Las contradicciones entre tecnología y desempleo en los últimos doscientos años en las economías capitalistas de occidente
The Contradictions Between Technology and Unemployment in The Last Two Hundred Years in The Capitalist Economies of The West
DOI:
https://doi.org/10.15446/ede.v33n62.101032Palabras clave:
desempleo tecnológico, industrialización, revoluciones industriales, estructura laboral, progreso técnico, automatización (es)technological unemployment, industrialization, industrial revolutions, labor structure, technical progress, automation (en)
El desempleo es considerado como una de las problemáticas que la teoría económica tiene mayores dificultades en explicar. El desarrollo tecnológico se destaca como un proceso irreversible en la historia de la humanidad. Entre ambos conceptos, existe una paradójica relación de larga data. Mediante un recorrido histórico, este artículo describe la evolución en las tareas laborales, la incorporación de conocimientos al proceso productivo, entre otros fenómenos, haciendo énfasis en los periodos de las revoluciones industriales. Así, su objetivo es dar cuenta del incremento de la complejidad entre cambio tecnológico y desempleo en el tiempo, lo que permite interpretar las previsiones contradictorias que conviven en la actualidad –muy pesimistas y optimistas–, respecto a la sustitución de los trabajadores por las futuras innovaciones tecnológicas.
Unemployment is considered one of the problems that economic theory has the most difficulty in explaining. Technological development stands out as an irreversible process in human history. There is a paradoxical and long-standing relationship between the two concepts. The evolution of labour tasks, and the incorporation of knowledge into the production process, among other phenomena, are described in this article through a historical overview, with emphasis on the periods of the industrial revolutions. Thus, this paper aims to account for the increasing complexity between technological change and unemployment over time. This makes it possible to interpret the contradictory forecasts that coexist today —very pessimistic and optimistic— concerning the replacement of workers by future technological innovations.
Recibido: 14 de febrero de 2022; Revisión recibida: 21 de septiembre de 2022; Aceptado: 14 de septiembre de 2022
RESUMEN
El desempleo es considerado como una de las problemáticas que la teoría económica tiene mayores dificultades en explicar. El desarrollo tecnológico se destaca como un proceso irreversible en la historia de la humanidad. Entre ambos conceptos, existe una paradójica relación de larga data. Mediante un recorrido histórico, este artículo describe la evolución en las tareas laborales, la incorporación de conocimientos al proceso productivo, entre otros fenómenos, haciendo énfasis en los periodos de las revoluciones industriales. Así, su objetivo es dar cuenta del incremento de la complejidad entre cambio tecnológico y desempleo en el tiempo, lo que permite interpretar las previsiones contradictorias que conviven en la actualidad –muy pesimistas y optimistas–, respecto a la sustitución de los trabajadores por las futuras innovaciones tecnológicas.
Palabras clave
desempleo tecnológico, industrialización, revoluciones industriales, estructura laboral, progreso técnico, automatización.JEL
J20, J50, J48, J60, J80.ABSTRACT
Unemployment is considered one of the problems that economic theory has the most difficulty in explaining. Technological development stands out as an irreversible process in human history. There is a paradoxical and long-standing relationship between the two concepts. The evolution of labour tasks, and the incorporation of knowledge into the production process, among other phenomena, are described in this article through a historical overview, with emphasis on the periods of the industrial revolutions. Thus, this paper aims to account for the increasing complexity between technological change and unemployment over time. This makes it possible to interpret the contradictory forecasts that coexist today —very pessimistic and optimistic— concerning the replacement of workers by future technological innovations.
Keywords
technological unemployment, industrialization, industrial revolutions, labor structure, technical progress, automation.JEL
J20, J50, J48, J60, J80.Introducción
Uno de los aspectos que diferencia al hombre del resto de las especies, es su dimensión constructora mediante la transformación de los elementos naturales. Así, la técnica acompañó al ser humano desde sus inicios1, y en este sentido suele considerarse al desarrollo tecnológico como un proceso irreversible en la historia de la humanidad (Levy & Murnane, 2013). Asimismo, existe una paradójica relación de larga data entre el progreso técnico, el empleo y la prosperidad. Por ejemplo, en el año 1589 tras inventar la máquina de tejer, William Lee no logró patentar su creación debido al rechazo por parte de la Reina Isabel I, quien expreso: “‘Sería la ruina de mis pobres súbditos al privarlos de empleo y convertirlos en mendigos’.” (Acemoglu & Robinson, 2012, p. 182). Respecto al complejo vínculo entre tecnología y empleo, en momentos del surgimiento de la economía política, David Ricardo —uno de los principales exponentes de la escuela económica clásica2—, escribía: “había dado mi apoyo a doctrinas que ahora califico de erróneas” (1817/1959, p. 288), y puntualizaba “estoy convencido ahora de que la sustitución del trabajo humano por la maquinaria es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora...” y puede “convertir en superflua a la población y deteriorar la condición del trabajador” (1817/1959, p. 289). En el mismo sentido, pero desde una perspectiva teórica y metodológica muy diferente, Marx (1867/1906) anunció que paulatinamente el trabajo humano sería reemplazado por máquinas, pues socialmente la fabricación de una máquina debería suponer menos trabajo3 que el que reemplazaría o de lo contrario sencillamente no sería útil para el capitalismo (Marx, 1972). A partir de la industrialización4 y a lo largo de la transición por las revoluciones industriales, que han permitido incorporar mejores maquinas en las economías avanzadas hasta llegar a la actualidad (Andrés & Doménech, 2018), se ha llevado adelante una lucha constante contra el desempleo5. El progreso técnico y la automatización fueron dejando obsoletas o redundantes algunas ocupaciones, mientras ciertas innovaciones han creado nuevas ocupaciones en diferentes sectores. En términos generales, inicialmente se produce un desplazamiento del empleo del sector primario al industrial. Este último comienza a aumentar su participación en la demanda de mano de obra y luego comienza a disminuir conforme sigue aumentando su productividad. En simultaneo, el empleo en el sector de servicios va incrementando su participación relativa en el empleo total –presente desde principios del siglo XX, destacándose su gran heterogeneidad en términos de productividad a lo largo del tiempo– (Andrés & Doménech, 2018; Herrendorf et al., 2014). En la actualidad, el mercado laboral se caracteriza por su heterogeneidad –según industrias, ocupaciones y países– (Salinas, 2001). En su interior, la economía colaborativa y la aparición de plataformas digitales están produciendo un incremento de empleos de baja protección social, corta duración, en donde los trabajadores no poseen el resguardo de las normas laborales (Tirole, 2017). Las nuevas tecnologías demandan una alta flexibilidad, exigen capacidad de adaptación a nuevas competencias y adecuación a una educación continua para el empleo (Bessen, 2015). Conforme se alejen los trabajadores de disponer de las habilidades y competencias que se demanda, aumenta la probabilidad de estar desempleado. Por otra parte, el desempleo se encuentra asociado a muchos otros problemas, como los relacionados con la salud física y mental, la insatisfacción con la vida, la percepción negativa de la integración social y del acceso a los recursos económicos, y el aumento de la delincuencia (Jawadi et al., 2019; Kohara et al., 2019; Krug & Elberl, 2018; Pohlan, 2019). El presente artículo se propone indagar la relación entre el desempleo y la tecnología. La elección de esta problemática se debe a la presencia de previsiones contradictorias durante los dos últimos siglos. Renovándose con mayor vigor esta polémica –sin lograr mayor consenso–, en los periodos en que se produce nuevas innovaciones tecnológicas, como en las distintas revoluciones industriales. Mediante una profunda revisión bibliográfica que incorpora enfoques interdisciplinares, se busca encontrar elementos que permitan una explicación más satisfactoria del vínculo dialéctico entre desempleo y tecnología.
Diferentes enfoques económicos sobre el desempleo
La problemática del desempleo es uno de los rasgos más característicos y preocupantes del capitalismo avanzado (Fernández-Márquez, 2005). Que afecta a un porcentaje considerable de la población mundial y presenta un aumento en términos absolutos debido al crecimiento demográfico (Placencia et al., 2020). Debe tenerse presente la complejidad en la conceptualización del desempleo. Siendo uno de los hechos que la teoría económica convencional tiene más dificultades en asimilar y explicar (de Juan-Asenjo,1992), existiendo además una creciente divergencia respecto a su interpretación al interior de la teoría económica. Hacia 1770, en tiempos en que el peso de la industria era modesto en la economía, Smith en su estudio de la productividad en base a la fábrica de alfileres, omitió la cuantificación de la pérdida de puestos de trabajo producto de la maquinización (Smith,1776). En este contexto, David Ricardo6 cuestionó el impacto positivo de la tecnología en el mercado laboral en el largo plazo, y añadió que la introducción de nueva tecnología produce un descenso del empleo (Ricardo, 1821, citado en Heijs y Arenas-Díaz, 2020). Marx (1867) consideró que la mecanización de la economía generaría salarios de subsistencia para la mano de obra (Marx, 1867, citado en González-Páramo, 2017). Para este autor, el aumento de la tecnología resultaba ventajoso para los capitalistas, debido a que permitía reducir el nivel de empleo y los salarios (Marx, 1867, citado en Heijs y Arenas Díaz, 2020). El paradigma económico ortodoxo o clásico supone que en el mercado de trabajo se vinculan todos los oferentes y demandantes en un mismo tiempo y espacio, logrando alcanzar un equilibrio en el precio de la fuerza de trabajo junto a un nivel de pleno empleo (Centi, 1988). Posteriormente, la teoría económica neoclásica –escuela de pensamiento económico dominante en la actualidad–, adiciona el supuesto que todos los agentes son racionales y cuentan con información perfecta (Prieto-Rodríguez, 1989). Así, el desempleo sería solo transitorio y se autorregula en el mercado de trabajo, siendo su existencia un producto de la negativa de los trabajadores a aceptar salarios menores (Manzano, 2021). Asimismo, este paradigma considera el avance tecnológico dentro de la dinámica de auto-ajuste, y la existencia de cortos periodos de aumento de la desocupación en términos de desempleo friccional (Vivarelli, 2007). Por tanto, el desempleo dentro de la teoría económica neoliberal no cuenta con una explicación profunda (de Juan-Asenjo, 1992). Desde otros enfoques, señalan que los datos de la realidad no reflejan un mercado de trabajo que se autorregula perfectamente. Adicionalmente, sostienen que existe una relación inversa entre industrialización7 y tasa de empleo. En los primeros decenios del siglo XX, Keynes sostuvo que el desempleo no es un problema de oferta –como sostiene el pensamiento económico neoliberal–, sino de la demanda, por tanto, su solución no es una baja del nivel de salarios (citado en Heijs y Arenas Díaz, 2020), sino la necesaria la acción del Estado (Cabrales-Salazar, 2011). En 1930, Keynes8 acuñó el concepto de “desempleo tecnológico910” (Keynes, 1963), para dar cuenta de la consecuencia del proceso de automatización en el mercado de trabajo (González-Páramo, 2017). Este concepto da cuenta de la discrepancia entre las nuevas habilidades que demandan los sectores innovadores emergentes y los conocimientos que poseen los trabajadores expulsados11 (Freeman & Soete, 1987; Heijs & Arenas Díaz, 2020). Contemporáneo de Keynes, el economista Joseph Schumpeter, utilizó el concepto de creación-destructiva, para explicitar el proceso de innovación. La introducción de nuevos métodos de producción que sustituyen a los anteriores, dejan obsoletas las habilidades de los trabajadores con mayor calificación –quienes pierden sus empleos–, causando un desempleo temporal conforme se va gestando el cambio tecnológico (Schumpeter,1942). A partir de la década de 1970, dentro de la escuela neoschumpeteriana, se remarca el cambio tecnológico en el modo de producción –fenómeno asociado a la denominada Tercera Revolución Industrial o nuevo “paradigma tecnológico y productivo” (Bramuglia, 2000)–. Dentro de este enfoque, ciertos autores expresan la ausencia de una tendencia creciente en el desempleo a nivel agregado, aunque no sin tensiones y conflictos –y al margen de crisis recurrentes que caracterizan el ciclo económico– (Andrés & Doménech, 2018). Si bien en el largo plazo el desempleo no se encontraría amenazado por los cambios tecnológicos (Frey & Osborne, 2017), los aumentos de la productividad y competitividad –que incrementan las ganancias de las empresas (Daribay et al., 2019)–, elevarían la tasa de desempleo durante un periodo de transición –de corto y mediano plazo– (Enflo, 2010). Debido, entre otros factores, a que los cambios en las habilidades demandadas por el mercado de trabajo pueden ser más rápidos que el tiempo que necesita la mano de obra para capacitarse (Levy & Murnane, 2004). Desde el pensamiento económico heterodoxo se señalan las diversas fallas en el mercado de trabajo que generan un nivel de desempleo permanente (Cabrales-Salazar, 2011; Fernández-Márquez, 2005), siendo las más mencionadas: información laboral imperfecta (Stiglitz, 1987), incertidumbre existente en la toma de decisiones (Arrow, 1971; Spence, 1976), segmentación y heterogeneidad del mercado de trabajo, ausencia de competencia laboral (Prieto-Rodríguez, 1989), presencia de mecanismos no mercantiles (Sabel, 1986).
Acerca del desempleo en las teorías sociales
Desde el punto de vista sociológico, las personas desempleadas constituyen un grupo heterogéneo con importantes diferencias individuales en sus reacciones ante la falta de empleo. Variables como la edad, género, origen étnico, posición dentro del hogar, duración del desempleo, ingresos del hogar, nivel de recursos económicos, posición social, nivel de estudios máximos alcanzados, antigüedad en puestos de trabajo, redes sociales, oportunidades laborales, intensidad de la búsqueda de empleo, preferencias por determinados tipos de ocupación, entre otros determinantes, influyen en las estrategias diferenciales de las personas que no logran reinsertarse en el mercado laboral (Arribas, 2012). Las teorías clásicas de la sociedad postindustrial, destacan el mérito personal como factor de relevancia para posicionarse en la estructura social y ocupar un lugar en la división social del trabajo, a diferencia de las sociedades previas en donde el status y la riqueza no dependían de las credenciales educativas y la calificación laboral alcanzada (Pastor, 2020). Esta caracterización ha sido denominada como versión débil de la meritocracia basada en la educación (Bernardi & Ballarino 2016), a diferencia de la versión fuerte de la meritocracia, que incorpora la influencia directa del origen social en el nivel educativo máximo alcanzado (Goldthorpe, 2003). Las investigaciones destacan que un mismo nivel educativo no implica igualdad de oportunidades laborales o la misma probabilidad de no caer en el desempleo, por tanto, la sociedad actual no se encuentra cerca de la meritocracia plena (Pastor, 2020). La condición de desempleado afecta el bienestar psicológico personal y de los miembros del hogar, e incrementa la probabilidad de inestabilidad laboral e ingresos a empleos precarios –las empresas tienden a tomar a los desempleados de menor duración (Formichella & London, 2005)– (Krueger & Mueller, 2011). El desempleo y la precariedad reciben y refuerzan las desigualdades y las separaciones sociales (Maruani, 2000). En las últimas décadas el mercado de trabajo y las calificaciones laborales demandadas se modificaron debido a la globalización, el aumento de la competencia a través de la liberalización de los mercados y la caída de las barreras comerciales, las mejoras tecnológicas, entre otras (Formichella & London, 2005). Los métodos de producción actuales son cambiantes y heterogéneos y los empleos se caracterizan por la incertidumbre en la contratación, la precarización, la flexibilización, la intensificación y la informalización laboral (Pulido-Martínez & Carvajal-Marín, 2013). La mano de obra se encuentra fragmentada, las actividades que realizan son diversas, y se convive con un elevado nivel desocupación en comparación con los años de postguerra –donde el mayor poder en manos de los sindicatos permitía conquistas salariales– (Vivarelli, 2012). La tendencia en la demanda de empleo es hacia mayores conocimientos y no tantas habilidades físicas, y una variedad creciente de tareas que pueden realizar los trabajadores propiciadas por las mejoras tecnológicas. En los países industrializados el énfasis principal en los estudios sobre ocupación ha sido el análisis del desempleo. En los países en vías de desarrollo, a la preocupación por mantener dentro de límites razonables los niveles de desempleo, se suma el deseo de utilizar en forma eficiente el recurso mano de obra. Dado que las problemáticas más importantes son el subempleo, la marginación y la pobreza (de Bialostozky, 1971; Merlo & Porras, 2019).
Primera y segunda revolución industrial
La Primera Revolución Industrial se produjo alrededor del año 1760 transformando el mundo de manera radical. Dejando atrás el predominio de la residencia en zonas rurales de una población dedicada a la agricultura y el comercio, y se pasa a una economía urbana, dinamizada por la actividad industrial (Oliván, 2016). Así mismo convirtió a unos países en exportadores de bienes producidos industrialmente y, a otros, en importadores de estos y abastecedores de materias primas (Van Der Laat-Ulloa, 1991). Con anterioridad a 1760, no era posible mejorar el proceso productivo mediante la energía que proveía el agua y el viento. Si bien existían antecedentes de sistemas técnicos térmicos12 (Giri, 2020). La innovación13 de introducir la máquina a vapor14 en la producción –apoyándose en los conocimientos15 existentes–, logró superar la restricción energética (Castell, 2004). Siendo esta la causa de que la revolución industrial se originara en Inglaterra (Van Der Laat-Ulloa, 1991). Hacia 1770 la población agrícola en Gran Bretaña representaba aún la mitad de la población activa. La introducción masiva de la máquina a vapor16 permitió el cambio del trabajo artesanal por el mecanizado, generando un aceleramiento de la producción (Arranz et al., 2017). En el año 1800 la participación de la mano de obra agrícola –tras la mecanización del sector (Escudero-Nahón, 2018)–, se redujo a un tercio del total de los trabajadores de Gran Bretaña17. La gran expulsión de obreros18 de los talleres artesanales y de campesinos, tuvo como consecuencias protestas contra el avance del proceso de industrialización (Manzano, 2021). Los mayores disturbios se produjeron en Inglaterra, movimiento que se conoció con el nombre de Ludismo (Oehninger, 2018). Desde los países de Europa en proceso de industrialización, se generaron grandes migraciones de mano de obra desocupada hacia América y Oceanía (Gordon, 2012). Cuando aún no habían cesado los efectos de la primera Revolución Industrial, en el último cuarto del siglo XIX ocurrió la segunda19(Manzano, 2021). Esta extendió el proceso de producción en masa mediante el empleo de la energía eléctrica como nueva fuerza motriz (Echeverría-Samanes & Martínez-Clares, 2018). Esta tecnología disruptiva20 permitió reducir los costos y tiempos de trabajo (Manzano, 2021). La segunda revolución se consolidó en Estados Unidos a principios del siglo XIX (Escudero-Nahón, 2018), y tuvo entre sus correlatos la introducción de la jornada laboral de cinco días, incentivando el aumento de nuevos empleos en servicios vinculados al tiempo libre –turismo, servicios personales, etcétera–. Cabe destacar que los resultados no fueron neutrales. Se incrementó la demanda de trabajadores no calificados complementarios a las tecnologías –“ganadores”–, mientras que los empleos más calificados fueron sustituidos –“perdedores”– (Manzano, 2021). Conforme se fue afirmando el mercado de trabajo moderno, se logró diferenciar al desempleo del fenómeno de la pobreza (Pugliese, 2000). En contraposición al desempleo como un evento voluntario considerado por la teoría económica ortodoxa (Webb & Webb, 1909), surge el reconocimiento del desempleo involuntario21 y de carácter social, en tanto problema inmanente a la producción industrial (Beveridge, 1930). La instauración del taylorismo y fordismo como base de la cadena de montaje, y la revolución organizacional, generó cambios radicales en la producción de las compañías (Cabrales-Salazar, 2011; Arranz et al. 2017). El reemplazo de las máquinas por trabajadores género en la industria norteamericana entre 1920 y 1927, un incremento en la productividad de hasta 40% (Rifkin, 2004), en simultaneo con un gran aumento del desempleo (Cabrales-Salazar, 2011). Luego del crack bursátil de 1929, aumentó la importancia por los aspectos vinculados a la cuantificación de los desempleados (Desrosières, 1996). Así, comenzaron a definirse las características de la población desocupada, la forma de cálculo de la tasa de desempleo, entre otras (Daniel, 2011). Durante este periodo, tuvieron gran importancia la generación de movimientos de desocupados en Europa22 y Estados Unidos, así como también en América Latina, pero con menor vitalidad23 (Croucher, 2008).
Tercera revolución industrial
Las medidas de carácter keynesianas que lograron superar la gran depresión de los años treinta, se sostienen con más ímpetu finalizada la guerra (Cabrales-Salazar, 2011). Los partidarios del Estado benefactor24, consideraban una cuestión de ciudadanía política garantizar el acceso a un empleo permanente (Bauman, 2000). A pesar del crecimiento acelerado del periodo de posguerra, persistió la tendencia a la diminución de puestos de trabajo (Cabrales-Salazar, 2011). A finales de los años cincuenta del siglo XX, empieza la Tercer Revolución Industrial25 (Manzano, 2021). Esta implicó la introducción gradual de los ordenadores para automatizar la producción (Echeverría-Samanes & Martínez-Clares, 2018; Hermann et al., 2016). El cambio técnico iniciado, presentó en la década del ochenta su impacto negativo sobre la tasa de desempleo en las economías desarrolladas (Montuschi, 1998). Se produjo el desarrollo de las tecnologías de la información de base microelectrónica (Aibar, 2019), que generaron un aumento de la competitividad en todos los sectores (Montuschi, 1998). A partir de los años de 1970 se deja atrás el modelo fordista, el cual pasa a ser sustituido por el régimen de acumulación flexible o financiero globalizado. La sociedad transita un nuevo paradigma tecnológico en el cual se produce la automatización y digitalización de muchas actividades realizadas de manera manual en el pasado (Beraud-Martínez, 2018). La intensidad del cambio técnico operado en las décadas setenta y ochenta del siglo XX, expresó el temor por un escenario extremo – la Singularidad Tecnológica– (Manzano, 2021), en donde las máquinas inteligentes se harían cada vez más potentes, llegando a superar al ser humano y expulsando del mercado de trabajo (Harari, 2017). El nuevo modelo de producción se caracteriza por procesos laborales flexibles e incremento de la precariedad laboral (Aja-Valle et al., 2020). Asimismo, se genera un aumento de la asimetría en el mercado laboral. Los trabajadores pierden capacidad de negociación y disminuye el papel del estado en las relaciones laborales, generándose un incremento del desempleo estructural (Harvey, 1998). Así, el desempleo se convierte en el principal problema de las sociedades industrializadas con independencia de los ciclos de expansión y recesión económica, que caracterizan al capitalismo (Montuschi, 1998). En el mercado laboral, estas innovaciones demandaron nuevas habilidades de los trabajadores basadas en la automatización de tareas y el uso de máquinas (Hermann et al., 2016). Se sustituyeron puestos de trabajo que requerían mediana habilidad –“perdedores”–, por mano de obra de alto nivel educativo –“ganadores”– (Acemoglu, 2002). En tanto, los trabajadores que realizaban tareas manuales no rutinarias –de bajos salarios–, no se vieron afectados en gran medida (Manzano, 2021).
Avances tecnológicos de cuarta revolución industrial
A partir de la última década del siglo XX, se dio inicio a la Cuarta Revolución Industrial26 (González-Páramo, 2016). Esta última, a diferencia de las precedentes, se destaca por la confluencia de diversas tecnologías digitales, físicas y biológicas exponenciales27 –y no de una sola tecnología disruptiva específica– (Manzano, 2021), como lo son la inteligencia artificial28, la robótica avanzada, la manufactura por impresión 3D, el transporte autónomo, el cloud computing, los sensores de recogida de datos29, el big data, el internet de las cosas, la nanotecnología o la computación cuántica (; Escudero-Nahón, 2018). Cabe destacar, que la disrupción tecnológica en el mercado laboral no depende simplemente de cuánto empleo puede sustituirse potencialmente, sino más bien de cuán rentable es para el capital (Acemoglu & Restrepo, 2018). La relación de estas nuevas tecnologías con la productividad no parece seguir el mismo patrón de crecimiento que se ha observado históricamente en aquellas invenciones de la misma magnitud (Acemoglu & Restrepo, 2018a, 2018b; Acemoglu & Autor, 2011; Autor & Salomons, 2018). Las tecnologías de automatización pueden redefinir la relación entre el trabajo humano y tecnología. No existe consenso definitivo respecto a cómo debe ser conceptualizada la automatización, hasta ahora el enfoque de automatización basado en tareas30 (“tasks”) ha sido el marco principal (Acemoglu & Autor, 2011). Este enfoque diferencia las ocupaciones según el conjunto de tareas que se desempeñan –no por el nivel de calificación o habilidades del trabajador–, y las clasifica en función de la cantidad de tareas rutinarias y no rutinarias31 (Acemoglu & Autor, 2011; Autor & Dorn, 2013; Autor et al. 2003). La cuarta revolución industrial se caracteriza por un contexto de interconectividad, en donde la expansión de la digitalización ha empezado a transformar las modalidades de trabajo (Méda, 2019). Así, en diversos países se ha visto un crecimiento exponencial32 de la contratación de trabajos independientes o autónomos no estándar a través de plataformas digitales, considerados por la literatura como Gig Economy o economía independiente (Bedoya-Dorado & Peláez-León, 2021). Los trabajos que se realizan en la Gig Economy desdibujan las reglas de los trabajos tradicionales, así como las nociones de tiempo y espacio físico-geográfico33 (Méda, 2019; Schmidt, 2017; Woodcock & Graham, 2020). Estos trabajos que se promocionan en la economía de las plataformas34 evidencian un fuerte componente de flexibilidad para los trabajadores y empleadores (Srnicek, 2017). Se destacan por ser trabajos atípicos, inestables, informales, vulnerables y temporales (Antunes, 2001; de la Garza-Toledo, 2000. Así, los trabajadores pasan menos tiempo en un mismo trabajo, y deben realizar más trabajos al mismo tiempo, generando inestabilidad en sus ingresos (Woodcock & Graham, 2020). En los años venideros, la disrupción tecnológica y su interacción con otras variables socioeconómicas, geopolíticas y demográficas, pueden generar una gran convulsión en el mercado laboral. Junto a las tasas de desempleo previstas35, el cambio tecnológico no es neutral en la composición del empleo (Manzano, 2021). Sus efectos son sesgados en función de la demanda de calificaciones, debido a que una tecnología determinada se complementa en diferente medida con los distintos tipos de habilidades –no siempre es en relación al trabajo realizado por la mano de obra con mayor nivel educativo o mejor calificada–. En este contexto, se destacan las dificultades para cubrir ciertos puestos de trabajo en los años siguientes, cuyas competencias se desconocen a la fecha (Manzano, 2021) –principales cambios: nuevas tareas de trabajo que demandarán nuevas competencias, transformación de ocupaciones conocidas que requieran la evolución de competencias, y desaparición de tareas laborales que traerá la obsolescencia de determinadas competencias (Loshkareva et al., 2018)–. Asimismo, el impacto de la tecnología acortará la vigencia de las competencias de los trabajadores, que necesitarán actualizarlas a lo largo de toda la vida (Lladós-Masllorens, 2019; Echeverría-Samanes & Martínez-Clares, 2018). En la actualidad, la posibilidad de que se esté ante un cambio tecnológico radical en la demanda de empleo36 volvió a activar las alarmas del miedo al desempleo tecnológico (Brynjolfsson & Mcafee, 2011; Chui et al. 2016; Frey & Osborne, 2017; Jäger et al., 2016; MGI, 2017). El impacto de las nuevas tecnologías –industria 4.0– y el potencial incremento de la automatización37, podrían reducir el peso relativo del salario en el costo total de la producción (Manzano, 2021). En consecuencia, la producción que se realiza en países debido al bajo valor de su mano de obra, podría migrar a los países más desarrollados, concentrándose en los mismos el incremento productivo derivado del aumento tecnológico (Frey & Osborne, 2017; MGI, 2017). Según los autores pesimistas, se producirán altas tasas de desempleo, mientras que los optimistas sostienen que los trabajadores desplazados encontrarán nuevos puestos de trabajo (Manzano, 2021). Desde una posición intermedia, basada en lo ocurrido a lo largo de la historia, se afirma que los puestos destruidos, serán reemplazados por otros nuevos con diferentes tipos de actividades, desarrolladas por distintos perfiles profesionales y posiblemente en otros espacios geográficos (Dans, 2017; González-Páramo, 2017; Lasalle, 2018). En los países en desarrollo, se espera que los impactos de la automatización sean inferiores, debido al menor nivel de remuneración de los trabajadores y a un cambio tecnológico más lento (Banco Mundial, 2016).
Conclusiones
El desarrollo tecnológico y los métodos de producción han evolucionado en las economías capitalistas de occidente durante los últimos doscientos años, haciendo que el mercado laboral incremente su complejidad, y los trabajadores den cuenta de una variedad creciente de tareas en el tiempo. Desde la posguerra, si bien con diferencias entre países, las economías conviven con un mayor nivel de desempleo y para el grupo de los desocupados, se incrementan las dificultades de reintegrase al mercado laboral. Así, el desempleo se convierte en un problema estructural de las sociedades industrializadas, en el marco de procesos laborales más flexibles, con menor poder de negociación de los sindicatos, sumado a una disminución del nivel de intervención del estado. En consecuencia, se incrementa la inseguridad y precariedad laboral. En las regiones en desarrollo, como el caso de América Latina, el desempleo es más acuciante, adicionándose otras problemáticas vinculadas como la marginación y la pobreza. El desempleo no es neutral, afecta de manera desigual según las habilidades que posean los trabajadores, y en función del conocimiento de las nuevas competencias que demanda el cambio tecnológico. A nivel individual esto genera diferentes probabilidades o riesgos de caer en el desempleo, en donde inciden, adicionalmente, múltiples características como el nivel educativo, el origen social, la calificación laboral, entre otras. Entre las teorías económicas y sociales, se ha producido en el tiempo una creciente divergencia respecto al impacto del cambio tecnológico sobre el desempleo. Si bien, la mayoría señalan diversas fallas de mercado que generan un nivel de desempleo permanente, y todas hacen alguna referencia a las tensiones y conflictos para los trabajadores ante la amenaza de la pérdida de puestos de trabajos. Este hecho, explica que el temor a que un incremento tecnológico produzca un desempleo masivo haya estado presente a lo largo de las sucesivas revoluciones industriales y persista en la actualidad. Los estudios empíricos actuales sobre la incidencia de las nuevas innovaciones tecnológicas en el desempleo son abundantes, pero los resultados difieren significativamente debido, entre otras cosas, al periodo de estudio, el nivel de análisis –macroeconómico, regional, sectorial o microeconómico–, y la diversidad de variables e indicadores utilizados para medir el cambio tecnológico. Destacándose una mayor heterogeneidad en los trabajos sobre América Latina en comparación con los países desarrollados.
Referencias
Referencias
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