
Subordinación y valor, o el imperativo del sacrificio
Ante el curso desfavorable de la contienda, integristas e izquierdistas reclamaron extremarla, llevándola a instancias que la dictadura parecía querer eludir. En el caso de Verbo y Cabildo, las expresiones de apoyo se vieron acompañadas por la celebración de misas y la realización de reuniones y movilizaciones, circunstancias que pusieron en movimiento las redes de sociabilidad de las extremas derechas vernáculas.22 Asimismo, se organizaron colectas de víveres, ropa, suministros y dinero, mientras que algunos nacionalistas se ofrecieron como voluntarios.23
Anuncios, fotografías y crónicas dan cuenta de una intensa actividad por parte del integrismo, con la estructuración de la “retaguardia” como objetivo principal.
También Altamira consideró el frente doméstico como un espacio privilegiado de acción, aunque en un sentido distinto: al tiempo que demandó la intervención de “todo el capital extranjero que ya está saboteando o especulando contra la economía nacional”, exigió extender la conflagración por todo el país armando a los trabajadores (1982). Requerimientos que no obturaron demandas sectoriales como la “satisfacción inmediata de las reivindicaciones planteadas por los sindicatos y otras organizaciones de trabajadores, y satisfacción de los reclamos del movimiento de familiares y madres sobre los desaparecidos” (Altamira 1982). Una postura similar a la de Nueva Generación, donde se remarcó que los jóvenes debían “movilizarse junto a los trabajadores con sus propias banderas sin ningún tipo de subordinación al gobierno”, así como “poner en pie los centros de estudiantes” (Nueva Generación 1982f).24 De hecho, la revista informaba sobre festivales en solidarios realizados en la UBA, la Universidad Nacional de Rosario, la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad del Salvador y varios colegios secundarios de la ciudad de Buenos Aires, si bien muchos de ellos fueron prohibidos o directamente reprimidos (Nueva Generación 1982f). También el FIP convocó a las ramas provinciales de la Corriente Universitaria Nacional y al CESMA, mientras que Ramos realizó una gira por distintos puntos del país exigiendo una moratoria de la deuda externa y la incautación de todos los activos británicos (La Patria Grande 1982g). Mientras el pueblo seguía los acontecimientos y participaba en las marchas “con todo su corazón”, La Patria Grande no perdió oportunidad de atacar a “los intelectuales, las clases ‘cultas’, los políticos, los banqueros” y a “innumerables emigrados argentinos de la ultra”, quienes “temen al poderoso Occidente. Tiemblan al pensar en la perdida de sus preciados contactos con las grandes potencias” (La Patria Grande 1982d). Era ese quietismo, sumado a la cautela de la junta militar, el que impedía aprovechar el fervor nacional y popular.
Cuando la guerra se aproximaba a sus instancias finales, Cabildo planteó la militarización total: la rendición de “algunos hombres” en las islas no debía conducir a la pasividad de “veintiocho millones” en el resto del territorio, lo que constituiría “la más absoluta y humillante derrota argentina de toda la historia” (Cabildo 1982a). Concretado el temido desenlace, la publicación espetó un agrio editorial en el cual execró la “doble rendición”: a los ingleses, pero también a los partidos políticos. Diatriba en la cual se insinuó la llegada de lo que luego se denominaría “desmalvinización”, es decir la “voluntad manifiesta de abandonar la guerra, de olvidar la sangre derramada y de abdicar —de hecho o de derecho— a la soberanía sobre las Malvinas y demás archipiélagos” (Cabildo 1982b). En este sentido, no sólo el liderazgo sería culpable del desastre, sino también aquella “retaguardia quebrada que alentara al espíritu de la derrota” y los aliados del enemigo que “en los entresijos del gobierno argentino [...] ahora se aprestan a terminar su obra” (Cabildo 1982b). Verbo, por su parte, adoptó un discurso más pastoral, quizás para mantener la disciplina en sus cohortes y evitar recriminaciones a la Iglesia. En este sentido, la defensa de la religión primó sobre el revanchismo: la “Carta al lector” de julio invitó a “no desfallecer”, para luego advertir que “una tentación nos acecha: ‘pedí, y mucho, y no fui escuchado’” (Verbo 1982c). Lejos de refugiarse detrás de los misteriosos designios divinos, el editorialista se acercó a Cabildo al afirmar que la responsabilidad era de los propios argentinos, quienes habían “respondido con generosidad, tanto en el frente guerrero como en el interno” y probado que podían “alcanzar grandeza”, pero también habrían manifestado “gravísimas fallas” (Verbo 1982c). Estas nacían del fuero interno, desgastado por años de exposición a “la concepción liberal democrática” y por ello incapaz de alcanzar la “elevación moral e intelectual” necesaria. Esto era particularmente pernicioso en el caso de las Fuerzas Armadas, las cuales se debatieron entre la “impreparación” y una capacitación inadecuada, dado que su tono “profesionalista” había convertido a los soldados en “tecnócratas que calculan los riesgos y los gastos con rigor matemático, lo que llega en último término a paralizarlos” (Verbo 1982c). Lo necesario, en cambio, eran “espíritu y concepciones superiores que les hagan ingeniarse para ganar cueste lo que cueste” (Verbo 1982c).
En consonancia, La Patria Grande descargó su ira contra los derrotistas: los partidos, “que pretenden hacer ‘borrón y cuenta nueva’ para concluir la guerra bajo el manto de su preocupación por la ‘post-guerra’”; los generales, incompetentes “en todos los planos”; el periodismo y los intelectuales, afectados por un “pacifismo anglófilo”; y los empresarios, desvelados por restaurar los lazos con Inglaterra y Estados Unidos (La Patria Grande 1982i). Frente a tal actitud, el FIP declaró que las hostilidades no habían terminado, e intimó a proseguir con los enfrentamientos, lanzar una ofensiva económica contra el adversario y estrechar las relaciones con Latinoamérica (La Patria Grande 1982j). De hecho, las propuestas de suprimir el servicio militar obligatorio fueron juzgadas, al igual que la posibilidad de una democracia sin Malvinas, como artimañas para poner al país de rodillas:
Para los países centrales su victoria militar debe traducir en el aniquilamiento de la Argentina como país independiente, eliminarlo del plano político internacional y específicamente latinoamericano, con lo que debilitarán sustancialmente las posibilidades de independencia de América Latina [...] Escudado en palabras de concordia, en misiones de ‘buena voluntad’, en apelaciones hipócritas a los valores eternos de la cultura, ‘Occidente’ se apresta a encadenarnos por el próximo medio siglo (Ceballos 1982).
Decepción, frustración y furia no estuvieron ausentes de las hojas trotskistas, las que concordaron con la “izquierda nacional” y los tradicionalistas en que la dictadura había sido responsable de que el país luchara “a media máquina”. Ante la “miserable capitulación”, se apeló a las masas obreras para deshacerse de un régimen brutal e ilegítimo. En esa línea, se identificaron menos con los ex combatientes que con las multitudes que convergieron en Plaza de Mayo tras el anuncio de la derrota para repudiar a los militares. Tales demostraciones de descontento indicaban la presencia de un nada desdeñable potencial de rebeldía, ya presente antes de la contienda —tal cual lo mostraban las protestas del 30 de marzo— pero amplificado por ella. En la importancia conferida a esta movilización generada por el conflicto las izquierdas volvían a acercarse a las derechas reaccionarias, para quienes el mayor peligro de la “desmalvinización” era la desaparición de esa Argentina que había resurgido en abril de 1982.
Conclusión. Transparencias
Los ejes explorados en este trabajo permiten trazar un mapa de armonías y disonancias: grosso modo, tradicionalistas católicos e izquierdistas respaldaron el conflicto condenando al mismo tiempo la dictadura, aunque los tópicos antiimperialistas de La Patria Grande y Nueva Generación fueron menos gravitantes en Verbo y Cabildo que argumentos de corte histórico, religioso o nacionalista. Otro tanto podría decirse sobre el imperativo de exacerbar la guerra, alternativa apoyada por voceros de los distintos sectores, aunque con sentidos divergentes: si las derechas proclamaron una cruzada nacional para salvar al país, a la Hispanidad o a la Cristiandad toda, para las izquierdas había que militarizar a los trabajadores, expropiar a los capitalistas extranjeros y alentar la unión con los “auténticos revolucionarios” de América Latina y el Tercer Mundo. Ciertamente, argumentar que la conflagración podría haberse resuelto a favor de la Argentina “si se hubiera peleado mejor” era una opinión sumamente extendida, por lo que habría que preguntarse qué sentidos adquiría esta proposición en cada uno de los sectores tratados. Para el integrismo, era una forma de ventilar viejas frustraciones con las Fuerzas Armadas y con la sociedad argentina en su conjunto, pero también de eludir interrogantes más espinosos: aun admitiendo ante Dios su miopía, Alberto Caturelli se atrevía a preguntar por qué había triunfado la injusticia (Caturelli 1982b). Sin la necesidad de defender la superioridad del hispanismo y del catolicismo, el trotskismo podía plantear que el fiasco bélico no era más que otra faceta de la inoperancia castrense, por no hablar de las limitaciones de un capitalismo periférico incapaz de motorizar proezas como el socialismo ruso, el vietnamita y el cubano.
Desde ya, podría apuntarse que, por su propia naturaleza, todo ejercicio comparativo conduce a un cuadro de similitudes y diferencias. Lo provechoso sería, más bien, utilizar ese registro para arrojar luz sobre las lógicas subyacentes: en este caso, triangular las fuentes analizadas para aproximarse un aspecto más general de la Argentina a principios de los ochenta. Resulta ineludible retomar aquí las dudas sobre la utilidad del binomio izquierda-derecha expresadas en la introducción: si esta plantilla se ajusta bastante bien a ciertos discursos y acciones de estos actores durante el conflicto, en otros aspectos —como estipula la trillada “teoría de la herradura”— los extremos parecen juntarse. Por cierto, no se sugiere aquí la existencia de identidades o alianzas implícitas, ya que los grupos abordados mantuvieron trayectorias separadas y distantes, a tono con culturas políticas netamente diferenciadas. Tampoco de una identidad semántica completa, ya que un tópico como la guerra aparecía ligado en los discursos de las izquierdas a la revolución mientras que las derechas procuraron vincularla con la religión y la tradición. Lo que se plantea, por el contrario, es que las coincidencias son algo más que anomalías: a pesar de que las extremas derechas y las izquierdas hayan hablado lenguajes políticos distintos, entre ellos habrían existido —por tomar una metáfora de la traducción— transparencias. Es decir, términos que aun conservando valencias específicas en sus marcos de referencia retienen la capacidad de remitir a tópicos, narrativas y universos no tan lejanos. Así, fenómenos como el hastío con la dictadura, la legitimidad de la violencia y los sentimientos antiimperialistas habrían operado como un sustrato común, debilitando las aduanas políticas e ideológicas. Vasos conductores que remitirían a una cultura política que confería al belicismo y a los derechos humanos valores muy distintos a los que adoptarían luego de 1983. Por eso, no se invalida la utilidad del par derecha-izquierda, sino que se invita a repensar su eficacia históricamente.
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